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sábado, 5 de julio de 2014

The immigrant (James Gray, 2013)


El cine de James Gray, a pesar de mantener una serie de constantes, tanto temáticas como formales, es un cine en constante evolución. Así, ya en Little Odessa (1994), su primer largometraje, podían apreciarse características tales como -en lo temático- la omnipresencia de las relaciones familiares, la tendencia -en cuanto a su retórica dramática- hacia la construcción de relatos bastante próximos a los tópicos del melodrama (a pesar de la aparente adscripción genérica de esa película -y de las que la siguieron- al género criminal, de manera que se da lugar así a verdaderos híbridos genéricos), o -por lo que hace a la forma audiovisual- el empleo de un estilo característico (apagado, opresivo) de iluminación, fotografía y composición de los planos, con una finalidad, eminentemente expresiva, de transmitir emociones.

Estos rasgos se han mantenido hasta hoy. No obstante, lo cierto es que resulta apreciable un cambio, a partir de su anterior película, Two lovers (2008), y también en esta última que hoy comento. Cambio que, si hubiese que sintetizarlo (y también simplificarlo, por supuesto), podría hacerse afirmando que tanto en una como en otra cobra un peso mucho mayor, y más prominente, la imaginación melodramática, con su retórica asociada. Un peso tal que, en verdad, llega hasta el punto de convertirse en verdaderamente definitoria de ambas narraciones.

En efecto, pese a la persistencia de las características globales, antes mencionadas, propias de la obra cinematográfica del director, lo cierto es que en The immigrant -ciñéndonos ahora tan sólo a este caso- la narración pasa a estar dominada casi por completo por los temas, la retórica dramática y las formas expresivas propias de la imaginación melodramática. Temas: la culpa y la redención, la salvación y el destino, los afectos y la libertad, sacrificio. Retórica dramática: una atención constante a los sentimientos de los personajes y a sus relaciones afectivas, el énfasis acerca de lo difíciles, "extremas" y "traumáticas" que resultan las situaciones en las que han de decidir y las decisiones que han de adoptar. Formas: agudizando el predominio del propósito fundamentalmente expresivo (entendido, al modo melodramático: como expresión de emociones que han de ser captadas por el/la espectador(a)) de las imágenes, e incrementando su complejidad, con planos comparativamente más "barrocos". (Ejemplo evidente: la última escena de la película, cuando los dos protagonistas se abandonan y alejan, formalizada a través de un plano complejo, con presencia combinada de espejos y de distintas profundidades de campo. Una complejidad que pretende resultar significativa, y expresiva de cara al/a espectador(a): la síntesis visual de la situación de separación, emocional y física, a la que los personajes se ven sometidos.)

(N.B.: Resultaría digna de estudio esta habitual afinidad entre el mejor melodrama y las formas expresivas tendentes al manierismo. En cine, Douglas Sirk o Rainer Wender Fassbinder serían casos ejemplares de tal tendencia.)

Es verdad que en The immigrant sigue atendiéndose y mostrándose el medio social (aquí, el de la inmigración centroeuropea en el New York de los años veinte del siglo pasado -antecesores de las segundas y terceras generaciones, ya integradas, de inmigrantes que aparecían en las anteriores películas de Gray) en el que los personajes actúan. Y, sin embargo, la narración de la película apenas deja penetrar, más allá de algunos tópicos, en dicha estructura social, que se adivina en el trasfondo. (Sí que lo hacía, en cambio, antes, en sus anteriores películas, hasta Two lovers, y aun en ésta, en la estructura de la institución familiar.) Preocupada como se halla por concentrar su atención en los sentimientos de sus personajes, y por transmitírselos al/a espectador(a).

De este modo, The immigrant ha de valer para nosotr@s tanto como pueda hacerlo esa imaginación melodramática que en su historia se manifiesta (de una forma excelsa, todo hay que decirlo). Si estamos particularmente interesad@s -como es evidente que James Gray lo está- por la complejidad de los sentimientos humanos, por la imposibilidad de negar que todas las categorías conceptuales simplistas y tendentes a la dicotomía maniquea, de los que nos valemos usualmente en nuestros análisis (amigo/ enemigo, propio/ extraño, explotador/ explotado, amo/ esclavo, varón/ mujer, etc.), no son más que eso, herramientas conceptuales (y no realidades), de una validez y utilidad limitada (y no universal), entonces esta es nuestra película: una historia -que podría ser actual- de una inmigrante sin permiso de residencia, explotada y prostituida, que progresivamente desarrolla una relación compleja y enormemente emocional tanto con quienes la explotan como con otros varones de su entorno, incapaz de permanecer en su rol (de explotada, de prostituida) y no establecer vínculos emocionales.

Absténgase, en cambio, quien aspire a entender algo. Porque The immigrant, como buena narración melodramática, apenas permite comprender (ni la inmigración, ni la extranjería, ni la explotación, ni la prostitución, ni el sexismo, ni...). Se limita -como hace siempre el mejor melodrama- a llamar nuestra atención: precisamente, sobre la opacidad que, en definitiva (y más allá de todos nuestros esfuerzos por aprehenderlo a través de los conceptos que inventamos), caracteriza siempre a lo real.




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