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lunes, 10 de enero de 2011

"Los condenados", de Isaki Lacuesta


Isaki Lacuesta afronta en esa película, por primera vez, una trama narrativa plenamente de ficción (aun cuando fuertemente apegada a la realidad): los rastros de -lo que podríamos llamar- la "memoria histórica"; aquí, de la lucha armada en América Latina en los años setenta, y de su represión, a través de gravísimas y masivas violaciones de derechos humanos, por parte de las dictaduras militares.

Lógicamente, es posible contemplar esta película -como cualquiera, en realidad- desde muy distintos puntos de vista. Cuando menos: como una historia de ficción más; como un discurso (formalizado, a través del medio audiovisual) acerca del tema que explora; o bien como otro ensayo en la trayectoria seguida por Lacuesta (Cravan vs. Cravan, La leyenda del tiempo) de combinación entre cine y realidad. En mi opinión, tan sólo desde esta última perspectiva tiene la película algún interés, resultando un tanto decepcionante desde las otras dos.

En efecto, es claro que la película se ajusta mal (por sus orígenes -en otros previos proyectos fracasados-, pero también por sus resultados) a los requisitos de la prototípica historia de ficción: los personajes resultan bastante estereotipados, al igual que sus motivaciones y sus relaciones. En otros términos: debido a estas características, el/la espectador(a) no obtiene ningún conocimiento relevante de la contemplación de la película. En este sentido, la misma me parece fallida.

Si pasamos, a continuación a la profundización sobre el tema, he de manifestar nuevamente mi decepción: si la visión de la lucha armada, de sus causas y de sus consecuencias (sobre los propios activistas, sobre sus familias, sobre sus hijos e hijas... ¿sobre la sociedad?), que puede aportar una artista joven es únicamente de la superficialidad que aparece en la película, verdaderamente hay poco que aprender y que empezar a pensar, tras la visión de esta película. En este sentido, me parece que un rasgo capital (acaso signo de los tiempos...), que determina las limitaciones de las que, desde este punto de vista, adolece la obra, es la decisión de concentrar la trama exclusivamente en los sentimientos individuales de los personajes, dejando prácticamente de lado -más allá de ligerísimas referencias- sus ideas, sus razones, sus identidades, sus compromisos, sus historias. En efecto, únicamente podemos intentar comprender, contemplando la película, qué es lo que sienten un@s activistas armad@s derrotad@s, que en muchos casos sufrieron además la durísima represión del Estado; y qué sienten (incomprensión, hartazgo, curiosidad,...) la generación posterior. Sin embargo, toda esa exposición de sentimientos aparece completamente desconectada de cualquier otro factor (como decía antes: razones, ideas, identidades, experiencias, historias). De manera que somos incapaces de ir más allá del superficial sentimentalismo, que tanto aqueja al cine actual (al más convencional... pero, al parecer, no sólo a él): tenemos a personajes que expresan sus emociones; y se supone que ello ha de ser muy importante para nosotr@s. Sin embargo, en tanto que espectador, yo me niego a entrar en la trampa: las emociones son importantes en la medida en que se conectan con otros elementos de la existencia; por sí solas, resultan esencialmente fútiles. Más aún, cuando existe detrás un trasfondo explícitamente político (que, desde luego, no puede ser comprendido solamente a través de las emociones -en este sentido, la película resulta, en términos políticos, pueril).

Por fin, no obstante, la película vuelve a ensayar una (otra) forma de conexión entre cine y realidad. Aquí, en torno a una historia intencionadamente mínima, los actores interactúan en un entorno casi cerrado Y la cámara deja espacio a cada uno de los personajes su momento para la expresión. Sin cerrar posibilidades. Aun cuando apostando por una puesta en imágenes un tanto teatral, dada la sucesión de monólogos. (No en vano en algunas críticas se ha evocado al Albert Camus de Les justes. Yo recordaría, quizá más apropiadamente -no por razón del tema, mas sí por la de la metodología dramática empleada-,  al teatro de Anton Chejov.)

En todo caso, un magro resultado estético, a mi entender, muy distante de lo que se podía esperar -yo, al menos, así lo hacía.


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