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viernes, 9 de diciembre de 2011

Seis temas para una agenda política de las izquierdas españolas


Una cosa me parece cada vez más evidente: en vista de lo que está cayendo, necesitamos imperiosamente, en la izquierda, focalizar nuestros esfuerzos, priorizar. Nuestros mensajes y nuestras acciones.

Es claro: luchar contra los deshaucios o en defensa de las ocupaciones, contra los abusos en materia medioambiental o por los derechos de l@s emplead@s públic@s (y tantas otras causas), son todas ellas tareas eminentemente justas y necesarias. Y, sin embargo...

Sin embargo, cuando los recursos -humanos, materiales y organizativos- son escasos; y cuando, además, buena parte de la población comprende ya que ha sido estafada, que nunca existió verdaderamente la posibilidad de pertenecer a una quimérica "clase media" (con unos salarios escasos, unos créditos leoninos y unos servicios públicos puestos en cuestión por la rebelión fiscal -promovida, por supuesto, por los aparatos ideológicos y por las organizaciones empresariales- de los sectores más pudientes de las clases trabajadoras), y, consciente de su inexorable proletarización (cultural),  se vuelve hacia la izquierda a la búsqueda de respuestas, de soluciones: no es posible, entonces, responderle tan sólo con luchas parciales y meramente defensivas.

Necesitamos, pues, una propuesta ofensiva. Que permita acometer las tareas defensivas, frente a la agresión antipopular fraguada por las clases dominantes de la Unión Europea (último reducto del "Estado del bienestar"), con expectativas de futuro; con esperanza, en suma. Y, por qué no, que haga posible pensar más allá: en aprovechar la ventana de oportunidad que, sin duda alguna, significa la crisis socioeconómica y la incapacidad institucional -inducida- para gestionarla sin poner en cuestión las bases del "modelo social europeo", para pensar e imponer otro modelo social y otra política más justos, solidarios y sostenibles (en términos de igualdad social, justicia internacional y viabilidad medioambiental).

Una propuesta ofensiva debe, no obstante, seguir siendo una propuesta política: ni un mero ejercicio de wishful thinking (al que, por desgracia, tan aficionada es cierta izquierda) ni tampoco una recopilación de hermosos eslóganes. Pues, si la sociedad está cansada de las mentiras de los poderosos, no menos abomina ya de la mera retórica revolucionaria, carente de cualquier contenido practicable aquí y ahora. (No debemos olvidar que vivimos en una sociedad inundada por los discursos publicitarios, pero también en una con los niveles educativos más altos de la historia: ambos hechos predisponen necesariamente -a mí, el primero- en contra de cualquier forma de cháchara; también de la "alternativa".)

Apunto, en orden de menor a mayor complejidad, los seis temas que, según creo, deberían focalizar los discursos y las acciones de la izquierda en estos próximos años, desde ya. E igualmente, la forma en la que me parece que tanto unos como otras deberían ser orientadas, para resultar más eficaces desde el punto de vista político. Temas que son, al mismo tiempo, eminentemente políticos, pero también inmediatamente accesibles, a batallas políticas de fondo. Que pueden, pues, movilizar a la ciudadanía de izquierdas, así como a quienes no comparten dichos valores pero se han visto hondamente conmocionados por la crisis:

- Derechos económicos, sociales y culturales: Es evidente, constituye la primera preocupación actual de la ciudadanía. Sin embargo, si queremos pasar de los discursos meramente defensivos ("no a los recortes") a una posición más ofensiva, necesitamos un cambio. Cambio que, me parece, puede aportar precisamente el enfoque de derechos humanos: en la mayoría de los estados -en España, desde luego- los derechos a la salud, al trabajo, a la vivienda, etc. no son verdaderos derechos, en la medida en que no están plenamente garantizados (no existe obligación del Estado de proteger y de hacer efectivamente accesibles tales derechos sin discriminación alguna), ni existen mecanismos jurídicos para reclamarlos, en el caso de no ser respetados. En mi opinión, es este un camino que la izquierda (con la notable excepción del movimiento sindical) no ha explorado en toda su potencialidad, tal vez a causa de una (infantil) desconfianza hacia el Derecho como instrumento político. Las claves serían: obligación estatal de respetar, proteger y hacer efectivos (sin discriminación) los derechos económicos, sociales y culturales de todas las personas; plena justiciabilidad de los mismos, frente a las reclamaciones ciudadanas. Su plasmación: instrumentos legales, pero también cambios en prácticas políticas, administrativas y judiciales.

- Justicia tributaria: No hay mucho que decir sobre este punto del programa que no sea ya comúnmente sabido. Hemos de exigir subidas brutales de impuestos para las rentas del capital y para las rentas del trabajo más elevadas (particularmente, para las primeras). Hemos de exigir confiscaciones (sin indemnización, por supuesto) de los negocios meramente especulativos y/o fraudulentos. Guerra contra el fraude fiscal. Políticas en contra de los paraísos fiscales...

- Fractura del sistema de partidos políticos: A través de diversos mecanismos (legislación electoral, financiación de las campañas, "puertas giratorias" entre política y empresa privada, grupos de presión, papel de los medios de comunicación, etc.), en todas partes la dinámica oligárquica se ha impuesto a la democrática, en el funcionamiento interno del sistema político. (España es un caso especial, por la ausencia de un marco constitucional declaramente antifascista y por su dependencia de los arreglos -intencionadamente oligárquicos- del posfranquismo... aunque no tanto.) Y los partidos políticos cumplen, en dicho sistema, un papel esencial, en tanto que canales de transmisión (de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba), de gobernanza y de legitimidad. Necesitamos, pues, promover otro sistema de partidos. Ello pasa, desde luego, por la instauración de diversas medidas de normalización democrática: acceso a la información, incompatibilidades, independencia y responsablidad de los medios, sistema electoral,...

Pero también, y ello resulta más inequívocamente de izquierdas, por una puesta en cuestión -que ya ha comenzado- de la hegemonía de las organizaciones políticas nacidas en la transición posfranquista. Tres son, me parece, los desafíos: separar al grueso de la población trabajadora de los partidos de derechas (conservadores, pero también radicales xenófobos); reducir la relevancia de los discursos nacionalistas (de todos, pero es particularmente grave la del nacionalismo españolista) entre dicha población; y, en fin, quebrar el dominio de la burocracia "socialdemócrata" (social-liberal, más bien) sobre la otra gran parte, más progresista, de los trabajadores y trabajadoras. La crisis nos proporciona, en este sentido, una innegable oportunidad: porque, de una parte, obliga a centrar la atención en los aspectos socioeconómicos y la aleja de cuestiones de "valores" y de "identidad" (etnia, nacionalidad, orientación sexual), que son los que vienen permitiendo a las derechas acceder a las clases trabajadoras; y porque, de otra, ha puesto a la burocracia social-liberal en su sitio, al lado de los poderosos y en contra del pueblo.

Decir esto no significa, no obstante, decir que esté ya todo hecho (en contra de la inmerecida buena fama que el mecanicismo tiene entre cierta izquierda, lo cierto es que el valor de las iniciativas políticas intencionales resulta insustituible). Antes al contrario, significa que está todo por hacer (pero que puede intentarse): que necesitamos convencer a la población, con nuestras prácticas y con nuestros discursos de que, de verdad (más allá de los eslóganes), "no nos representan" y "otra política es posible". Para romper, desde abajo, la actual situación (paralizante).

- Democracia económica: Hablar de "democracia económica" es hablar de la situación de las gentes dentro de las empresas. Aquí, de nuevo, tenemos que romper la suicida dicotomía entre trabajador(a) y ciudadan@ (sumis@ allí y crític@ aquí). Tenemos que pelear por empoderar a los trabajadores y trabajadoras en el seno de las empresas. Y, claro, también a sus organizaciones, las sindicales (el espontenísmo asambleísta de cierta izquierda siempre me ha parecido más conmovedor que relevante). Y hay mucho para discutir: desde el valor de las negociaciones y convenios colectivos hasta los derechos laborales, pasando por el cooperativismo, el comercio justo, el consumo responsable, el papel del pequeño accionista, la responsabilidad empresarial y la participación de l@s trabajador@s en los procesos de toma de decisiones empresariales.

- Proceso constituyente: Abrir un proceso constituyente verdaderamente democrático y participativo constituye un objetivo fuerte, complejo, pero imprescindible como marco general a medio plazo (pero aún realista) de todo lo anterior. Pues, aquí y ahora, cuestionar el papel de la monarquía, por ejemplo, no significa tan sólo apostar por formas de gobierno más democráticas (república vs. monarquía), sino, sobre todo, poner en cuestión algunos de los más impresentables consensos de la transición posfranquista, así como a la oligarquía (económico-empresarial, ante todo, aunque también política, administrativa y jurídica) que viene regentándolos desde entonces. Reabrir la cuestión constituyente es también impugnar la impunidad total de los crímenes del franquismo (hoy, por desgracia, ya más una cuestión de memoria y de reparación moral que de otra cosa), pero también los modelos de represión política que, herederos de aquél, se han consolidado en la monarquía parlamentaria española: legislación antiterrorista, impunidad de la tortura, represión de la disidencia política,... Y, en fin, volver a plantear las opciones más básicas del sistema político nos permite entrar a discutir otra vez el modelo socioeconómico del estado: luchar por un tránsito desde las altisonantes declaraciones progresistas, carentes de cualquier valor distinto del meramente retórico, presentes en la vigente constitución, hacia una verdadera constitucionalización del Estado del bienestar, de los derechos económicos, sociales y culturales, del papel del Estado y de la participación popular en la vida económica (y, por ende, de la democracia económica), etc.

(Dejo conscientemente de lado la cuestión nacional, sin duda relevante y aún no cerrada, pero que exigiría una discusión autónoma, que aquí no puede ser llevada a cabo.)

Luchar por la apertura de un proceso constituyente significa, en definitiva, luchar por la democracia: por la democracia real. ¿Cómo dudar del valor programático y movilizador de tal mensaje?

- Democracia europea: Por último, creo que es obvio que la crisis socioeconómica nos ha colocado ante un escenario político en el que una vieja denuncia de las izquierdas, la de una Unión Europea con una extremadamente escasa legitimidad democrática y al servicio del gran capital europeo, se ha colocado en primer plano. En efecto, el hecho es que una élite de políticos y burócratas sin legitimación democrática, amparándose en la versión local de la "doctrina del shock",  están tomando medidas en pro de la consolidación del gran capital europeo (de la solvencia de su banca y de la competitividad de sus grandes empresas en los mercados mundiales) y en contra de los intereses de la población. Y que tales decisiones (de fortalecimiento de la "gobernanza económica de la Unión Europea") se están haciendo valer por encima de la soberanía de los estados (cuando menos, más democrática que la de la Unión).

Por ello, creo que no nos queda otra alternativa que reconocer que los dilemas que, en el ámbito de la política europea, venían agarrotando a las izquierdas (europeísmo frente a eurocescepticismo-estatismo) han de ser dados por superados, por la vía de los hechos: actuamos todos -nos guste o no- en un marco europeo. Y la sede de la soberanía (la efectiva, no la retóricamente proclamada) pasa, progresivamente, a las instituciones europeas, dominadas por el gran capital.

Hemos, por consiguiente, de apostar por una revolución democrática europea (del mismo signo que las que tuvieron lugar, en los estados, entre 1789 y la segunda guerra mundial), con todo lo que ello conlleva: reclamación de la soberanía (frente a la burocracia, pero también frente a los estados), ciudadanía, proceso constituyente, derechos, instituciones democráticas,... Y, de paso, volver a maniatar al gran capital europeo, ahora completamente desembridado.

Hasta aquí, los temas. Soy consciente de dos cosas. Primero, de que dejo otros de mucho mayor calado en el tintero. Por mencionar solamente los más importantes, todos ellos muy caros para las izquierdas: el de los derechos de propiedad, el de la igualdad social, el de la igualdad de género, el de la justicia internacional y el del medio ambiente.

Diré tan sólo, a este respecto, que, por una parte, es posible considerar algunas de las facetas de dichos temas, de forma transversal, en los discursos que sobre derechos económicos, sociales y culturales, sobre justicia tributaria, sobre democracia económica, sobre proceso constituyente y sobre democracia europea, elaboremos. Así, por ejemplo, el enfoque de género debería recorrer todos y cada uno de nuestros discursos sobre estos temas. Por otra parte, he de reconocer, no obstante, que ello resulta insuficiente e insatisfactorio. No puedo decir, sin embargo, más que ahora no toca: si hay que priorizar, hay que elegir. Y hay que elegir, en mi opinión, temas que resulten más cercanos a las inquietudes de la opinión pública, aquí y ahora.

En segundo lugar, tampoco digo nada, en lo anterior, sobre estrategias. Algo he apuntado ya en alguna entrada previa acerca de este asunto, aunque ciertamente resulta insuficiente. Indicaré tan sólo que, tal y como allí señalaba, sólo unas estrategias combinadas (de acción institucional, desobediencia y movilización laboral y callejera), que atiendan al tiempo a la diversidad de las izquierdas (15-M, movimientos sociales, sindicatos, partidos, ciudadanía de izquierdas) y a la necesidad de enfrentarse a poderes (y a capacidades represivas y de control) muy fuertes, parecen imaginables.

De cualquier forma, ello debería constituir el objeto de otra reflexión separada. Porque, me parece, antes hemos de constituir nuestra agenda política: propia, autónoma, no meramente reactiva. Y a ello pretende contribuir -modestamente- este escrito.

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