El cine de Martin McDonagh posee siempre una naturaleza esencialmente dramática: todas sus películas tienen, en efecto, la estructura argumental de obras teatrales; y todas ellas, además, representan tramas en las que (al modo de una cierta tendencia en el teatro contemporáneo) sus protagonistas se enfrentan a sus propios fantasmas y dilemas existenciales, y lo hacen en el marco de situaciones dramáticas particularmente extremadas (que incorporan la tristeza, el sufrimiento y la muerte como culminación de las mismas). Se trata ciertamente de un estilo de teatro -y, consiguientemente, también de cine- decididamente efectista, que bordea siempre los límites de la verosimilitud. Pero que, cuando funciona en términos dramáticos, y pese a ello dicha vis dramática no llega a asfixiar la representación audiovisual (véase, por ejemplo, aquí), es capaz de resaltar facetas más bien inadvertidas de la realidad de la existencia humana.
Tengo para mí que en The Banshees of Inisherin esta forma de construir la narración cinematográfica sí que alcanza a funcionar, hasta cierto punto. Pues, aunque el punto de partida (el planteamiento dramático) resulte un tanto forzado, sin embargo, el desarrollo del drama es lo suficientemente rico (en particular, por las excelentes prestaciones interpretativas de los actores y actrices protagonistas) como para introducir en el desarrollo de la trama los matices necesarios para lo artificioso de la misma no impida una representación rica en revelaciones de los dilemas humanos subyacentes.









