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domingo, 16 de junio de 2013

Randall Collins: Violence. A Micro-sociological Theory


La violencia es uno de los fenómenos que, en los discursos culturales contemporáneos (tanto en los "elevados" como en los "vulgares"), aparece de un modo más omnipresente, casi obsesivo. Y, sin embargo, lo cierto es que gran parte de lo que se dice al respecto -en unos y otros discursos- es o trivial o directamente falso: los tópicos infundados y la manipulación ideológica campan a sus anchas en este tema, desde el momento de la definición del concepto hasta la explicación de las causas, pasando por la descripción de su fenomenología.

Comencemos por lo primero, por la definición: como en otro lugar he apuntado ya, parece poco plausible la idea de que el concepto de violencia pueda ser definido de un modo universalmente válido. Y ello, porque por "violencia" parece que tendemos a entender más bien ciertas formas de comportamiento que son consideradas como extremadamente (radicalmente) perturbadores de la normalidad social y que tienen que ver, de algún modo (más o menos directo), con los cuerpos humanos y su integridad. Pero, por supuesto, lo que resulte o no muy perturbador, el nivel de intimidad de la conexión entre la acción (pretendidamente) violenta y el cuerpo humano, y qué haya que entender por "integridad" del cuerpo humano, son todos ellos conceptos muy condicionados por factores de índole cultural. De manera que la detección de qué sea considerado como violencia, en cada momento y en cada lugar, tendrá que ver necesariamente con la percepción, social (y culturalmente construida), acerca de la realidad (vista como) social. Por ejemplificarlo en un caso obvio: que una pelea a golpes sea vista como un deporte, como un acto de violencia inaceptable o como una forma de demostrar hombría, depende completamente de el marco cultural en el que la conducta sea ubicada.

En todo caso, aun aceptando este -relativo, a su vez- relativismo cultural a la hora de conceptuar socialmente una conducta como violenta, es lo cierto que sí resulta posible acotar un elenco específico de conductas humanas que, independientemente de cuál sea la valoración, cultural y moral, que les otorguemos, poseen características propias: aquellas conductas consistentes en la aplicación de fuerza física sobre un cuerpo humano ajeno. Si nos olvidamos, para lograr una mayor nitidez en la delimitación de nuestro objeto de reflexión, de la cuestión de las valoraciones, existe efectivamente una clase de conductas humanas (muy multiforme, y muy desigualmente valorada) con rasgos específicos. Y ello, porque el proceso de interacción entre individuos humanos (y/o entre grupos de individuos), cuando se recurre a la violencia física como medio, es necesariamente peculiar, en comparación con otros modos de interacción (mediante palabras, gestos, tocamientos, relaciones sexuales, etc.).

Precisamente, de la peculiaridad de la interacción a través de la fuerza física es de lo que se ocupa este libro (Princeton University Press, 2008). Para empezar, Randall Collins sostiene convincentemente que -como antes señalaba- buena parte de nuestro pretendido conocimiento acerca de la violencia es erróneo (o se compone de lugares comunes sin fundamento, o es pura manipulación ideológica): que, contra lo que la mitología más común suele propugnar, no es cierto que el ser humano sea especialmente propenso a recurrir a la violencia física, sino que más bien tiende a evitarla, en la mayor parte de las ocasiones; y, además, cuando acaba por recurrir a ella (en determinadas condiciones, socialmente configuradas), suele ser bastante inepto a la hora de utilizarla. Aporta, a este respecto, una evidencia empírica abrumadora, acerca del predominio de la probabilidad de evitación de la violencia (evitación que, eso sí, muchas veces acompañada de un remedo de violencia: de fanfarroneo, de amenazas, de "violencia verbal"). E igualmente, respecto de la gran incompetencia de la gran mayoría de los individuos humanos (aun aquellos profesionalmente entrenados, como militares, policías, delincuentes, etc.) que emplean la violencia en la gran mayoría de las ocasiones en las que la utilizan.


En segundo lugar, Collins defiende -creo que también de un modo convincente- que es preciso distinguir cuidadosamente entre las dinámicas de interacción social de naturaleza conflictiva (conflictos en torno a los recursos, al poder, al prestigio social, etc.) y las interacciones sociales propiamente violentas (en el sentido, antes indicado, de interacciones en las que se use la violencia física en relación con terceros). Pues lo cierto es que la gran mayoría de los conflictos sociales, tanto interindividuales como colectivos, acaban por no ser resueltos a través del recurso a la violencia física, sino por otros medios. Así, por ejemplo, resulta plausible que los conflictos racistas favorezcan la aparición de conductas violentas. Sin embargo, pese a ello, la gran mayoría de dichos conflictos son resueltos (de forma justa o injusta, esa es otra cuestión -no científica, sino moral y política) sin violencia. Por ello, mantiene el autor, es imprescindible investigar acerca de los factores que hacen que un conflicto social se convierta en un conflicto violento.

En este sentido, Collins distingue entre factores de índole macro-social (relativos a la estructura global de la sociedad) y factores de índole micro-social (atinentes a las características del concreto proceso de interacción, conflictivo, en el que la violencia aflora). En este volumen (que está a la espera de otro segundo, que aborde el aspecto restante) se ocupa de los factores micro-sociales, del proceso de interacción. Y, a este respecto, examina la forma en la que la violencia física puede ser introducida en la interacción. La cuestión, a su entender, es que la interacción humana tiene lugar generalmente a través de una intensa implicación emocional entre los sujetos que interactúan. En este contexto, la introducción de la violencia física resulta siempre problemática, puesto que, en condiciones normales, impide que el aspecto emocional de la interacción entre los sujetos se produzca de la forma habitual. Es por ello por lo que el empleo de la violencia física provoca siempre en el/a perpetrador(a) un efecto emocional combinado de tensión y de miedo (que, a falta de entrenamiento y/o de circunstancias especialmente propicias, le hace particularmente remiso a emplear la violencia y provoca que, cuando la utiliza, resulte bastante incompetente, desde el punto de vista técnico). La pregunta, entonces, es cómo logran los individuos y los grupos superar dicho obstáculo y, en ciertas ocasiones (y determinados individuos y grupos), recurrir a la violencia (y cómo, algunas veces, de un modo técnicamente menos incompetente).

Las tesis de Collins sobre el particular podrían resumirse como sigue:

- La gran mayoría de las situaciones (de conflicto) en las que los individuos y grupos se encuentran en condiciones de recurrir a la violencia se resuelven, sin embargo, sin violencia, o con una violencia mínima, o prácticamente fingida.


- La gran mayoría de los actos violentos de la gran mayoría de los individuos y grupos son actos extremadamente ineficaces desde el punto de vista técnico: existe en ellos una desproporción abrumadora entre los medios empleados y los resultados letales producidos. Ello vale también para los profesionales entrenados en el empleo de la violencia.

(Lo cual ha conducido, por cierto, a que esas industrias de la matanza que son los ejércitos tengan que recurrir, de forma cada vez más intensa, a formas tecnológicamente mediadas de matar en masa: porque sólo alejando lo más posible al combatiente de sus víctimas, y poniendo a su disposición una potencia letal amplísima, se logra que el número de bajas enemigas llegue hasta unas cotas aceptables desde el punto de vista militar.)

- Cuando la violencia surge, en una situación social de interacción conflictiva, ello obedece a una de tres situaciones diferentes. La primera es aquella en la que los individuos han sido forzados (socialmente) a asumir un rol de individuos violentos y entonces, durante un breve período de tiempo, descargan su energía emocional (esa combinación de tensión y de miedo que, como indicaba, la posibilidad de violencia produce siempre en el sujeto) en un gran número de actos violentos, desmedidos (en buena parte ineficaces). Ejemplos característicos de esta primera situación son la mayor parte de los casos de uso excesivo de la fuerza por parte de la policía, o muchas matanzas de prisioneros o de civiles cometidas por tropas de infantería en situaciones de combate.

- La segunda situación es aquella en la que se produce (en el marco de relaciones de dominación) un aprendizaje "conjunto" (cooperativo, pues, en cierto sentido -que no quiere decir voluntario, puesto que el individuo dominado no elige) de la interacción violenta entre actor y víctima, entrenándose cada uno en su rol y estableciendo, así, una interacción, violenta, continuada en el tiempo. Ejemplos claros de ello serían los supuestos de violencia intrafamiliar o los de acoso escolar violento.


- Y la tercera y última situación es aquella en la que ciertos individuos emplean la violencia (una cantidad muy medida -y también generalmente poco eficaz- de violencia) para marcar su estatus dentro de un grupo social. Ello ocurre en todas aquellas organizaciones y grupos sociales que tienen la violencia como uno de sus recursos considerados aceptables: fuerzas militares (francotiradores, pilotos militares, etc.), policiales (unidades de intervención), grupos armados, bandas criminales, etc. Pero también en grupos sociales constituidos de manera casual en contextos en los que la violencia, accidentalmente, se vuelve posible y tolerada: revueltas, saqueos, etc.

- Por fin, aun cuando la gran mayoría de los actos violentos son cortos, medidos y (relativamente) ineficaces, existe una pequeña minoría de individuos (de entre todos los que recurren a la violencia, en alguna de las tres situaciones expuestas) que es capaz de emplear la violencia con eficacia. Ello ocurre a través de un proceso de adiestramiento emocional, que les permite controlar suficientemente la tensión y el miedo, como para dejar operar sus habilidades técnicas para actuar violentamente (mientras que la gran mayoría se dejan arrastrar sus emociones y, aun sin han sido entrenados en las técnicas de uso de la violencia, son relativamente ineptos en su utilización efectiva).

No obstante, y aunque el adiestramiento emocional es importante para ser competente en el uso de la violencia, lo cierto es que la dinámica estructural de las interacciones violentas impide que la gran mayoría de los individuos que recurren a la violencia puedan llegar a pertenecer a dicha minoría adiestrada. Y es que ocurre que la minoría hábil lo es, en buena medida, gracias a su sentimiento de superioridad sobre el resto: a la aptitud, pues, del empleo técnicamente eficaz de la violencia (por parte de una minoría) para producir estratificación dentro del grupo social de referencia. De manera que, al ser dicho efecto sobre la estratificación un bien posicional, no es posible que todos los individuos violentos lo obtengan. Así pues, lo previsible es que en cada grupo social que emplea la violencia (pongamos: la policía, un grupo armado, una banda criminal, una pandilla juvenil, etc.), solamente una pequeña minoría de los miembros sean verdaderamente competentes en el uso de la violencia, mientras que la mayoría siguen siendo realmente remisos a utilizarla y, cuando lo hagan, lo harán mal.


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