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sábado, 5 de octubre de 2019

Gangbyeon hotel (=El hotel a orillas del río) (Hong Sang-soo, 2018)


En Gangbyeon hotel Hong Sang-soo continúa con su idiosincrásica colección de relatos acerca de las vicisitudes de la masculinidad y de la feminidad en tiempos contemporáneos. A través de su característica narratividad, aparentemente ligera (tan influida por la estética de la nouvelle vague francesa), apoyándose en planos de duración prolongada, escasos movimientos de cámara y una constante interacción entre escenas de larguísimos diálogos y escenas de contemplación y silencia, el director coreano ubica su nueva película en un espacio (aproximadamente) cerrado, en el que sus personajes -masculinos y femeninos- se ven forzados a convivir y a interactuar (con intensidades, no obstante, extremadamente variables) un@s con otr@s, manifestando así su personalidad y escalas de valores y de motivaciones.

En este caso, podría decirse que Sang-soo ha conducido su estética y su método al paroxismo. En efecto, la contraposición permanente (que está presente en todo su cine, pero que aquí se escenifica en toda su plenitud) entre los rasgos psicológicos y los modos de comportarse de los personajes masculinos y femeninos en la película y la casi completa falta de comunicación entre los unos y las otras, parecerían conducir la película hacia un auténtico retrato de prototipos: los prototipos tanto de la masculinidad como de la feminidad normativas, expuestos a las incertidumbres y contradicciones que una contemporaneidad líquida ocasiona en lo que en su día había sido concebida como roles sociales cerrados y autosuficientes en un una estructura social rígida.

Así, podemos contemplar cómo los prototipos de varones que encarnan los tres personajes masculinos protagonistas (un padre, conocido poeta, y sus dos hijos) actúan e interactúan: defendiendo en todo momento su espacio, su territorio, su libertad; midiendo fuerzas e intentando obtener el reconocimiento de su superioridad (cada uno, frente a los otros dos); pero, al mismo tiempo, empleando esa agresividad y esa capacidad para la lucha y para la dominación en la creación (aquí, de belleza: el poema que Young-Hwan -Gi Ju-Bong- compone y recita, en una de las escenas finales). (No resulta casual que prácticamente todos los protagonistas masculinos del cine de Sang-soo sean artistas: dejando aparte la raigambre autobiográfica que ello pueda conllevar, lo más relevante es que este posicionamiento social implica que aun las capas más pretendidamente ilustradas de la masculinidad incurren en los mismos defectos, de sexismo, soberbia e impotencia emocional.)

Y podemos contemplar también a dos prototipos de la feminidad normativa: esas dos amigas, que comparten (a través de la comunicación verbal, la compañía mutua y un afecto expresado en sonrisas y caricias) el dolor de una de ellas, de origen característicamente masculino (un hombre casado, su amante, incapaz de abandonar a la esposa...). Que se confortan mutuamente, satisfechas en el fondo con permanecer tranquilas y juntas.

Por supuesto, un cine que opta conscientemente por representar prototipos (y, por lo tanto, los rasgos estereotípicos que tales prototipos necesariamente han  de incorporar) tiene que encontrarse siempre al borde de la caricatura: a punto de exagerar la representación de dichos rasgos, de deformar el retrato, de exagerarlo. Y, ciertamente, el cine de Hong Sang-soo se aproxima muchas veces a esa vía. Sin embargo, otra de sus elecciones estéticas, en favor de una puesta en forma audiovisual de la historia narrada que renuncia al énfasis y que apuesta más bien por la serenidad y la contemplación, impiden que sus narraciones desbarranquen por ese arriesgado sendero.

Tal ocurre, una vez más, en Gangbyeon hotel: el esfuerzo del director por componer planos (extremadamente hermosos) que hagan justicia a la belleza del paisaje invernal que rodea al hotel en el que los hechos transcurren, por enmarcar las -en el fondo, banales- acciones de los personajes en un entorno natural sobrecogedor, relativiza la importancia real, dentro de la narración, de las tribulaciones humanas que asaltan a sus protagonistas. De este modo, una evidente melancolía (nunca más explícita que en el contundente final) recorre la narración finalmente entregada por Sang-soo, junto con un punto de ironía: está bien que -como en el dicho de Terentius- nada humano nos deba ser ajeno, mas eso no obliga forzosamente a tomárselo demasiado en serio...




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