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lunes, 6 de mayo de 2013

Tiqqun: Introducción a la guerra civil


Introducción a la guerra civil (traducido en Melusina, 2008) viene a constituir una recopilación de la mayor parte de los tópicos del pensamiento político libertario. (Advierto ya: aunque la publicación proceda de la extrema izquierda, sus ideas valen en buena medida tanto para el libertarismo de izquierdas como para el de derechas.) Carece, pienso, de cualquier pretensión de originalidad, puesto que bebe abiertamente de fuentes intelectuales tales como el pensamiento anarquista, Carl Schmitt, Michel Foucault o Antonio Negri (a pesar de que, por lo que hace a sus posicionamientos políticos, sea criticado acerbamente), sin aportar mucho a lo que tales pensadores y tradiciones han elaborado, acerca del concepto y características de la dominación política, tema central de reflexión del volumen.


Y, en tanto que compilación de tópicos libertarios, lo expuesto en el libro tiene todas las virtudes y todos los defectos que suelen aquejar a dicho pensamiento. Por una parte, es digno de elogio el esfuerzo por destacar, como se hace en esta obra, la manera en la que el Estado, que intenta presentarse (en la ideología liberal) como una suerte de "máquina neutral", en su relación con "la sociedad", en realidad es más bien una máquina de dominación que, a través de la policía y de la propaganda, normaliza a la población, quiebra comunidades y reprime formas de vida. Y cómo, entonces, en el sustrato de toda sociedad existe (como viera lúcidamente Carl Schmitt) una suerte de guerra civil, más o menos larvada, entre diferentes formas de vida, que pretenden imponerse las unas sobre las otras, y entre las que no puede existir -por razones existenciales- sino hostilidad. En este sentido, el papel (pretendidamente) mediador del Estado es antes un mito que una realidad: puesto que la dominación política, por definición, implica necesariamente una actividad de imposición, de normalización: una práctica de poder, en suma.

Por otra parte, el colectivo Tiqqun intenta apuntar la forma en la que la respuesta estatal a los desafíos de la dominación política estaría fracasando ante los desafíos de los tiempos contemporáneos. En la línea de tantos otros pensadores de la globalización, sugieren también ellos que la forma política estado está siendo sustituida -en parte, al menos- por una forma "imperio", en la que las prácticas de poder que intentan asegurar la dominación política cambiarían: frente a los modos propios de la soberanía estatal, que no acepta desafíos frontales e intenta destruirlos, las maneras "imperiales" tendrían más que ver con las ideas de biopolítica, de normalización y de control de riesgos. Ello conduciría a prácticas de poder político más difusas (que no necesariamente menos opresivas: Guantánamo constituiría un ejemplo de que no tiene por qué ser así). Nuevamente, nada que no haya sido apuntado ya por otros pensadores.

En todo caso, como todo pensamiento (meramente) libertario, lo expuesto en la obra que reseño tiene también hondas limitaciones como diagnóstico del presente. Pues, de una parte, en el plano analítico, parece eludir por completo todas las prácticas de poder que tienen lugar fuera del ámbito de la dominación política: Michel Foucault, Michael Mann y otros sociólogos han destacado acertadamente cómo las prácticas de poder atraviesan lo social en todos los sentidos, y no siempre necesariamente para mal. Sin embargo, la obsesión libertaria (insisto: tanto de izquierdas como de derechas) con la dominación política la vuelve -bastante- ciega ante estas otras prácticas de poder. Por decirlo en la terminología cara a los autores de esta libro: las "formas de vida" que existen en una sociedad dada no son frutos espontáneos de la vida libre de sus individuos y grupos, sino que son constituidas igualmente a través (entre otras) de prácticas de poder social.

De otra parte, en términos prácticos, parecería que la propuesta política libertaria pasa en todo caso por la reconstitución de comunidades (hoy en día -discurso de la globalización obliga- no necesariamente territoriales), al margen de la dominación política, y de la resistencia de dichas comunidades frente al poder político. Propuesta que, a mi entender, es tanto ilusoria (no cabe -nunca ha cabido en realidad- la comunidad al margen del poder político) como notoriamente insuficiente, ya que la mera resistencia significa, en último extremo, optar por eludir los problemas -formidables, sin duda- que la dominación política ha de suscitar a cualquier pensamiento emancipatorio.


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