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martes, 22 de enero de 2013

Django unchained (Quentin Tarantino, 2012)


Hubo un tiempo en el que, en el cine europeo (en el italiano, en particular), el género del western tomó carta de naturaleza ("euro-western" o "spaghetti western", se denominó al subgénero). Entre otras características, una de las más reseñables fue la de construir tramas que pretendían desencantar y desmitificar los viejos tópicos -tanto temáticos como formales- del género (las viejas, y entrañables, mentiras de las películas de Ford, Walsh, Hawks, Hathaway...). Y, en este contexto, una corriente importante del euro-western se concentró en presentar narraciones con tramas dotadas de un sustrato que, desde el punto de vista político, resultaba claramente izquierdista. La lucha de clases hizo, así, presencia explícita en el Far West: historias sobre terratenientes, explotación y opresión, y sobre rebeliones y revoluciones, están incluidas en una parte significativa de los guiones. (No sólo en el cine europeo: en el norteamericano, un director tan personal como Sam Peckinpah siguió una línea aproximadamente semejante.)

Desde el punto de vista estético, la valoración que esta tendencia, a someter los guiones del género a los puntos de vista de la izquierda acerca de la realidad social y de la historia, merece no puede ser más que ambivalente. Pues, de una parte, es obvio que hacía falta tanto una desmitificación de la ideología imperialista de la "frontera" (ideología que, por otra parte, ya toda una línea muy diferente de directores, nortemericanos, que va desde -pongamos- Arthur Penn hasta Michael Cimino, han venido poniendo en cuestión en sus películas) como el cuestionamiento de las convenciones formales del género, un tanto anquilosadas. Por otra parte, sin embargo, parece claro que el marco del "euro-western" presentaba muy serias limitaciones para cualquier profundización en la temática histórico-social que se pretendía mostrar: el sometimiento -en último extremo, siempre presente- a las convenciones del género y la aspiración a permanecer dentro de la "cultura popular" (vale decir, de la industria cultural) hacían imposible cualquier veleidad que fuese más allá de presentar héroes populares y revolucionarios y terratenientes bellacos y explotadores.

De este modo, el "euro-western" político (izquierdista) de los años sesenta y setenta del siglo pasado pareció más una forma de sublimación, a través de la visualización de la violencia, de las frustraciones que (tanto artistas como público) experimentaban en la realidad (vencer en la ficción a las fuerzas que, en la realidad material, parecían invencibles, como el reflujo del sesenta y ocho -las fechas de producción de las películas no resultan casuales- venía a indicar) que un cine político que valiese verdaderamente la pena. O, en otras palabras: sus películas valían y valen más, según creo, como obras de género que como obras políticas.

Viene todo esto a cuento por causa de la decisión de Quentin Tarantino de tomar del subgénero que vengo comentando las bases temáticas y dramáticas (sobre los aspectos puramente formales volveré luego) de su última pelìcula, Django unchained. Inspirada explícitamente en el personaje de la película Django (Sergio Corbucci, 1966), Django unchained es -otra vez- una historia de venganza. Pero no de cualquier venganza, sino de una a la que le puede ser atribuido algún sentido político: la venganza de un antiguo esclavo contra sus antiguos amos y capataces y su esfuerzo por recuperar a su esposa, maltratada y vendida. Y, por el camino, diversas escenas de violencia y crueldad en el trato de los esclavos son mostradas (con un villano ejemplar, encarnado por Leonardo Di Caprio) ... como pretendida justificación de la violencia que Django (Jamie Foxx) "se verá obligado a emplear", para lograr su liberación y la de su esposa.

Se comprenderá, sin embargo, que esta forma de mostrarnos la violencia (de unos y de otros) no es sino el equivalente -"progresista"- de las simplezas (igual de) ideologizadas del cine "de justicieros" (Death wish y todas sus secuelas e imitaciones). Y, como estas, no pueden ser tomadas por su valor aparente, sino como meras coartadas morales para una representación espectacular de la violencia. Que es de lo que se trata, en realidad:  más interesantes, entonces, por los fantasmas ideológicos (de sus creadores y de la sociedad -la actual- en la que viven) que vienen a representar, que por su capacidad para decirnos nada importante acerca de las relaciones de explotación y opresión que aparentan describir. (¿Qué podríamos aprender acerca del esclavismo viendo la película de Tarantino? Nada, por supuesto...)

Y, luego, está el "toque Tarantino". Es decir, su sentido de lo grotesco y su -al parecer- irresistible necesidad de mostrar escenas espectacularmente violentas y, al tiempo, completamente ridículas. O, de otro modo: de hacernos reír con el horror.

Todo ello, empleando al máximo (y esto creo que ha de serle reconocido en cualquier caso) todas las posibilidades de composición visual "brillante" y "espectacular" que el cine contemporáneo (y, muy especialmente, el actioner contemporáneo) han desarrollado. De manera que, frente a las ingenuas -por comparación- formas de enfatizar las imágenes que emplearon en su días los directores del euro-western, Tarantino es capaz de hacernos penetrar visualmente en sus escenas de violencia de un modo extraordinario.

Much@s son quienes, con vocación de inquisidores, condenan esta "espectacularización (inmoral) de la violencia". Imagino que son l@s mism@s que, desde que el mundo es mundo y el arte es arte, vienen declinando la posibilidad de que la comedia tengan algo que revelarnos y siguen reclamando que la risa se sujete a las convenciones del "buen gusto".  Se trata de una batalla moralista que creo que es de muy poco interés. Más relevante me parece reflexionar acerca de cómo estas formas visuales de Tarantino se adecuan mejor a su caracterización como cine (al cabo) popular y con aspiración de éxito comercial, en el que la política opera más como una coartada: frente a los críticos (que pueden encontrar así algo que "salvar" -desde su perspectiva pretendidamente elitista- en películas tan obviamente banales); pero también frente a l@s espectador@s, a los que se invita, a través del "mensaje político", a identificarse emocionalmente con mayor intensidad con los personajes protagonistas, incluso cuando actúan del modo más cruel y desaforado.




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