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viernes, 8 de febrero de 2013

Atreviéndonos a pensar la revolución (con minúsculas)


1. La crisis política y sus soluciones posibles

A la vista de tod@s está: el sistema político español, el de la constitución de 1978 (y lo que, luego, los poderes sociales hicieron con él), da grandes boqueadas, buscando un "oxígeno" (una legitimidad) que le resulta extremadamente dificultoso hallar, en tiempos en los que los recortes de derechos y las políticas antipopulares desnudan, hasta para l@s más cieg@s, su carácter esencialmente oligárquico, así como la corrupción e inepcia de buena parte de sus líderes. Resulta reveladora, en este sentido, la incapacidad que primero el PSOE y ahora el PP están demostrando para retener a sus votantes, para sostener la legitimidad de sus políticas y de su gobierno y para seguir extrayendo de las arcas públicas las habituales prebendas, sin que todo el entramado se venga abajo, a resultas de las protestas, de las revelaciones y de las contradicciones internas de los propios grupos dirigentes.

Constituye, empero, un uso bastante nefasto de cierta izquierda (ilusa) empezar a fantasear, en circunstancias como las actuales, con la revolución. Como si la experiencia histórica no hubiera demostrado ya sobradamente que el declive de un sistema político no conlleva necesariamente su destrucción y su sustitución por algo bastante nuevo (porque, en contra del adanismo político, algo completamente nuevo nunca surge de un momento para otro). Antes al contrario, lo más habitual en la historia es que una élite política desgastada en su legitimidad y en sus instrumentos de poder sea sustituida, de manera oportunista, por alguna parte de la misma (la menos desgastada, la menos visible hasta entonces), o por otra élite diferente en las personas y en las formas culturales (más "moderna", por ejemplo), pero que obedezca a semejante extracción social y a similares servidumbres respecto de los grupos de poder existentes en la sociedad. Dicho en otros términos: es mucho más probable que a una Tangentopoli le suceda un Berlusconi  que un Bertinotti (o, para el caso, a un Wilhelm II un Friedrich Ebert, antes que un Karl Liebknecht).

Conviene no olvidarlo: el determinismo histórico es una mala herencia de la filosofía idealista de los siglos XVIII y XIX, y no debería tener cabida en ningún pensamiento político que se quiera contemporáneo. Y, por lo tanto, tenemos que saber que lo más probable (porque es lo que más se corresponde con la estructura del poder social) es que a personajes como Zapatero, Rajoy o Rubalcaba les sustituyan otros que, revestidos de "regeneracionismo" o de "tecnocracia", sirvan a los mismos amos.

2. Formas de la revolución

Lo más probable, si no logramos impedirlo; y forzar que se "abra el melón" de la democracia. La pregunta, entonces, es, debe ser, en qué condiciones podremos lograrlo. Cuatro son las posibilidades -las ventanas de oportunidad- que se me ocurren: dos harto improbables y dos más plausibles.

Empecemos por descartar lo completamente improbable. Por una parte, no parece avistarse por ningún lado la posibilidad de una revolución social, de una transformación duradera del reparto del poder social. Acaso, a resultas de los cambios políticos, puedan producirse ciertos cambios en el poder social (al fin y al cabo, el Estado y sus políticas cumplen funciones importantes en la preservación del mismo, por lo que un Estado más democrático y unas políticas más pro-populares bien pueden contribuir a dicho cambio). Pero no parece probable, a corto plazo, un cambio más radical: ni hay fuerzas políticas conformadas, ni un bloque social, ni una ideología fuerte, ni un contexto geopolítico favorable, nada que -salvo catástrofe- permita pensar en tales cambios radicales.

Tampoco consideraré aquí otra posibilidad: la de la revolución política violenta. De nuevo, nada en el horizonte político español hace pensar que tal eventualidad resulte imaginable, a corto o medio plazo.

Si esto es así, entonces dos son los escenarios revolucionarios que es dable imaginar, en términos más realistas. Uno sería la movilización ciudadana continuada que hace caer, por falta de respaldo social y de legitimidad, al gobierno y logra su sustitución por otro más atento a los intereses de las mayorías. El otro se derivaría de una debacle electoral de los partidos del régimen, a manos de iniciativas políticas ciudadanas, comprometidas con el cambio democrático, las políticas pro-populares y un  proceso constituyente. Desde luego, caben combinaciones de ambos escenarios (caída del gobierno por las movilizaciones y convocatoria de elecciones, etc.).

(Por supuesto, el tercer escenario posible, acaso el más probable, es el de la continuación de la obediencia ciudadana, aun si aparece trufada de protestas, y el mantenimiento de la hegemonía política -bien que maltrecha- de la élite política del régimen borbónico, ayudada por algunas reformas menores.)

3. Desobediencia, elecciones, proceso constituyente

Sostengo que, en las condiciones presentes, el dilema entre la vía de la movilización social y la vía electoral constituye en realidad un falso dilema. Porque, a falta de violencia, los efectos de la movilización social deberán acabar por plasmarse en sede institucional (a través, pues, de algún proceso electoral, de uno u otro tipo). Y porque, en todo caso, la vía electoral (una vía electoral democratizadora, que no se limite a sustituir unas élites por otras) sólo será verdaderamente factible en condiciones de fuerte movilización ciudadana.

Como ya he argumentado en numerosas ocasiones, tan sólo el incremento y agudización de la desobediencia ciudadana puede provocar el salto cualitativo, de quebrantamiento de la legitimidad, que estamos necesitando. Mucho hemos avanzado ya, desde mayo de 2011 (y antes), en esta línea. Pero más nos queda por avanzar.

Desobediencia, pues, como condición necesaria. Pero no suficiente. Pues el empujón que la movilización social y la desobediencia pueden proporcionar, ese impulso, deberán finalmente plasmarse (si es que estamos hablando realmente de revolución, no de un juego) en la toma del poder institucional.


4. Gobernar (la crisis) para el pueblo

Y ocurre que el ejercicio del poder institucional, aun en condiciones democráticas (es decir: con un amplio respaldo ciudadano, demostrado a través de la movilización -que comienza como desobediencia, pero luego se ha de convertir en resistencia, frente a los poderosos que intentan boicotear la revolución), posee sus propias exigencias. Puesto que, por definición, se trata de un poder que se ejerce en condiciones esencialmente transidas por las limitaciones: limitaciones acerca de lo que se puede decidir, de los recursos con los que se cuenta para llevar a cabo lo decidido, de la capacidad para hacerlo cumplir, etc.

Tal es la cruz de cualquier poder institucional: su limitación. Esta limitación (que es común a todo poder institucional) ha de resultar tanto más aguda cuanto mayor sea la discrepancia entre el poder institucional y el poder social. Y recuérdese que, como he argumentado, no parece probable que vivamos pronto en España un cambio radical en el reparto del poder social: nuestra revolución (política, la única imaginable ahora mismo) es de mínimos, un "puñetazo sobre la mesa" para hacernos respetar por los poderes sociales, limitando un tanto su osadía y desvergüenza; nada más.

Explicado en ejemplos (que ya he empleado en otras ocasiones): un gobierno con respaldo popular se verá enfrentado a dilemas casi inabordables, cuando, intentando hacer honor a su compromiso con el pueblo español, haya de negociar con "los mercados" (el gran capital, español y extranjero) y con "las potencias" (Alemania, Estados Unidos, la Unión Europea, el Banco Central Europeo, el FMI, etc.). Porque -por ejemplo- reformar la fiscalidad en un sentido progresista o acabar con los recortes de derechos y aumentar los recursos dedicados por el Estado español a bienestar social, ha de chocar de manera frontal con los intereses de unos y de otros. ¿Cómo afrontarlo, en condiciones de debilidad económica y política?

Algun@s responderán: ¡la democracia ha de imperar! No seré yo quien transite por ese camino, el de las (vanas) ilusiones: nuevamente, la experiencia histórica nos dice que es más probable que la democracia sea sometida por los poderes; la deuda, las presiones, las amenazas, la propaganda, etc. son armas poderosas.

Por ello (y aquí termino, por ahora), si la revolución democrática ha de ser algo más que una bonita ilusión y una palabra con la que simplemente entretenernos, no nos basta con protestar y con desobedecer. Protestar y desobedecer son condiciones necesarias, pero no suficientes. Necesitamos también abordar dos problemas adicionales: el del programa (de transición a la democracia) y el de la coalición (constituyente).

5. Programa y voluntad revolucionaria

Necesitamos un programa. Como he dicho, hasta ahora nadie ha sido capaz de proponer algo más que "democracia" como objetivo. Pero no deberíamos olvidar que, para el/a ciudadan@ normal, la democracia es tan sólo un medio, no un fin en sí mismo. Necesitamos, pues, elaborar propuestas concretas de acción: ¿qué haremos (con la deuda, con la Unión Europea, con las políticas económicas, con el Estado del bienestar,...) si la democracia se abre paso? Un programa es, a la vez, la base para una ilusión (ilusión, con fundamento, no equivale a fantasía): la base para imaginar otro futuro. E imaginar ese futuro es condición imprescindible para desearlo. Y el deseo es la fuente de la voluntad: de la voluntad de cambio, de revolución. Olvidémonos, pues, de ir más allá de la protesta, si carecemos de programa (realista, por más ambicioso que resulte): no lograremos respaldo ciudadano a lo que será visto -con razón- tan sólo como aventurerismo o mera retórica.

6. La "coalición de los dispuestos": una coalición constituyente, no una coalición política

Y necesitamos también una coalición: una coalición constituyente. Una coalición de movimientos, de organizaciones, que asuma el papel de representación en el plano político de los anhelos democráticos (constituyentes) de la ciudadanía. En este sentido, creo que en las izquierdas llevamos demasiado tiempo atascados en falsos dilemas: el debate entre política institucional y movilización social (como ya he dicho, la una sin la otra carece de sentido), el debate entre colaborar o no con los partidos del régimen (un debate que, creo, ha quedado atrasado, a la vista de los acontecimientos: ¿con quién debería seguir colaborando Izquierda Unida, hay alguien ahí...?), el debate entre vanguardias y movimientos amplios (ya en otro lugar me ocupé de la cuestión),...

Según creo, los dilemas organizativos se han de resolver -estos sí- a través del recurso a la democracia. Apunto: ¿sería posible que una serie de organizaciones/ partidos/ movimientos/ personalidades/ asambleas pudieran confluir en torno a un programa pro-popular de mínimos (en resumen: cambiar todo aquello que no nos gusta de la situación actual) y al compromiso de abrir un proceso constituyente?

Y, si la respuesta fuese positiva (me atrevo a imaginar que pueda resultar posible, sólo posible...), ¿podrían confluir también en los dos lugares donde dicha confluencia resulta imprescindible, para que la revolución sea posible? ¿En la calle, forzando la dimisión del gobierno? ¿Y/o en una candidatura pro-constituyente, plural, ciudadana (sin ulterior compromiso que gestionar los acuciantes asuntos "ordinarios" y abrir el camino al proceso constituyente)?

Me gustaría poder responder que sí: que todas estas cosas son posibles. En todo caso, sí estoy seguro de que son necesarias. De otra forma, seguiremos protestando, pero tendremos, seguramente, la ocasión de contemplar cómo un régimen y sus élites se travisten, cambiando para no cambiar, mientras la ciudadanía sigue, sin razón (pero con motivo), obedeciendo.


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