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viernes, 14 de febrero de 2014

Dispongo de barcos (Juan Cavestany, 2010)


Confieso que, cuando el otro día vi Dispongo de barcos, quedé más bien perplejo. No tanto por sus recursos formales (su evidente aspecto visual "casero", aspecto derivado de la textura de vídeo que poseen sus imágenes, así como de la "imperfección" de la iluminación, de la forma de componer los planos y de los modos en los que los movimientos de cámara tienen lugar), cuanto por una narratividad -evidente, por lo demás- que, sin embargo, resulta tan extremadamente fragmentaria, ínfima e "incoherente"... desde el punto de vista de las convenciones habituales del cine narrativo.

Leyendo, más tarde, comentarios críticos acerca de la película, he anotado numerosas referencias al universo fílmico de David Lynch: suele aducirse, en efecto, que el habitual tránsito de las películas del director norteamericano por espacios antes mentales que físicos tendría su correspondencia en las absurdas tribulaciones de los personajes de Dispongo de barcos. Y se cita, así, como referencia directa Inland Empire, como la obra de Lynch más semejante, en cuanto al mundo narrativo que retrata.

No estoy seguro, no obstante, de que sea ésta una pista cierta (o, si se quiere: la más fructífera de entre las posibles) para aproximarse a la película de Juan Cavestany. Para hallar el hilo, el mejor de los disponibles, para adentrarnos en el laberinto que es la historia narrada en Dispongo de barcos, yo, al menos, lo que me he preguntado era: (más allá de los recursos formales "caseros", fruto de una evidente combinación de necesidad y de vocación -verdaderamente- independiente) ¿qué es lo que podría estarnos contando la película?

Y, cuando he intentado responder a la pregunta, enseguida mi imaginación se ha desplazado hacia una referencia que creo bastante más pertinente: me refiero, claro está, al teatro (a una parte significativa del mismo), pero también a la narrativa, de Samuel Beckett.

Aquí, en efecto, tenemos a cuatro personajes protagonistas sumidos en un tráfago constante de acciones. Mas acciones banales y que parecen no poseer ningún "sentido". Que se enredan en diálogos también absurdos. Y que, al cabo, pergeñan un plan de acción con tan poco entusiasmo, tan vago y acometido, luego, de manera tan displicente que cabe dudar sobre "lo que verdaderamente persiguen". O, más bien, acerca de si en verdad hay algo que están persiguiendo realmente.

De este modo, me parece que la historia narrada por Cavestany no trata tanto de universos mentales cuanto de inanidad. Esto es: más que  (como ocurre en las películas de Lynch) de imaginación y fantasía, de carencia de objetivos y de sentido, de búsqueda inacabable por parte de personajes desesperados, mas incansables, en su persecución... de algo que no existe.

Cine del absurdo, pues: en su más cruda -también en el plano formal- y paladina expresión.





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