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lunes, 2 de diciembre de 2013

El fracaso del movimiento por la democracia real en España


1. Reformismo

Leía yo el otro día un artículo publicado por el colectivo Madrilonia en su blog, acerca de las protestas convocadas el pasado 23-N conjuntamente por la Cumbre Social y las Mareas Ciudadanas: criticando este proceso de unidad, por inadecuado (a causa de los objetivos políticos, meramente reformistas, que se fija) y por oportunista (de parte de la Cumbre Social, liderada por los grandes sindicatos). Y, en definitiva, como el desperdicio de una oportunidad, de transformación política radical, que habría aparecido -continuaría el argumento- con el surgimiento de las "mareas", como forma de protesta sociopolítica, en contra de los recortes, que superaban el mero "corporativismo" (sic) de las protestas tradicionales de l@s trabajador@s afectados; y como continuación de las protestas del 15-M.

Hay muchas cosas que podrían aducirse en contra de esta forma de argumentar: que prejuzga intenciones, que minusvalora la importancia política de las protestas apegadas a los propios intereses (recuperando así, paradójicamente, la vieja distinción leninista entre conciencia meramente sindical y conciencia de clase verdadera), que falsea los datos (por cuanto en la mayoría de las mareas la presencia sindical ha sido siempre decisiva), que toma deseos por realidades (puesto que las protestas de las mareas no han sido más que una forma -innovadora, eso sí- de reconstituir las tradicionales protestas de trabajador@s del sector público),...

2. ¿Ha fracasado el movimiento por la democracia real y el proceso constituyente?

Yo, no obstante, desearía concentrarme ahora mismo en algo que me parece más importante, en una clamorosa omisión: lo que tantos que critican a los movimientos meramente reformistas (con toda la razón: por insuficientes) rara vez llegan a plantearse es por qué han acabado por constituirse en la única alternativa viable para las gentes de izquierdas. Por qué, en suma, parece que ha fracasado (¿definitivamente?) la alternativa constituyente, en pro de una democracia radical, que vislumbramos allá por el 15 de mayo de 2011, y por la que tant@s apostamos con gran entusiasmo. Cerrándose, así (¿definitivamente?), la ventana de oportunidad que -hace ya bastante tiempo- pronostiqué que se le estaba abriendo, con la crisis económica, a las izquierdas para una acción política más transformadora.

Podría, acaso, en primer lugar cuestionarse mi diagnóstico. Y, sin embargo, me parece que, a salvo de que (lo que, desde luego, en absoluto es descartable) ocurran nuevos acontecimientos relevantes, que agudicen la crisis socioeconómica y/o la crisis política, el estado actual de la cuestión en España es el que es: como en otro lugar ya señalé, no existe ningún dato objetivo que ahora mismo permita pronosticar que la actual crisis política vaya a resolverse en términos revolucionarios, a través de una rebelión ciudadana. (Ello, por cierto, se confirma -en la limitada medida en que los datos aislados permiten extraer alguna conclusión general- desde entonces con el fracaso de las últimas movilizaciones radicales: ni el #OcupaelCongreso de abril de este año, ni el #JaquealRey de septiembre, ni la movilización del #5oct "Fuera la mafia, hola democracia" han tenido ningún impacto importante.) Y, en otro orden de cosas, la otra alternativa revolucionaria (constituyente), la de una candidatura electoral con tal vocación, que concitase un apoyo electoral masivo desde las izquierdas y las clases populares (como ha sucedido en las experiencias constituyentes más recientes, las latinoamericanas), ni existe, ni se la espera.

Si, entonces, se da por bueno el estado de la cuestión, la pregunta que ha de surgir es: ¿por qué? ¿Qué ha ocurrido en estos dos años y medio (y, más exactamente, desde el verano de 2012) para que las esperanzas -fundadas, no meras ilusiones- que pusimos en un movimiento radical, constituyente, se vean así frustradas?

3. Resistencias del régimen

Comienzo descartando una primera respuesta: la resistencia del régimen. Es cierto, sin duda alguna, que las posibilidades que proporciona el dominio del aparato estatal (tanto de la represión como de otros mecanismos más sutiles) otorgan una ventaja (que, por lo demás, hay que dar por descontada, en cualquier situación revolucionaria). Y, sin embargo, lo cierto es que, si algo ha puesto de manifiesto el régimen político español, es más bien que sus pies son de barro: a falta de hechos que demuestren lo contrario, lo que parece es que su capacidad para subsistir por medio de la violencia represiva parece extremadamente limitada. (Al fin y al cabo, y aunque -con razón- protestemos por las violaciones de derechos humanos cometidas por la policía española en la represión de las protestas, en términos comparativos, su violencia es limitada, y es dudoso que tenga capacidad para incrementarla mucho más sin que se produjeran dificultades internas y manifestaciones de indisciplina.) Y, más todavía, que su capacidad para sobrevivir a una oleada de rebelión popular activa (y no al mero "desafecto" pasivo) resulta en extremo dudosa: en varias ocasiones en este par de años, hemos podido ver a un gobierno tan alejado de la sensibilidad de l@s que protestábamos como lo es el actual, tambaleándose, como un zombi, titubeando, incapaz de reaccionar ante la oleada de indignación ciudadana; y, aún con más motivo, lo vimos en el caso del anterior gobierno, que tenía la pretensión de cooptar las protestas, y que también fue incapaz de reaccionar de un modo eficaz para neutralizarlas. En mi opinión, pues, si tan sólo de la resistencia estatal se tratase, no tendría explicación nuestro fracaso.

4. Una sociedad dominada: el "regeneracionismo" como respuesta ideológica

Existe una segunda respuesta que, esta sí, con toda seguridad forma parte de la explicación (aunque, aduciré, constituya tan sólo una parte de ella): como en otro momento he argumentado, las condiciones para la construcción de una democracia real han de incluir necesariamente el disfrute de un cierto estado, de libertad (en el sentido, republicano, de ausencia de dominación), por parte del pueblo soberano. Pues, en otro caso, los poderes sociales, que dominan a la ciudadanía, consiguen hacer valer su voluntad en el seno de las instituciones políticas precisamente a través de l@s ciudadan@s mismos. Es éste el vínculo, estrechísimo, entre la justicia social y la (real) democracia política.

A este respecto, es evidente que la sociedad española constituye un ejemplo palmario justamente de lo contrario: de una sociedad (desigual y, por ello) dominada, por poderes sociales (como lo son el gran capital, español, europeo y transnacional, pero también por las oligarquías locales) carentes de control. (Y, por cierto, todavía atravesada por el miedo a la rebelión: una reacción antipopular tan virulenta como la que significó el alzamiento de las derechas en 1939 y la posterior dictadura franquista quedan fijadas en la memoria por generaciones...) Y, debido a ello, parece obvio que no es posible contar con un comportamiento de la ciudadanía (de su mayor parte) ejemplarmente cívico: antes al contrario, cabe esperar en todo caso que los condicionamientos procedentes de esos poderes (el miedo -al despido, a significarse,...- y la codicia, la sensación de impotencia y el pesimismo sobre las posibilidades de éxito de cualquier transformación, etc.) ocasionen una gran cantidad de conductas inciviles, insolidarias, no sólo con los intereses "objetivos" de es@s mism@s ciudadan@s conformistas, sino incluso con sus deseos más profundos, que reprimirán. Ejemplos de dichos comportamientos los tenemos tod@s nosotr@s a nuestro alrededor (y aun, acaso, nosotr@s mism@s hemos incurrido en ellos alguna vez).

En términos prácticos, todo lo anterior se está traduciendo en una reacción ciudadana de desafecto frente al régimen político en la que, a pesar de existir conciencia de sus defectos (de su carácter oligárquico), l@s ciudadan@s optan, antes que por la revolución, por la "regeneración": por la ilusión de que no se trata de un problema de estructuras de poder, sino que todos los males del régimen obedecen al predominio de los "malos políticos"; y de que, con otros políticos, más sensibles a las necesidades populares, todo iría bien. Es decir, optan mayoritariamente por la ilusión moralista, y descartan -también mayoritariamente- el cambio de régimen. Y ello, con la gran ventaja de que la ideología del regeneracionismo (al igual que la del nacionalismo -y no es casual el gran auge de nacionalismos, del españolista y de los regionalistas) resulta esencialmente interclasista (y, así, vemos regeneracionistas también entre los capitalistas y los líderes políticos) e ideológicamente transversal (y hay regeneracionistas de derechas y más progresistas). ¡Tod@s content@s, vamos a cambiar sin que nadie se quede fuera! Bonito cuento...


5. "Traidores"

Todo lo anterior es cierto, y constituye, sin duda alguna, un conjunto formidable de obstáculos para la tarea de luchar por una democracia real. Y, sin embargo, me parece que la explicación no resultaría completa sin una reseña de nuestros errores. Al fin y al cabo, casi todo lo que hasta aquí he expuesto constituía (y, en buena medida, sigue constituyendo) el panorama sociopolítico en el que han tenido que actuar los movimientos constituyentes en otros momentos y países. Y, pese a ello, han sido capaces de salir adelante. ¿Por suerte? En parte, sin duda. Pero también porque en tales momentos y países se ha sido capaz de evitar ciertos errores estratégicos, por parte de los movimientos democráticos, que aquí, deberíamos reconocerlo, nos han llevado hasta la actual situación.

Si de reconocer errores se trata, podríamos comenzar por el candidato ideal en el discurso (completamente acrítico) de los más radicales: la "traición" de las izquierdas (organizadas) realmente existentes. O, por emplear una jerga menos moralista, el hecho de que buena parte de las organizaciones de izquierdas de este país (partidos políticos, sindicatos, organizaciones no gubernamentales, movimientos sociales) hayan entablado, a lo largo de los años, inevitables lazos con el régimen político y con los poderes sociales dominantes. Lazos que van desde el mero diálogo hasta la más rampante corrupción, pasando por todas las posibilidades intermedias.

Podríamos comenzar, pero sería, a mi entender, equivocado. Y ello, primero, porque significa, otra vez, mirar la paja en el ojo ajeno: eludir responsabilidades. Y, segundo, porque incurre en el moralismo más absurdo: la política no se hace con seres humanos, ni con organizaciones, ideales, puras, sino que consiste en lograr cambiar lo que existe, a partir de lo que hay (que, en una sociedad injusta, tendrá siempre algo -o mucho- de injusto y de inmoral). Expresado en términos menos teóricos: si las izquierdas españolas organizadas son como son, ello obedece, antes que a cualquier "maldad" (?) de sus integrantes o líderes, a las condiciones estructurales en las que se han visto obligadas a actuar. De manera que tarea de l@s más radicales de entre nosotr@s debería ser, antes que execrar su corrupción (nuestro universo mediático está ya suficientemente plagado de profetas tronantes que se dedican al venerable género de la jeremiada, como para que necesitemos aún otros más en el seno de nuestro movimiento), cambiarlas. Es decir, cambiar el medio sociopolítico en el que actúan, atrayéndolas hacia la senda virtuosa... y destruyendo a las que no lo sigan.

6. Nuestros errores: tácticos y estratégicos

Por lo tanto, de nuevo, la pelota está en nuestro tejado: si sólo hay reformismo en nuestras izquierdas, será, en parte, por culpa de nuestras propias impotencias. (Lo cual, por cierto, no es exacto. Porque no lo es que nuestras izquierdas organizadas hayan sido tan uniformemente reformistas -y, menos aún "corruptas"- como se pretende. Y porque, además, es evidente que, desde mayo de 2011, muchas cosas han cambiado, y siguen cambiando, en dichas organizaciones: precisamente, influidas -en esta caso, para bien- por la transformación del medio sociopolítico en el que actuaban, que se ha vuelto un poco menos hostil, más receptivo.) Y, en todo caso, eso nos nos exime de actuar; de actuar bien, quiero decir, en términos estratégicos.

Llegados a este punto, creo que es necesario intentar identificar el núcleo de la cuestión. Pues, es natural, parece más que probable que desde los movimientos en favor de la democracia real y del proceso constituyente hayamos cometido no uno, sino cientos de errores: es natural, porque somos humanos y porque cualquier movimiento joven los comete. Sin embargo, no todos los errores son del mismo calado, poseen la misma trascendencia a medio y largo plazo. Así, por ejemplo, en mi opinión, numerosos errores organizativos que se han podido cometer (fallos de coordinación, de comunicación, etc.) no han sido en ningún caso lo suficientemente graves para provocar problemas graves al movimiento (aunque, acaso, le haya hecho perder algunas oportunidades). De manera que, aun hoy, seguimos contando con un elevadísimo grado de popularidad (pero, ojo, la popularidad no es más que el primer paso hacia el respaldo efectivo -en las acciones que realizamos-... que es lo que nos falla).

7. Errores estratégicos: malentendidos sobre la revolución democrática

Si, entonces, he de arriesgar mi diagnóstico (que será necesariamente injusto con algunos, aunque creo que caracteriza bastante bien el conjunto), diré que hay, en cambio, otro error que sí que pienso que ha sido decisivo, a la hora de que las oportunidades (de constituir un movimiento efectivo en pro de la democracia real) que surgieron a partir de mayo de 2011 hayan quedado oscurecidas (¿definitivamente perdidas?). Me refiero a la dificultad para entender/ aceptar -táchese lo que no proceda- la dinámica institucional de una revolución (democrática); y, claro está, para obrar en consecuencia, sobre la base de tal entendimiento.

Tal dificultad ha consistido, en esencia, en una notoria incapacidad/ resistencia -de nuevo, táchese lo que se considere menos apropiado- para comprender y llevar a cabo el paso de actuaciones fundamentalmente expresivas ("¡No nos representan!") a actuaciones transformadoras. Incapacidad/ resistencia que, a mi entender, tiene que ver con dos negaciones: la resistencia a lo institucional y la resistencia a las mediaciones para la acción. Me explico:


7.1. Errores conceptuales: "democracia", "revolución"

El movimiento 15-M nace como una crítica frontal a la forma en la que operan las instituciones del régimen político español. Sin embargo, existe una diferencia, sutil, pero importante, entre criticar unas determinadas instituciones, o todo un género de instituciones (pongamos: las de los regímenes demoliberales), y la crítica frontal al hecho de tener instituciones. Y no siempre tal diferenciación ha sido hecha, en los movimientos reales: en demasiadas ocasiones ha parecido que la "democracia de asambleas", esto es, la organización misma de la que el movimiento se dotó era todo lo que había, y todo lo que debía haber, porque todo lo demás -las otras instituciones posibles- eran, y seguirían siendo, corruptas.

Por decirlo en pocas palabras: no es esto más que un versión simplista de una teoría política anarquista reducida a su mínima expresión. Que nunca ha pasado el filtro de la realidad política, en ningún momento ni lugar. Y que, en la práctica, abandona la cuestión del poder real, en manos de otros (de la oligarquía del régimen y, en el mejor de los casos, de los reformistas de izquierdas).

Esta resistencia a lo institucional ha ido unida -como era de esperar- a una concepción también ahistórica (de "mística" la he calificado en otro lugar) de la revolución: lo que en sí mismo es un fenómeno político, con repercusiones institucionales y jurídicas (en nuestro caso: pasar a un régimen político en el que las clases populares tengan la voz decisiva en las decisiones políticas, y en el que la oligarquía sea domeñada), se convierte, en dicha concepción, en una suerte de transformación "humana", "espiritual", "social",... Una transformación que (sea lo que sea lo que pretendan significar esos vagos términos) nunca ha tenido lugar, a lo largo de la historia. (O, mejor dicho, sí que ha tenido lugar, a la larga, pero nunca a través de un acto, o conjunto de actos políticos, únicos e intencionales.)

En resumidas cuentas: revisando la literatura generada por el movimiento (directa o indirectamente) resulta difícil identificar un marco conceptual claro que, más allá de algunas cuestiones concretas (reforma de la ley electoral, introducción de más mecanismos de democracia participativa), elabore con nitidez qué es lo que se pretende. El movimiento, en suma, ha tenido serias dificultades para abandonar la fase meramente expresiva; necesaria, pero insuficiente para provocar cambios políticos de calado, para producir una revolución.

(En este sentido, probablemente las políticas agresivamente reaccionarias y antipopulares del gobierno del Partido Popular, y la necesidad que las mismas han generado de reacciones y de movilizaciones defensivas, han proporcionado una oportunidad para desviarse de la construcción de la alternativa democrática y cerrar los ojos ante las dificultades que -en el marco conceptual elegido- existían para lograrla. Y, seguro, también han absorbido demasiadas energías, que no se han podido dedicar a aquella otra tarea.)

7.2. Errores prácticos: coaliciones, instituciones, movilización, desobediencia

Las objeciones conceptuales que se acaban de formular no se quedan, desde luego, en el plano puramente teórico, sino que han tenido, y siguen teniendo, sus consecuencias prácticas. Dos, cuando menos:

- De una parte, la dificultad para conceptuar adecuadamente el objetivo (la "democracia real" de la que tanto hablamos) y los medios (la revolución democrática) han hecho tarea poco menos que imposible la construcción de las mediaciones organizativas necesarias para realizar esto y lograr, así, aquello. Buena parte del debate sobre "lo electoral", "lo institucional" y la relación con los partidos políticos que existe dentro del movimiento está tremendamente condicionado por tales limitaciones conceptuales: a falta de objetivos políticos claros, es difícil adoptar, ante los mecanismos existentes (electorales, institucionales, partidos políticos) otra actitud que la desconfianza. Pero la desconfianza, que es muy sana, no puede constituir una alternativa, pues resulta puramente negativa. En cambio, si se albergasen ideas claras de lo que se pretende (¿qué democracia? ¿qué revolución democrática?), trabajar en coalición, emplear los mecanismos institucionales no tendría por qué dar tanto miedo (aunque, como digo, la desconfianza sea siempre saludable...).

De cualquier forma: en tanto no se superen dichas limitaciones y dichos miedos, ninguna revolución democrática será posible. Pues, sin la posibilidad de constituir amplias coaliciones sociopolíticas, ni siquiera resulta imaginable. Y porque, además, una revolución exige un programa que tenga lo institucional (y lo jurídico) por objeto.

- Por otra parte, la escasa claridad en cuanto a los objetivos y a los medios está condicionando, y limitando también, según creo, la capacidad para llevar a cabo movilizaciones lo suficientemente radicales (desobedientes) como para llegar a poner sobre el tapete la cuestión de la revolución democrática. Es claro: sin desobediencia no hay revolución (y sin revolución no hay democracia real). Pero, también, sin objetivos claros de movilización, ningún actor sensato va a arriesgarse a soportar los riesgos (de represión, de estigmatización social, etc.) que la desobediencia conlleva. (Se entenderá mejor a través del contraste un contra-ejemplo: la Plataforma de Afectados por las Hipotecas ha conseguido fijar objetivos claros y medios contundentes -desobedientes- para ello. Y han logrado, por dicha claridad, una enorme capacidad de movilización, y de solidaridad. Justamente lo que sigue faltando -más allá de la buena opinión que se pueda tener sobre el movimiento- en el caso de las movilizaciones por una democracia real.)

8. Perspectivas de futuro (próximo)

Acabo formulando algún pronóstico (lo que siempre es tarea arriesgada): a falta de una nueva agudización de la crisis económica (lo cual, desde luego, no es descartable), creo que es posible dar por fracasado, a corto plazo, el movimiento por la democracia real en España. Entiéndaseme bien: ningún movimiento que ha poseído la fuerza del que surgió a partir de mayo de 2011 fracasa por completo, siempre deja un poso. Es evidente que varios de sus temas y de sus formas de protesta han incidido, para bien, en las izquierdas españolas y, en general, en la opinión pública.

¿Cabría una resurrección? Sería posible, desde luego, si las circunstancias socioeconómicas o políticas empeorasen (aún) mucho más. O quizá, no lo sé, si el movimiento se renovase... lo que parece poco probable.

En ausencia de tales acontecimientos (y ninguno de los dos parece probable, a día de hoy), creo que lo que hay que esperar (y el marco en el que hemos de operar -aunque sin quitar el ojo de la posibilidad de que resurja la oportunidad revolucionaria) es, únicamente, un aumento de la incidencia de las izquierdas en el marco del régimen político actual, debido al deterioro de los partidos políticos "de gobierno" y la mayor credibilidad que han adquirido los discursos de las izquierdas. Que podrán, acaso, cambiar algunas cosas, quizá muchas, del mismo. Pero que tendrán que seguir conviviendo, mal que bien, con la persistencia de la hegemonía de la oligarquía. Con un régimen, pues, que seguirá siendo más oligárquico que verdaderamente democrático.

No son, desde luego, buenas noticias. Pero, en todo caso, cerrar los ojos ante los hechos desagradables nunca ha sido una estrategia idónea.

¿Y a continuación? Si, como he señalado, un "resurgimiento de sus cenizas" del movimiento democrático nacido al calor del 15-M parece, ahora mismo, improbable, no queda más que otra alternativa (si la rendición no lo es): volver a esforzarnos en constituir, lentamente, una subjetividad desobediente de izquierdas, plasmada en sus organizaciones, que supere las enormes limitaciones que tenían las que hemos conocido hasta ahora, pero también las que tienen aquellas que nacieron al calor del movimiento. Y, mientras tanto, continuar con otras dos luchas, imprescindibles pese a todo: la defensiva, frente a las políticas antipopulares; y sí, también la reformista, que no puede ser despreciada sin incurrir en un elitismo absurdo (pues, al cabo, aun las meras reformas tienen siempre impacto, y beneficiarios).


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