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jueves, 21 de diciembre de 2017

Andrei Biely: Peterburg


Peterburg (publicada en 1913) constituye un caso peculiar dentro de la tradición de novela modernista, que se desarrolla en Europa y Norteamérica durante las primeras décadas del siglo XX. Pues parecen confluir en ella, de manera particularmente idiosincrásica, dos corrientes estilísticas que venían desenvolviéndose desde mediados del siglo XIX. De una parte, la tradición (preeminente en Rusia, a través de la figura gigantesca de F. M. Dostoievski, aunque con presencia también en otras literaturas, como la anglosajona -Joseph Conrad, Henry James,...) de la reelaboración de las técnicas narrativas con el fin de lograr una representación ajustada de los contenidos y desarrollos de la consciencia individual del sujeto contemporáneo. Y, de otra, la tradición (eminentemente anglosajona hasta entonces, con Laurence Sterne, Lewis Carroll o James Joyce como representantes señeros, si bien con posterioridad -ya en la segunda mitad del siglo- anidaría de manera especialmente intensa y fructífera en la literatura francesa: Raymond Queneau, Georges Perec y OuLiPo, le nouveau roman, etc.) de emplear el relato como espacio fundamentalmente dedicado a la práctica de ejercicios lingüísticos y metalingüísticos.

La clave, sin embargo, estriba en el hecho de que, a partir de esta confluencia estilística, Andrei Biely procede a construir una narración con capacidad para representar, de un modo pretendidamente integral (o, cuando menos, más integral de cuanto lo venían siendo las representaciones ensayadas hasta entonces) un determinado momento histórico-social: la convulsa Rusia pre-revolucionaria de 1905; y, más en concreto, las atribuladas conciencias de sus élites.

En efecto, en Peterburg la combinación de las técnicas indicadas sirve para elaborar una representación, con multitud de facetas, de las obsesiones y limitaciones de las élites rusas del momento. A través de personajes pertenecientes todos ellos a las clases acomodadas al servicio del Estado (y de la oligarquía), lo que se muestra en la novela es a una élite en descomposición psicosocial: a individuos que, a pesar de sus privilegios de clase, resultan incapaces de alcanzar una verdadera comprensión de su posición histórico-social. Que permanecen hondamente anclados a sus obsesiones; obsesiones un tanto maníacas, a causa del aislamiento social (sociocultural) en el que viven, en relación con los problemas sociales reales de la sociedad rusa del momento.

En momentos de honda tensión social, lo que la novela de Biely viene a representar es la incapacidad de una élite para trascender su (limitado) universo mental y para insertarse de una manera convincente en la dinámica social. Antes al contrario, los personajes de Peterburg parecen existir, en términos mentales, en un mundo de fantasía e irrealidad, en el que obsesiones absurdas y modos deformados de aproximación a la realidad externa (de la injusticia y la dominación) constituyen sus únicos puntos de referencia.

Todo ello lo narra Biely a través de un discurso narrativo alucinatorio, en el que el lenguaje (un tanto desarticulado y opaco) sirve ante todo para representar esa cerrazón ante la realidad, ese pliegue ciego y autodestructivo, en el que las élites -o, cuando menos, los personajes- habitan. De manera que Peterburg ser resulta, en último extremo, una suerte de narración fantástica: no tanto por lo que narra, cuanto por el tono del discurso narrativo que la constituye. Un discurso en el que las voces narrativas (de sus personajes protagonistas, puesto que la focalización interna es bastante intensa en la narración) representan antes fantasmas (destructivos, sin embargo) que las conflictivas realidades verdaderamente circundantes, y casi por completo ignoradas por la élite protagonista.


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