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martes, 9 de junio de 2015

Phoenix (Christian Petzold, 2014)


Phoenix viene siendo presentada públicamente como: a) una película acerca de la complicidad y/o responsabilidad de l@s aleman@s corrientes con la persecución antijudía del nazismo; b) una pelicula adscrita en alguna medida al género de la intriga, con una ambientación histórica determinada (al modo, digamos, de The good german -Steven Soderbergh, 2006); y c) con la particularidad -y, hay que suponer, el mérito- de ser obra de un director alemán (que se ha encargado, en sus declaraciones públicas, de abonar este modo de presentación publicitaria de su película).

Si todo esto fuese así, y solamente así, es probable que no mereciera la pena detenerse a contemplar, ni a analizar, esta película. Pues sin duda es cierto, en el más superficial de los sentidos, que la película versa sobre complicidades con el nazismo. Sin embargo, a este respecto, su tratamiento se halla, por superficial, a años luz de la crudeza con la que fue abordado -en el mismo terreno, el de la ficción histórica- por Paul Verhoeven en Zwartboek (=El libro negro, 2006). Como también lo es que insinúa una trama criminal, que, no obstante, apenas puede compararse, en cuanto a su capacidad de sugerencia, a la que presentaba Lars von Trier en Europa (1991).

La cuestión es que Phoenix es, en realidad, también otra película, mucho más interesante, a mi entender. Una película que toma la sustancia menos anecdótica de cierta tradición del cine -y, más en general, de la narrativa- del género criminal (digamos: de Fritz Lang, de Alfred Hitchcock, de Georges Simenon,...) que se ha ocupado de mostrar, y aun de reflexionar, acerca del impacto de las vicisitudes más dramáticas de la existencia humana sobre la identidad de los individuos que se ven abocados a experimentarlas. Que la toma para emplearla en el estudio y consideración de un caso concreto (y extremo), cual es el de la víctima deshumanizada (die Jude, der Untermensch) que pretende recuperar su consideración como persona (reconocida como) humana a través de la recuperación de sus pasados lazos sociales. Y que, para ello, está dispuesta a obviar el hecho, patente, de que muchos de quienes participaban en aquellos lazos llegaron a aceptar, a dar por bueno, el tratamiento, subhumano, que el régimen nazi le había reservado.

Así, lo fascinante de Phoenix resulta ser justamente su tratamiento esencialmente amoral de lo que, habitualmente, en la moralista narrativa hegemónica acerca del tema, aparece como preñado de moralismo, de juicios (y prejuicios). Aquí, la víctima retorna y vuelve a someterse a su antigua pareja, aun no pudiendo desconocer el hecho de su complicidad (por cobardía y omisión, cuando menos) con el tratamiento deshumanizador de que fue objeto. Y lo hace porque reconoce que únicamente ello puede volver a convertirla (tal es su aspiración -¿su ilusión?) en aquello que algún día fue. Porque se niega a vivir ya únicamente como víctima (la "judía perseguida", condenada a volverse sionista o a extraviarse -como la amiga de la protagonista- en pesadillas de odio y desesperanza) y reconoce que, para volver a integrarse como una persona -alemana- mas, tiene que reestablecer su rol social, sus lazos. Su identidad.

Habría, qué duda cabe, mucho que discutir y que reflexionar acerca de los dilemas que se le suscitan a la víctima -y al victimario- cuando de restablecimiento, de reparación, de transición, etc. de la vida en comunidad, después de sucesos históricos traumáticos, se trata. No es éste el momento y el lugar para hacerlo. Pero sí para destacar que, en la sequedad en el tratamiento dramático y visual de una historia tan preñada de significación temática (nada más alejado del cine de Christian Petzold que el fácil recurso al melodrama o la retórica ampulosas, fáciles tentaciones cuando se tratan, como él viene haciendo, "grandes temas"), se suscitan necesariamente, para cualquier espectador(a) inquiet@, inquietantes posibilidades y preguntas... potenciadas, de hecho, por el abrupto -y abierto- final de la trama. ¿Cuál es el sentido, y el futuro, del proyecto de reconstrucción existencial que encara Nelly (Nina Hoss)? ¿Tiene alguna viabilidad, o es mera ilusión? Hacer que estas preguntas resuenen vivamente en nuestras mentes no es menor mérito en lo que, en principio, parecería como una película "menor". Antes al contrario: justamente a eso es a lo que podemos calificar con propiedad de excelencia estética en una obra narrativa; a su capacidad para iluminar y revelar facetas poco transitadas de la experiencia humana.




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