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lunes, 15 de diciembre de 2014

True detective (Nic Pizzolatto, 2014-)


True detective constituye, a mi entender, un ejemplo paradigmático de las tendencias (hiper-)formalistas, y manieristas, en el género cinematográfico criminal contemporáneo: de todas las potencialidades de esta opción estética, pero también de las limitaciones de las que la misma adolece.

En efecto, al menos en su primera temporada, la serie ostenta una trama que puede y debe ser calificada, de una parte, como manida y, de otra, como sensacionalista. Una trama sensacionalista: el recurso a una (¡otra!) trama acerca de serial killers ambientada en un marco propio de lo que se ha dado en llamar American Gothic; es decir, en lo que ha dado en ser considerado equivalente norteamericano de las ambientaciones siniestras del cine de terror más clásico con raigambre en la cultura británica, ahora trasplantado a los ambientes campestres, descritos también como siniestros, de la "Norteamérica rural profunda" (aquí, Louisiana), con sus connotaciones -un tanto racistas y clasistas- de "salvajismo", de ausencia de "civilización".

Y una trama manida. Porque los elementos que la componen forman parte del argumento de innumerables ejemplos de los géneros fantástico y criminal, hasta el punto de haberse convertido en una suerte de (manidos) tópicos temáticos. (Pongamos tan sólo algún ejemplo significativo, en relación con la influencia del American Gothic: entre los thrillers, no sólo Midnight in the garden of good and evil -Clint Eastwood, 1997-, la versión de Bad lieutenant realizada por Werner Herzog en 2009 o Justified -Graham Yost, 2010-, sino, muy señaladamente, acogía buena parte de los elementos del subgénero Twin Peaks -Mark Frost/ David Lynch, 1990-1991-, de evidente influencia sobre diversas facetas de la serie, como apuntaré a continuación. De la tradición de cine y televisión acerca de los asesinos en serie no hace falta siquiera dar ejemplos...)

Y, sin embargo, es claro que el interés de True detective no procede de la parte de la trama más concentrada en la investigación criminal, como tampoco en realidad en el retrato de la white trash (por emplear la expresión, repugnantemente clasista, habitual) de Louisiana. Pues en ambos aspectos la serie carece tanto de interés (apenas apunta nada relevante) cuanto de profundidad (cuando lo apunta, se queda en la mera superficie).

No, el auténtico atractivo de la serie, lo que ha hecho que destaque sobre el montón de producciones (y, especialmente, sobre las que abordan temáticas criminales, muchas veces similares), reside más bien en tres opciones relativas a la formalización de la narración, que producen una potenciación de determinadas connotaciones significativas de la narración audiovisual:

- La primera de dichas decisiones es, obviamente, la de construir dos personajes protagonistas que no sólo contrastan radicalmente por sus caracteres y formas de vida (como es usual en las buddy movies), sino que, además, se convierten en encarnaciones, representativas, de dos de las dos principales opciones existenciales que se presentan al sujeto contemporáneo para integrarse en las sociedades desarrolladas: la plena integración familiar (Marty: Woody Harrelson) y la soledad (Rust: Mathew McConaughey). (Por supuesto, hay otras: compromiso político, vida en comunidad, etc. No obstante, dentro de la ideología hegemónica, que los productos de la industria audiovisual suelen expresar, éstas serian opciones anómalas, "alternativas", infrecuentes, casi impensables, a no ser como "perversión" o "transgresión".)

Todo ello, complementado por un desarrollo dramático que hace que (como es asimismo usual en las buddy movies en las que la serie se inspira) la inicial distancia entre tales opciones existenciales de los personajes se vaya atenuando, a medida que la convivencia y la experiencia vital provocan que sus existencias se aproximen (...hasta un cierto punto, el del desenlace, en el último capítulo de la temporada, en el que -como buena narración conservadora- el orden prevalece, y cada personaje vuelve a ser "quien verdaderamente es").

- En segundo lugar, esta construcción de personajes representativos, simbólicos, dota a sus vicisitudes, así como a la trama criminal que investigan, de connotaciones pretendidamente mucho más trascendentes de las habituales en el género criminal. Hasta el punto de que se puede decir que lo que serie presenta, en definitiva (y lo que la vuelve llamativa desde este punto de vista), es un enfrentamiento entre la Luz (el Bien) y la Oscuridad (el Mal), en la más pura tradición ideológica maniquea. Así, el simbolismo resulta obvio (de hecho, es explícitamente interpretado, también en el último episodio de la temporada, en términos de si está triunfando la luz o está venciendo la oscuridad). Y, con ello, se pretende dotar de especial trascendencia (una trascendencia que en sí misma no posee) a la historia narrada.

- Por fin, la serie cobra su especial atractivo -superficial, cuando menos- también a partir de la decisión de elaborar una estructura dramática que, desde el punto de vista temporal, está fragmentada en tres tiempos distintos, que finalmente se ven unificados, en términos narrativos, no sólo por la persistencia de los personajes protagonistas (y de los rasgos con los que han sido descritos), sino también por la continuación de la investigación criminal. Ello permite al/a espectador(a) obtener la (engañosa) sensación de que ha tenido la oportunidad de conocer un auténtico "fragmento de vida" (ya señalé más arriba que, aunque parece describirse una evolución en ellos,al cabo la impresión termina por revelarse engañosa, ya que cada uno vuelve finalmente a ser quien era).

Trucos, como se puede comprobar, eminentemente formales, con la evidente finalidad de dotar de una pátina de novedad a una trama en principio manida y pueril, para intentar convertirla en una historia dotada de significado relevante. La pregunta, entonces, es si verdaderamente se logra dicha objetivo.

En mi opinión, cabe dudarlo. Pues, en efecto, más allá de lo llamativo que el alarde formal puede resultar en un inicio, lo cierto es que, a poco que se reflexione, se comprenderá fácilmente que, en realidad, la serie no narra nada que posea particular interés. Y ello porque verdaderamente no cabe tomar en serio los apuntes más trascendentes (sobre la desesperación existencial del personaje de Rust, por ejemplo, o los relativos al enfrentamiento, metafísico, entre el bien y el mal), ya que finalmente se quedan en pura exhibición: porque ni los personajes evolucionan, coherentemente, para dar a luz a las consecuencias lógicas de su supuesta desesperación, ni es posible creer seriamente que la interpretación maniquea de la lucha de ambos policías contra los asesinos de menores que persiguen tenga viso alguno de plausibilidad.

De este modo, de lo que estamos hablando realmente es de un producto audiovisual diseñado específicamente para dotarse de un aura (de trascendencia) extraordinaria, que lo haga diferenciarse -a efectos de mercado- del común de las producciones audiovisuales del género criminal. Pero que, más allá de tal "imagen (audiovisual, formal) de marca", resulta incapaz de decirnos nada relevante sobre la realidad, de revelarnos algo: seguiremos, pues, después de ver True detective, hundidos en el cenagal de la mitología sobre asesinos en serie, sobre el "salvajismo" del proletariado rural norteamericano, sobre el necesario triunfo del orden (social, expresado en la coerción policial y del sistema penal) sobre las pulsiones y deseos, sobre la necesidad de renunciar a cualquier desesperación existencial(ista) consecuente e integrarse del modo normal(izado),... Seguiremos, en fin, anegados de ideología.

No es éste, no debería ser, el sentido de una narración audiovisual que se pretende "de calidad", por muy entretenido que resulte. Si por calidad, claro está, entendemos algo más que una cuestión de segmentación del mercado y de l@s consumidor@s: si estuviésemos hablando de calidad estética.




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