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jueves, 10 de marzo de 2011

Sobre Béla Tarr y sobre el manierismo cinematográfico: preguntas y reticencias


He estado estos últimos tiempos viendo algunas de las películas que ha dirigido el director húngaro Béla Tarr. Por supuesto, como a cualquier espectador(a), lo primero que llama la atención en las mismas es su desbocado formalismo: la fotografía en blanco y negro, la luz contrastada, la cuidada composición de los planos, los ceremoniosos movimientos de cámara; actores escasamente expresivos, diálogos escuetos; la (relativa) oscuridad de los argumentos; la omnipresencia de la música (en parte diegética y en parte extradiegética)…

Es claro que el cine de Béla Tarr se juega ante todo en las formas: la sustancia de la historia es presentada mediante unas formas visuales tan prominentes para el/la espectador(a) que resulta prácticamente imposible atender a la misma con primacía. El formalismo es, pues, su encanto. O su condena.

Y es que la estilística del formalismo, en verdad, resulta en extremo arriesgada. En efecto, cuando se trata de una narración (cuando no nos hallamos ante cine abstracto, o puramente experimental), la estrategia formalista ha de consistir en revelar mejor lo narrado a través de formas, distanciadas de las convencionales, que resulten más expresivas que estas. Tal es, por ejemplo, la apuesta de Jean-Luc Godard o de Michelangelo Antonioni, de Theo Angelopoulos o de David Lynch.

Y, sin embargo… Sin embargo, me pregunto si en realidad la estrategia funciona efectivamente, en el caso de Béla Tarr. Sin duda, sus películas son bellas, pero, ¿resultan reveladoras? Cabe dudarlo. En este sentido, tal vez A Londoni férfi (El hombre de Londres) constituya una prueba palpable: un clásico argumento de Georges Simenon (con sus elementos de fatalismo, sinsentido, ridículo y tragedia) es expuesto a través de las claves estilísticas prototípicas de Tarr. El resultado es –al menos, para este espectador- el distanciamiento: carente de cualquier identificación con el protagonista de la historia narrada (identificación que no sólo está presente en el cine clásico, sino también en las novelas de Simenon –al menos, en las que no protagoniza el comisario Maigret), la historia transcurre ante mí y finaliza como una historia más, tópicamente noir. Nada he visto en la película que no haya visto expresada ya, antes y mejor. Y, por desgracia, tanto más podría decir de sus otras películas: antes que formalizaciones (al cabo, lo que todo arte hace con una historia narrada) parecerían puro esteticismo…

Es cierto que la frontera entre lo barroco y lo meramente manierista resulta lábil. Creo, no obstante, que en la diferenciación, además de cuestiones puramente formales, también hay otras de fondo implicadas. Comprendo lo que directores formalistas como Jacques Rivette o Andrei Tarkovsky pretenden transmitir.

¿Qué nos quiere decir Béla Tarr? Tal vez sea insensibilidad o falta de percepción por mi parte, pero… ¿Tan sólo lo melancólico y lo impotente –y lo ridículo- de la existencia humana? Escaso bagaje, para tan largos instrumentos estéticos. ¿No hay nada más?



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