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viernes, 25 de octubre de 2019

O que arde (Oliver Laxe, 2019)


Una vez más, con O que arde podemos volver a disfrutar del buen hacer cinematográfico de Oliver Laxe, de su capacidad para formalizar en términos extremadamente atractivos y penetrantes, desde un punto de vista audiovisual, las inquietudes temáticas que -indudablemente- atraviesan hondamente su cine.

En este caso, la historia narrada es, una vez más, la de un grupo humano "marginal", según los cánones ideológicos dominantes: una pequeña comunidad campesina gallega que habita en una tierra feraz y hermosa, pero que también es pobre y aislada de los rasgos más pregnantes de la contemporaneidad (que tan solo aparece como evocación y fantasma, en un medio en el que el día a día sigue siendo la convivencia e interacción comunitaria entre l@s vecin@s, y de est@s con el medio natural).

Pero, como siempre ocurre en el cine de Laxe, conviene no dejarse apabullar por su capacidad para mostrar narrativamente sus historias en modo conductista. (Es cierto, en efecto, que su manera de componer planos que transmiten una actitud de espera y contemplación, de montar las imágenes con calma y de extraer interpretaciones a sus actores -que no lo son verdaderamente- tan próximas al estilo interpretativo que Robert Bresson dejara marcado como ideal, pueden llegar a fascinar al/la espectador(a)...) Pues siempre existe en su cine, sumergida, una reflexión ideológica de algún mayor calado que el mero reflejo realista de una realidad (aquí, la de la Galicia rural más pobre y aislada): el cine de Laxe no es un espejo -o no solo- a la manera en que Stendhal entiendiera que debía serlo la novela; pretende ser también una meditación.

En este caso, yo diría que esa meditación versa más bien acerca de la soberbia y la humildad: de la soberbia y de la humildad del ser humano, en tanto que especie (animal), que habita un universo (material). Una especie que se ha proclamado (así rezan nuestras fantasías ideológicas, las de la civilización occidental, cuando menos -desde la racionalidad griega hasta el humanismo moderno y el cientifismo contemporáneo, pasando por los delirios del cristianismo sobre el "rey de la Creación") máximamente dominadora del universo natural. Y, por ende, también máximamente responsable de lo que en dicho universo ocurra.

Acaso O que arde venga a constituir una determinada manera de poner en duda este modo de ver y de comprender la realidad. Porque acaso somos mucho menos dueños (y, por ello, también mucho menos responsables) de lo que ocurre en este universo que habitamos que lo que solemos creer.

Porque, acaso, ni Amador (Amador Arias) no resulte ser tan responsable de los incendios, ni de la ruina del monte y de la comunidad, como él mismo se cree, y lo creen sus vecinos. Acaso los incendios suceden por naturaleza  y el ser humano no deja de ser -mal que le pese- un juguete en manos de señora tan poderosa...

Es posible. Y es posible también que, entonces, una mirada mucho más humilde al medio natural que habitamos (y que, en realidad, nos domina) sea necesario. Una mirada menos atrapada por ideas de dominación, de ingeniería, de cambio; de responsabilidad. Una mirada animal: un ser humano no es, al cabo, sino otra forma de animalidad, ni tan diferente ni tan especial, en su relación con el medio natural, en comparación con el resto de los mamíferos que nos rodean.

Parece un mensaje difícil de aprehender, en tiempos que -como los actuales- se hallan obsesionados por la idea de responsabilidad, de futuro (o carencia de él) y de una gran ingeniería dirigida a garantizarlo. Pero es el mensaje (uno de ellos) que O que arde nos viene a presentar, con sus historia mínima de culpa, redención, desgracia y una vida -la natural y la humana- que, a pesar de todos esos avatares, sigue y sigue, inexorable, impasible.




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