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viernes, 25 de enero de 2013

Lincoln (Steven Spielberg, 2012)


Al parecer, la figura de Abraham Lincoln no resulta demasiado propicia para su elaboración narrativa en sede cinematográfica. (No, al menos, en la sede del cine norteamericano, que es el único interesado por ella.) Con la parcial excepción de la película de John Ford (Young Mr. Lincoln, 1939), que se acogía a la particular estética del director, capaz, con su sensibilidad, de concentrarse en los momentos de poesía que todo personaje siempre conlleva (y, consiguientemente, de eludir con estilo las cuestiones centrales, biográficas y políticas, que el personaje suscita), no hallo en mi recuerdo una sola película centrada en  Lincoln que posea alguna profundidad (y, por ende, valor estético -en el sentido más global del término). No he visto aún Abe Lincoln in Illinois (John Cromwell, 1940). Pero sí recuerdo la plúmbea película dirigida por David W. Griffith en 1930, tan sólida -y plomiza- como una gran estatua, como un monumento.

Parecería, en efecto, que la figura intimida a quienes (insisto: norteamerican@s) se aproximan a ella con ánimo narrativo. O tal vez se trate de que sólo se aproximan quienes adoptan previamente una cierta actitud (estética y política) ante el personaje.

Sea como sea, lo cierto es que no es el Lincoln de Steven Spielberg el que va a cambiar mi forma de pensar al respecto. A mi entender, la película de Spielberg (por lo demás, perfectamente compuesta, desde el punto de vista visual, como es habitual en el director, con una calidad fotográfica extraordinaria) sufre las consecuencias de tres características; no defectos, puesto que se trata claramente de resultados buscados de forma intencional por el director. Y, sin embargo, esos tres rasgos hacen que la narración de la película pierda, a pesar de su perfección técnica, la mayor parte de su valor estético, a mis ojos.

(Es obvio que discrepo de modo tajante de lo que ha sido la opinión predominante en la crítica, que se ha centrado -según creo, de forma excesiva- en la calidad técnica de la obra y en la comparación entre la "faceta seria" de Spielberg, a la que pertenecería la película, y la otra, "de entretenimiento", del director. Pero yo pienso que ni la calidad técnica puede ser considerada condición suficiente -acaso, ni necesaria- para que exista valor estético; ni, mucho menos, la "seriedad" conlleva dicho valor, ni el "entretenimiento" se le opone.)

Una primera característica notable de Lincoln está en el guión: la ausencia de política. Podría sorprender esta afirmación: ¿no es cierto que la mayor parte de la trama versa sobre las maniobras de un@s y de otr@s para promover o combatir la enmienda constitucional que pretendía declarar abolida la esclavitud, así como para influir sobre los términos de la paz que se preveía, al final de la guerra civil? Sin embargo, la verdad es que la narración se concentra tanto en los detalles de la intriga y, sobre todo, prescinde tan completamente de cualquier explicación acerca de los intereses políticos en juego, que la partida resulta prácticamente incomprensible. Más aún, la política es sustituida (en una maniobra ideológica harto cuestionable) por la moral. De tal manera que para un(a) espectador(a) poco avisad@ podría parecer que tanto la guerra civil como la cuestión de la esclavitud eran tan sólo cuestiones morales (que también lo eran). Y que el conflicto versaba fundamentalmente en torno a ellas... lo que, desde luego, es históricamente falso. Se opta, pues, por dejar fuera de la narración la geopolítica, la economía, las tensiones de clase,... Y eso es mucho dejar, cuando se pretende narrar un hecho capital de la historia política norteamericana.

Ideología, pues, de la peor especie, en el guión. Nuevamente, nos encontramos con la paradoja (que he venido señalando ya en películas de Clint Eastwood, como Invictus o J. Edgar) de contemplar una película (aparentemente) política sin política, porque la política es convertida en una combinación de buenas intenciones (morales) e intriga de salón. Y, a través de esta manipulación ideológica, lo específicamente político desaparece, detrás de la tramoya.

El efecto, claro está, es volver a recitarnos la vieja cantilena de que la política (norteamericana) consiste en una "búsqueda de la verdad, de la justicia, de la felicidad". Ese espectro ideológico que, en otro lugar (y el lugar no es banal: era la crítica de la serie televisiva The West Wing) he denominado como el de "la política como fantasía".


Hasta aquí, mis objeciones relativas al tema, a la trama. Pero es que, en segundo lugar, hay que discutir también, me parece, la opción de Spielberg a la hora de dramatizarla. (Hay que discutirla, claro está, si,  como es mi caso, se buscaba en la película alguna revelación, algo de conocimiento. Vale, empero, desde luego para el que busque hagiografía.) La opción por construir, prácticamente siempre que Abraham Lincoln está en escena, pero también en otras ocasiones, verdaderos tableaux vivants. En los que la cámara, aunque mucho más móvil (¡el avance tecnológico manda!) que la del viejo film d'art francés de principios del siglo pasado, cumple prácticamente la misma función que en aquel género: contemplar y retratar, al modo convencional, escenas que se presumen de valor (histórico, moral, "bellas",...). Se produce, pues, una renuncia a la función cognoscitiva que la cámara de cine debería siempre preservar: penetrar allí donde la vista del/a espectador(a) teatral no puede llegar, en la observación de los personajes (de los actores) y de sus acciones, miradas, palabras y relaciones. Spielberg renuncia me parece a tal posibilidad, en favor de construir escenas "memorables" (en el sentido más convencional del término).

Y es en el seno de esta opción estética donde cobra sentido la composición del personaje de Lincoln a manos de Daniel Day-Lewis: efectivamente, es probable que nos hallemos -como el propio Spielberg ha destacado en sus declaraciones- ante el mejor imitador imaginable del personaje de Abraham Lincoln, de sus gestos, de su forma de hablar, de moverse, etc. (ayudado, desde luego, por el excelente trabajo de vestuario, maquillaje y diseño artístico). Pero, ¿a quién le importa en realidad? ¿Qué obtenemos de dicha imitación? Yo dudo de que, a través de estos medios, verdaderamente logremos penetrar algo más en el personaje.

Por fin, no puedo dejar de llamar la atención sobre la aparente incapacidad (o falta de voluntad) de Spielberg para prescindir de la retórica en la composición de sus planos y movimientos de cámara. (De hecho, hay -relativas- excepciones: en películas como Artificial Intelligence, Munich o Catch me if you can la abundancia de retórica visual es mucho menor.) Se trata de la necesidad de emplear los recursos visuales y sonoros (el uso también retórico de la música extradiegética) para enfatizar aquellas imágenes consideradas por el director como especialmente "emocionantes", "significativas" o "culminantes". Es decir, para intentar imponerle al/a espectador(a) de una forma abusiva (si se quiere: demasiado evidente en sus intenciones y demasiado invasiva en sus métodos) su interpretación de la narración. En Lincoln, esto va siendo progresivamente evidente cuando el final ("feliz") del argumento va llegando a término: existe una sobreabundancia de signos en la narración que pretenden conducir las emociones e impresiones del/a espectador(a) en un sentido muy concreto (y cuestionable). Y ello, al menos a algun@s, nos molesta.




1 comentario:

manipulador de alimentos dijo...

Un gran personaje, en su faceta política y personal, pero demasiado charleta, en esta versión, un vara, sermoneador, y a ratos incluso un tanto lunático. Y todo en esa manera tan Spielberg, de resaltar emociones de forma descarada a través de la música, de abrazos del 'todosjuntosporfin', tan impositivo en sus sentimientos... Pero un personaje como Lincoln no puede producir una mala película y de estas tampoco Spielberg sabe hacerlas. Un saludo!

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