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jueves, 20 de diciembre de 2012

Libre te quiero (Basilio Martín Patino, 2012): mirando hacia atrás, pero avanzando al tiempo


1. La emoción

Confieso que, cuando, hace unos días, estuve viendo Libre te quiero, tuve que esforzarme bastante en mantener mi emoción bajo control. Al fin y al cabo, no todos los días contempla uno en la gran pantalla un retazo de su propia biografía (reciente), puesto en imágenes: aquí, la participación en las movilizaciones del verano del año 2011, en torno a lo que se ha dado en llamar "Movimiento 15-M". Emocionante, pues, es un término que no dudo en emplear para calificar a las imágenes contenidas en la película. Y, sin embargo...

2. La película

Sin embargo, creo preciso distinguir entre las imágenes ("documentales") de las que la película está compuesta y la película misma, como obra, total e integral, que pretende poseer una naturaleza artística. Pues, en este último sentido, he de admitir igualmente que, prescindiendo de sentimientos personales, Libre te quiero constituye una dudosa aportación, al "arte del 15-M"; al arte revolucionario, en suma. Y ello, tanto en el plano estético como en el plano político.

En el plano estético: porque la compilación de imágenes y su montaje renuncia de cualquier intencionalidad (apreciable), de (re-)construir un acontecimiento (histórico). A este respecto, acaso tan sólo podría deducirse del visionado de la película un cierto sentimiento -genérico, indeterminado- de "felicidad": la calle como lugar de la felicidad (de la ciudadanía, que intenta compartir emociones, vivencias y experiencias sociopolíticas). Pero la transmisión de este sentimiento resulta, a mi entender, notoriamente insuficiente.

La cuestión, seguramente, tiene que ver con la estética del cine documental que se sostenga. Si se aceptan, en efecto, los presupuestos del naturalismo, entonces "poner la cámara" (al modo del espejo al borde del camino, evocado por Stendhal) delante de los acontecimientos es ya suficiente. No obstante, me parece difícil concordar con tal ingenuidad estética: hacer cine documental es siempre, necesariamente (se reconozca expresamente o no), llevar a cabo una construcción; del acontecimiento, de su dinámica, de su presencia. Y, desde este punto de vista, la película de Basilio Martín Patino peca notoriamente, a mi entender, de un insuficiente esfuerzo constructivo: las imágenes resultan fragmentarias, insuficientemente significativas, montadas sin atender a una tensión que nos permitan aprehender cierta "verdad" (tómese el término con todas las comillas del mundo, hablamos, en último extremo, tan sólo de arte), a partir de ellas.

Pondré un ejemplo de lo que quiero decir: una buen parte del metraje de la película consiste en escenas de celebración, en las que l@s ciudadan@s que participaron -participamos- en las movilizaciones callejeras se mueven, bailan, cantan, gritan,... Y, sin embargo, resulta difícil extraer de dichas escenas algo más que una (vaga) sensación de la ya mencionada alegría. Poco, muy poco: al menos, teniendo en cuenta lo que las movilizaciones posteriores al 15 de mayo de 2011 significaron en su momento, en la vida social, cultural y política del momento (y, por supuesto, también con posterioridad).

En el fondo, quizá mi reproche a Martín Patino es haberse revelado incapaz (o, tal vez, no haber querido) realizar una película más política, en todo el sentido, temático y formal, de la expresión. Pues, por supuesto, si algo ha caracterizado al Movimiento 15-M desde un comienzo ha sido su carácter orgullosamente político (aunque pretendiese serlo de un modo distinto del más tradicional). Y ello, sin embargo, se diluye, casi hasta la invisibilidad, en la película: por aquello que se narra (escenas de mera expresividad sin un sentido evidente) y por cómo se narra (con una concatenación casual -aparentemente, al menos- de tales escenas).

Es en este sentido en el que me parece que nos hallamos ante una película fallida (con independencia de que a quienes hemos estado tan cerca del 15-M nos resulte simpática): difícilmente permite conocer algo acerca del movimiento (especialmente: a quien no haya participado directamente en los acontecimientos y sea, por lo tanto, incapaz de identificar las referencias históricas pertinentes) que no se conociese con carácter previo.

No hay, pues, ningún género de revelación, que debería ser lo propio del buen arte: aquí, del arte narrativo (cinematográfico), que debería habernos aportado -como todo arte narrativo- revelaciones pertinentes acerca de la forma en la que las acciones, acontecimientos y personajes en torno al 15-M produjeron una nueva realidad (social).

3. La política

"Cómo hemos cambiado desde entonces...". Fue ésta mi primera reacción. Porque, ciertamente, me costaba reconocerme, y reconocernos, en las imágenes alegres (hasta en los momentos de represión policial, que daba ya sus primeros coletazos) que predominan en la película y que -en esto sí- son fieles a las emociones que recorrían las plazas: estábamos indignad@s, sí, pero también alegres.

Año y medio después, es evidente que las cosas han cambiado: estamos más tens@s, menos animad@s. Aun quienes apretamos los labios y seguimos adelante. Y, desde luego, muchas personas que ocuparon las plazas se han ido a sus casas (o a algún sitio peor...). Desilusionadas.

No es difícil explicarlo, me parece. Las movilizaciones en torno al 15-M y de todo aquel verano de 2011 vinieron a constituir -como ya en su momento señalé- un proceso (en parte inducido y en parte espontáneo) de empoderamiento. De empoderamiento de una parte de la ciudadanía, aquella que podría ser calificada de "clase media" (con todas las reservas ante el uso de este expresión poco rigurosa e ideológica, que evoca, no obstante, trabajos estables y relativamente bien pagados, elevado nivel educativo, una determinada forma de cultura -patrones de consumo, valores, etc.). Proceso liderado por un cierto sector, generacionalmente marcado, de la misma: su parte más joven.

Dicho proceso de empoderamiento (de recuperación de espacios de poder social) se tradujo en el enfrentamiento, en la praxis y en los discursos, con las instituciones políticas del régimen. Instituciones asentadas en una praxis más autoritaria (de ahí, por ejemplo, los conflictos por el uso del espacio público) y unos discursos despolitizadores. Y que, precisamente por ello, fueron puestas en cuestión, en el marco de dicho proceso.

Como también señalé entonces, este proceso de empoderamiento, positivo en esencia para una perspectiva emancipadora (puesto que es preferible tener sectores ciudadanos que sean políticamente conscientes que otros que operen políticamente como una "opinión pública" domesticada y un@s votantes rutinari@s), tenía entonces como carencia fundamental la falta de una justa distribución generalizada del poder recuperado por aquella parte de la ciudadanía: ni trabajador@s manuales ni inmigrantes ni campesin@s ni "amas de casa" -por poner cuatro ejemplos señalados- formaron parte de un modo relevante del movimiento, ni del proceso de empoderamiento. (Desde entonces, algunos pasos se han dado, dentro del movimiento, para intentar corregir esta carencia, aunque no mucho se haya alcanzado, en el plano de la praxis, aunque sí en el de los discursos, mucho más atentos a la diversidad actualmente.)

Pero también indiqué, algo más tarde, otra limitación del discurso inicialmente predominante en el Movimiento 15-M, el ciudadanismo. Y es que la misma orillaba la cuestión (siempre conflictiva, en la tradición emancipatoria) del poder: de cómo el poder social está presente, de un modo capilar, a lo largo de toda la estructura de la sociedad. Y de cómo, por ello, no es adecuado, en términos descriptivos (cuestión diferente es el uso retórico y propagandístico), presuponer una división entre "el pueblo" (ese mítico "99%") y "la élite" (ese también mítico "1%"); ni resulta inteligente, desde el punto de vista estratégico, elaborar planes de acción política a partir de dicha presuposición. Porque, en realidad, la élite (que, es indudable, existe, y domina) está presente en el pueblo: a través de su poder, de inducir comportamientos entre much@s de (¿entre tod@s?) l@s ciudadan@s. Mediante la influencia en sus ideas, mediante el adiestramiento, mediante la disciplina, mediante la coerción, mediante la represión,...

Esto es ya cosa sabida, en las ciencias sociales y en la tradición de la izquierda emancipatoria (que ha tenido que afrontar muchas veces con el hecho cierto de su impotencia, debido a su carencia de poder). Y el Movimiento 15-M ha tenido que aprenderlo, a marchas forzadas, del modo más amargo: es lo cierto que buena parte de la ciudadanía nunca ha compartido los valores progresistas del movimiento. Y que una parte mucho más amplia nunca ha confiado en el activismo y en la lucha en la calle como forma de obtener cambios.

Más todavía: de aquella parte que sí que confiaba (l@s que llenamos las plazas en 2011), una parte significativa se ha tenido que enfrentarse con su propia impotencia. Esto es, con su incapacidad de oponer su cuerpo y su voluntad a los poderes sociales. Llámense estos: amenaza de despido, posibilidad de represión policial, dedicación del tiempo (en el caso de las mujeres, sobre todo, pero también de varones "con responsabilidades familiares") a trabajos de cuidados y/o a obtener ingresos para la comunidad familiar, dificultad para compatibilizar activismo con estudios, trabajo y patrones de ocio consolidados. Y, así, gran parte de las personas que estuvieron en las plazas en el verano de 2011, hoy están en sus casas: indignadas, tristes, asustadas... La combinación de emociones varía, según personas y momentos. Mas el efecto es semejante: la desmovilización.

Hoy, en las calles, ya no somos "ciudadan@s" reclamando nuestra condición, frente a las instituciones. (Ya no aparecemos como tales.) Somos, más bien, estudiantes, educador@s, emplead@s públic@s, miner@s, etc., defendiendo los intereses legítimos de nuestra posición (con la comprensión -mayor o menor, según los casos- del resto de la sociedad). O somos activistas "para todo", participando, hasta el límite de nuestras fuerzas, en cada una de las movilizaciones, e intentando promover la coherencia e -idealmente- la unidad entre ellas.

Sugiero que forma parte de la maduración de las movilizaciones y del proceso de empoderamiento (y de ahí el apoyo que merecen, en mi opinión, iniciativas desobedientes como -entre otras- las de la Coordinadora #25S) ser capaces de reconfigurar la presencia pública de las protestas, para que vuelvan a aparecer como protestas globales. Pero ahora ya no como meras "protestas ciudadanas" (ciudadan@s quejándose, para ser escuchad@s por las instituciones políticas -como era previsible, esto se ha demostrado imposible de gestionar por parte del sistema político). Sino, en cambio, como protestas revolucionarias (en el sentido más modesto de la expresión): como protestas, primero, que se enfrentan con los poderes sociales, para sustraerles su capacidad de movilización de parte de la ciudadanía especialmente sometida a los mismos; y que, para ello, apuesta por cambiar las instituciones políticas (el sistema político), con el fin de quebrar también su dependencia de tales poderes sociales.

Esto es lo que necesitamos. Cuestión distinta es si resulta posible obtenerlo. Pues no cabe engañarse, el discurso de la revolución es difícil de vender a aquell@s más sometid@s a los poderes sociales, con menos margen para tomar decisiones libres. Por razones comprensibles: el miedo, la pobreza, la sumisión, la dominación, hacen estragos. Y, como no se trata, de crear una secta de revolucionarios, sino de apostar en todo momento por la inclusividad (ésta es una de las grandes enseñanzas del Movimiento 15-M), existen relevantes probabilidades de fracaso en el empeño.

Pese a todo, si lo que iniciamos en la primavera de 2011 debe continuar hoy, éste será el camino. ¿Posible? No lo sabemos, pero habrá que intentarlo al menos.




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