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domingo, 30 de octubre de 2016

Joseph Conrad: Falk: A Reminiscence


Enredado como me hallo ahora mismo en la lectura de toda la narrativa breve de Joseph Conrad, este relato (no tan breve: noventa páginas) sobresale de manera harto prominente, de entre un conjunto ya de altísimo nivel.

Encontramos en él, en efecto, características habituales en la producción narrativa del autor: un narrador interpuesto, las descripciones característicamente detallistas, profusas e irónicas de acontecimientos, personajes y ambientes, dilemas y preocupaciones en torno al sentimiento de culpa y de la obsesión por "estar a la altura" (del rol asumido y de la imagen compuesta de uno mismo), perspectiva predominantemente masculina, ambiente marinero,...

Pero, dentro de este marco general, Falk: A Reminiscence destaca por su capacidad para poner sobre el tapete y representar de manera paladina una cuestión que, evidentemente, preocupaba sobremanera a Conrad, puesto que la aborda -en tesituras diversas- una y otra vez a lo largo de su obra: la de la problemática (más por confusa que por conflictiva) relación, e interacción, entre racionalidad y pasión.

Así, el relato comienza como una -en apariencia- prototípica narración de vicisitudes marineras: varios barcos anclados, sus capitanes, la relación entre ellos, la necesidad de cargar y abandonar el puerto, los problemas con el remolcador, y con el capitán del mismo (Falk, que progresivamente devendrá en personaje principal)... Luego, sin embargo, sutilmente Conrad va transformando la perspectiva desde la que examina (desde la que narra) los acontecimientos, sometiéndolos a una (al cabo, radical) reinterpretación: los conflictos entre el narrador, Hermann y Falk (los tres protagonistas masculinos), que parecían versar en torno a intereses (costes y beneficios, precios y ventajas) o, a lo sumo, en torno a una cuestión de orgullo (posición y reconocimiento social), se revelan en el fondo como ocasionados principalmente por la potencia -irrefrenable, en el caso de Falk- de la pasión, y de su necesidad de desbordarse y anegarlo todo, aun en contra del más egoísta (en el sentido común, acotado por una racionalidad instrumental chata, del término) de los intereses.

La representación de la fuerza con la que las pasiones (las emociones) humanas más radicales, más primigenias, determinan la acción, aun cuando tiendan a disfrazarse -para el hombre moderno- de consideraciones racionales, viene encarnada, en el relato, en Falk. Un personaje que en un principio presenta ante sus congéneres como una conducta fríamente calculadora lo que, en último término, acaba por aparecer como la manifestación desesperada de un anhelo: de amar y ser amado, de no estar solo, de gozar del placer de la convivencia y de la interacción humana.

Un deseo, una pasión que, por lo demás, debido a su propia "pureza" (a su incapacidad para dejarse atemperar, y aherrojar, por consideraciones de racionalidad instrumental), resulta en realidad potencialmente autodestructiva. Porque Falk anhela amar y ser amado por quien efectivamente es. Y, debido a ello, no duda en revelarse en toda su humanidad, más allá -o más acá- de cualquier moralidad (por no hablar de conveniencia de hipocresía social): en descubrir ante tod@s (ante tod@s l@s que le importan: el narrador, abocado a ser su instrumento e intermediario, Hermann y su familia... incluyendo su amada, la sobrina de Hermann) actos y hechos pretendidamente inimaginables para un "ser civilizado" que forman parte de su pasado. Un pasado caracterizado (al menos, así lo interpreta el narrador... ¿y Conrad?) justamente también por la pasión: entonces, por la pasión por sobrevivir, por la pasión vital, dionisíaca, que conduce necesariamente a satisfacer, sea como sea, los propios apetitos.

Hombres, pues, no cegados, no, pero sí guiados (intensamente conscientes, no obstante, de ello) de manera determinante por sus pasiones, por más que pretendan disfrazarlas, durante los tiempos ordinarios, de decisiones y de acciones racionales. Que, en los instantes decisivos no pueden dejar de manifestarse como tales: como pasionales. Y que, a pesar de todos sus empeños, son enseguida descubiertos por esos otros seres, tan diferentes, mucho más perceptivos hacia los fenómenos emocionales, que son las mujeres. Mujeres que en Falk: A Reminiscence, permanecen en todo momento como personajes mudos, aunque omnipresentes y fundamentales para el desarrollo de los acontecimientos: objeto de los desvelos y anhelos masculinos, punto de anclaje de sus inseguridades, interpretantes aptas de las emociones, miedos y deseos que los anegan.

Es, desde luego, el tratamiento de la feminidad la faceta más tópica, más cuestionable, de la narración, demasiado dependiente en este aspecto de la sexista (por esencialista) ideología hegemónica de la época. A pesar de ello, no puede dejar de reconocerse en el relato una lucidísima representación de esa ambigüedad, tan característicamente moderna (y masculina), de ese vaivén entra razones y pasiones, que atenaza -que nos atenaza- a los sujetos contemporáneos: por los temas que trata el relato, pero, sobre todo, por la capacidad de Conrad para poner su demostrada maestría en el empleo de las técnicas narrativas disponibles al servicio de la mostración de lo borrosa que resulta en realidad la distinción entre las unas y las otras.

Por más que una recurrente fantasía nuestra (que los hechos se encargan, una y otra vez, de desmentir) sea la de que siempre somos capaces de distinguir cuándo somos racionales y cuándo nos estamos "dejando arrastrar". Como si hubiese un "adentro" (racional) y un "afuera" (pasional). Como si tanto aquello como esto no formasen parte, ineluctablemente, de nuestra condición, de nuestros procesos mentales, que determinan las decisiones que adoptamos y las acciones que nos conforman como sujetos.


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