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viernes, 9 de noviembre de 2018

Zimna wojna (=Guerra fría) (Pawel Pawlikowski, 2018)


Para los personajes de esta segunda carrera cinematográfica que, ya en su país, ha emprendido Pawel Pawlikowski, la guerra, los acaecimientos históricos, no son nunca únicamente eventos externos, sino que aparecen siempre como parte irreemplazable de su psiquismo: la guerra está, pues (aquí, esa guerra fría a la que hace referencia el título de la película), también dentro de ellos.

Y, en efecto, así sucede: Zimna wojna narra, en realidad, la historia de una guerra interior, de una guerra civil interna, que tiene lugar dentro del psiquismo de sus dos personajes protagonistas. Para ellos, ni el comunismo ni el capitalismo, ni las escuetas oportunidades que las vida les va deparando, para consolidar su relación amorosa y su pareja, son otra cosa que fantasmas que habitan también en su interior. De manera que jamás serán capaces de huir de ellos, por mucha distancia que pongan de por medio entre ellos y sus miedos.

De este modo, Zimna wojna es la historia de una autodestrucción: de la imposibilidad para preservar la propia identidad en un contexto sociopolítico en el que lo que uno es y lo que pretende ser, y lo que le es permitido ser, apenas tienen elementos en común, que permitan a uno mismo reconocerse como sujeto.

Así, ni Zula (Joanna Kulig) ni Wiktor (Tomasz Kot) nunca aceptan y ejercen plenamente el papel que en cada momento les es socialmente asignado: ni disidentes ni colaboracionistas, ni exiliados ni traidores, ni artistas ni funcionarios de la cultura,... La única salida, al cabo, para ell@s parece estribar en la desaparición...

Todo lo cual es narrado por Pawlikowski a través de sus características (¡y bellísimos!) planos, en los que la composición aísla a los personajes sobre un fondo natural (o social) grandioso y dominador.  Con una nitidez de imagen cinematográfica admirable, para mostrar la mayor de las desolaciones humanas que quepa imaginar. Con el apoyo constante, una vez más, de la música diegética, expresando y señalando a aquellas emociones que los propios personajes apenas osan reconocer como suyas, atemorizados de ser (de no ser) aquello que esperaban: el folklore como paraíso perdido, la música conmemorativa como lugar de reposo, el jazz como distracción, la chanson como tentación de desviación y de pérdida,... y la fiesta repleta de un pop kitsch e impostado como única "salida" (falsa e imposible, como el hermoso y aterrador final de la película demuestra) que las estructuras de poder sociocultural realmente permiten.

Aceptar la propia derrota, renunciar a la potencialidad. Sobrevivir, callar. La desaparición como mejor alternativa de futuro. La desolación como sentimiento persistente y prominente.




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