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lunes, 1 de julio de 2013

Albert Camus: Les justes


Veía ayer una representación de Les justes y reflexionaba al tiempo acerca de cómo han evolucionado las mentalidades políticas hegemónicas desde el momento de su estreno (1949) hasta hoy mismo.

Hay que recordar, en efecto, que la obra de Camus fue vista en su tiempo (y criticada en tanto que tal) como una ácida crítica de la ideología comunista acerca de la estrategia para el cambio social: como una crítica acerada de la idea de que la revolución -sus objetivos políticos y de justicia- eximían de cualquier consideración de índole moral. O de la venerable máxima de la razón política de que "el fin (político, valioso) justifica los medios (inmorales)".

Contemplado hoy, sin embargo, el drama (cuando las preocupaciones originales de Camus forman parte del pensamiento dominante, hasta el punto de que el humanitarismo constituye una de las coartadas más comunes hoy en día de la propaganda imperialista, que pretende justificar intervenciones y tropelías de toda laya en países del Sur Global y, en general, en estados rebeldes -"canallas") ha cambiado, me parece, completamente de sentido. Pues lo que en 1949, en plena efervescencia (al calor del antifascismo), podía ser interpretado como una admonición moral, hoy en día, se presenta más bien como un retrato.

Como un retrato del heroísmo personal que (con independencia de que, caso por caso, podamos compartir o no el sentido moral y político de su lucha, y aun si se -por otra parte- se cuestiona la sabiduría práctica de la misma) los militantes de la lucha armada han de desarrollar, necesariamente.

Y es que lo que la obra, de hecho, viene a dramatizar es, ante todo, la dificultad que haya una persona normal (esto es, no socializada, y coaccionada, en el marco de una organización burocrática y altamente eficaz desde el punto de vista instrumental, en el adiestramiento en la violencia -como lo son los ejércitos) para comportarse del modo ciego e irracional que exige la eficacia militar de la lucha armada. De esta manera, los personajes de Les justes se debaten entre su condición de seres pensantes, autónomos, dotados de emociones, y su vocación (derivada de su compromiso moral con la acción política violenta) de convertirse en "autómatas" eficaces en la acción armada letal. Y lo que el drama apunta, en todo caso, es que dicho dilema es necesariamente destructivo: no hay posibilidad de sujeto autónomo, en el contexto de la acción violenta, que no sólo sacrifica a sus víctimas, sino también -y necesariamente- a los perpetradores, si se hallan integrados en un (sub-)sistema social lo suficientemente integrado como para permitirles eludir las culpas, el miedo y la tensión que la comisión de actos violentos siempre genera en el individuo humano.

Conviene, en este sentido, volver a recuperar estas enseñanzas -tal vez indeseadas- de la obra de Camus. Particularmente, en tiempos en los que la demonización de los "terroristas" se ha convertido en la ideología ampliamente hegemónica. Una ideología que pretende principalmente excluir cualquier reflexión, acerca de la condición moral y del sentido político de la lucha política armada. Y conviene, pues, volver a pensar (como vengo reclamando de forma reiterada) de modo racional y sin tapujos la forma en la que la acción política violenta se inserta (y puede explicarse y -a veces- justificarse) en el seno de los procesos sociopolíticos.


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