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viernes, 22 de diciembre de 2017

Alanis (Anahí Berneri, 2017)


Concebir la idea misma de trabajo sexual, así como hablar sobre él con algún sentido (y con honestidad), es algo que el sujeto contemporáneo lleva a cabo con dificultad: parecería, en efecto, que, para tener la legitimidad de poder hacer referencia a dicho fenómeno (hablar sobre a sus agentes -trabajador@s sexuales, clientes, empresari@s, albergadores, etc.-, a las acciones -sexuales, pero también conversaciones, convivencia, violencia, etc.-, a los lugares -la calle, los rincones, los apartamentos, los clubs, etc.-,...), es preciso engolar la voz y recargarla de retórica, además de autoubicarse un@ mism@ en una posición social (sociocultural, sociopolítica) muy determinada, que le dé autorización para hacerlo: feminista, trabajador social, artista "comprometido,...

Retórica y (auto-)censura: ambas, formas específicas de prácticas de poder, que hacen posible ahormar un fenómeno multiforme y omnipresente (el del sexo como moneda de cambio, como mercancía) dentro de modelos de representación que lo vuelven aceptable en el discurso público: hablar, entonces, sobre el trabajo sexual significa, muy habitualmente, adoptar una pose condenatoria,  moralista o melodramática; o bien, en el otro extremo (aparentemente, puesto que, en tanto que forma alternativa de retórica, no deja de ser otro modo de represión de lo vivo -y, por ello, multiforme y potencialmente incontrolable), dulcificar hasta límites insospechados (a través, por ejemplo, de la introducción de sentimientos, romanticismo, etc.) el hecho crudo de formas de interacción humana en las que el sexo, los cuerpos y los afectos se hallan sometidos a relaciones de poder y dominación y a un intercambio desigual.

No existe, pues, tanta diferencia, en este sentido, entre muchos voluminosos ensayos que sesud@s pensador@s pergeñan sobre el tema y sus representaciones narrativas más convencionales en la literatura y en el cine: los unos y las otras suelen adolecer de exceso de retórica y de falta de atención a los hechos verdaderamente relevantes de la realidad social a la que pretenden aludir. (Solamente esto, por cierto, puede explicar el incomprensible éxito que, en materia de trabajo sexual, el discurso abolicionista más simplista ha alcanzado entre cierta izquierda y cierto "progresismo" feminista contemporáneos: por su disposición a prescindir de la realidad y a permanecer, cuando de la vida de las clases sociales más desfavorecidas se trata, dentro de los confortadores límites de los discursos predominantemente retóricos.)

Porque lo cierto es que, efectivamente, como afirmaba Jean-Luc Godard, "le travelling est affaire de morale". O, formulado en términos más generales, los modos que adopta la representación cultural de la realidad condiciona significativamente la manera en la que luego esta es interpretada teóricamente y es tratada en la práctica.

Alanis constituye, a este respecto, un ejemplo excelente. La decisión de su directora de estructurar la narración mediante el recurso a planos de larga duración, pero muy cerrados sobre el cuerpo de su protagonista (Sofía Gala), fuerza al/la espectador(a) a compartir con el personaje su intimidad. Una intimidad hecha, principalmente, de momentos rutinarios, de la rutina propia de una mujer perteneciente a los estratos más pobres de la clase trabajadora (de un país tan desigual como Argentina): ratos con su hijo pequeño, al que acuna, da el pecho o lava o entretiene; momentos con las compañeras de piso, momentos con los clientes, con amigos y amigas; momentos en los que hay que bregar con la represión del Estado, con la violencia de otras trabajadoras sexuales o con los laberintos de la burocracia;...

Estas formas que adopta la representación nos obligan a ver al personaje de un modo muy específico: como una mujer proletaria que vive en una sociedad clasista, sexista y muy injusta, en la que alguien como ella apenas tiene oportunidades de experiencia laboral que no resulten embrutecedoras. Alguien que, entonces, recluye su espíritu y sus afectos en su limitada, pero hermosa, vida privada (su hijo, sus poquísimos amig@s, algunas compañeras de trabajo). Y que, por lo que a ganarse la vida se trata, va eligiendo en cada momento lo mejor: es decir, lo menos malo. Que, para ella, es casi siempre el trabajo sexual: tan embrutecedor como otros, pero acaso, en determinadas condiciones, mejor pagado y menos degradante.

Y es que Alanis, la mujer, la proletaria, es, ante todo y sobre todo (en la forma en la que es representada en la película), un sujeto autónomo: dominado, sí, sometido a unas estructuras sociales injustas, que la oprimen; pero también consciente de ello y minimizando, dentro de este contexto, sus riesgos, así como maximiza igualmente su bienestar y el de aquell@s a quienes quiere.

Tan sólo por esta capacidad para representar de un modo más realista lo que habitualmente es objeto de manipulación retórica (¿interesada?) ya tenemos que estar muy agradecid@s a Alanis y a su directora, Anahí Berneri, por más que la película, en términos estéticos, no incorpore ningún desarrollo relevante que no haya sido visto ya en otras películas del cine social contemporáneo. Porque normalizar representaciones (y, con ello, concepciones acerca de la realidad social) parece, en temáticas como ésta, verdaderamente imprescindible. Y, sin embargo, el valor para hacerlo, para mirar a la realidad sin anteojeras, resulta tan raro...




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