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viernes, 15 de agosto de 2014

Sergeant York (Howard Hawks, 1941)


Cuando de cine perteneciente -en alguna medida- al género bélico se trata, resulta difícil hallar variaciones relevantes entre sus distintos ejemplares, que suelen bascular entre tres vértices: la exaltación épica (casi siempre con componentes ideológicos chovinistas), el drama trágico, individual o grupal (generalmente, con un mensaje humanista -más rara vez, político radical) o la aventura pura y simple; o se ubica, en todo caso, en algún punto intermedio entre dichos tres vértices. (Más recientemente, aunque con el ilustre, pero aislado, precedente de algunas películas de Charles Chaplin, la comedia -muchas veces, aunque no siempre, con un tono irreverente- ha penetrado también en el tratamiento del tema bélico. Pero es ésta una tendencia mucho más moderna...)

Sea como sea, para hallar, en el cine clásico, ejemplares de cine bélico que se separen de las opciones acabadas de exponer, hay que recurrir a algunas rarezas de los más grandes maestros. Ahora mismo se me ocurre el notable caso de John Ford y They were expendable (pero también, como comenté en otra ocasión, en The battle of Midway). Y, por supuesto, el de Howard Hawks y Sergeant York.

En efecto, la trama de Sergeant York (el modo en que un campesino pobre adquiere responsabilidad: primero, para con su familia y, luego, para con "su patria") resulta evidentemente idónea para perpetrar una narración épica y moralista. (Seguramente, tal era la voluntad originaria de la productora, al decidir la realización de la película.) Y, sin embargo, el trabajo que sobre el guión original realizó John Huston (según cuenta Quim Casas en su monografía sobre Hawks) y, luego, la manera en que el director lo pone en forma audiovisual hacen que la película se distancie radicalmente de dicho enfoque posible, y aun esperado.

Obsérvese que no es que la película de Hawks se distancie del enfoque épico para aproximarse a cualquiera de los otros vértices del triángulo: no es Sergeant York, desde luego, una película aventurera (al modo en que, por ejemplo, lo son las películas bélicas de Raoul Walsh); pero tampoco es ningún drama humanista, antibelicista (o, menos aún, político). Lo que Hawks hace es otra cosa: convertir la trama narrada en una peripecia estrictamente individual (como decía más arriba, la de la maduración, y plena integración social, de un varón pobre, que acaba por abandonar sus "vicios" -costumbres no aceptadas socialmente- y buscar el modo de ser reconocido como ciudadano -como ciudadano pobre, claro). Y, en tanto que aventura puramente individual, mantener el tono de la narración en un punto equilibrado de ambivalencia, entre lo épico (humildemente épico: hablamos de un individuo, no de entelequias culturales, más propicias a la épica), lo lírico y lo cómico.

De este modo, Sergeant York es una película bélica que no lo parece. Y no lo parece, justamente porque (aunque se corresponda, desde un punto de vista temático) en realidad no lo es: porque la guerra es sólo un trasfondo, no para el héroe (figura, al fin y al cabo, artificiosa, construida), sino para el individuo, que intenta desenvolver su proyecto de vida manejándose, y siendo zarandeado también, por las circunstancias sociohistóricas.

En una película de Howard Hawks hay que esperar esto. Y hay que esperar también que los personajes cobren máxima relevancia, y que el tratamiento de los mismos preserve en todo momento (¡hasta en los más ridículos!) su dignidad. Conociendo el cine del director, hay que esperarlo, es cierto. Pero, a pesar de ello, no puede dejar de destacarse -por infrecuente- esa capacidad de poner, siempre y en todo momento, al individuo (a los personajes) como auténticos protagonistas de la narración, también en un género, como el bélico, tan propenso a convertirlos en meras encarnaciones. En marionetas, en suma, sea con buenos (de denuncia antimilitarista) o malos (de propaganda chovinista) fines.

Y es que, a mi entender, es éste el cine político que en realidad más estamos necesitando: uno que no renuncie a retratar la individualidad (la realidad, en suma), que reniegue de esquematismos. En verdad, no importa tanto el "mensaje" (¿quién necesita que los productores de una película piensen por él?), sino la capacidad de la narración para aproximarse, sin falsas mediaciones, a esa realidad, la única: la del individuo, actuando (y siendo manejado) en su contexto social.




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