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domingo, 11 de mayo de 2014

Gustave Flaubert: Bouvard et Pécuchet


Gustave Flaubert dejó, a su muerte, sin finalizar esta su última novela. Aun cuando, al parecer, era ya poco el desarrollo que le faltaba a la historia para concluir, por lo que podemos hacernos una idea bastante cabal acerca de las pretensiones que albergaba el autor.

Bouvard et Pécuchet aparece en un primer momento, de manera muy prominente, como una novela satírica. Sus dos protagonistas parecen, así, ser una suerte de quijotes: abismados en sus ensueños de "hacer grandes cosas", siempre agitados por el deseo de aprender, de enseñar, de crear,... Mas, al tiempo, siempre fracasados, debido a su incapacidad para dominar los saberes que ambicionan y por su absoluta desorientación para seleccionar qué informaciones son importantes, relevantes, verdaderas, útiles y cuáles, por el contrario, son mera palabrería inútil.

En este sentido, la (ridícula, pero triste al fin) odisea de Bouvard y de Pécuchet podría ser vista en principio como una vívida metáfora de una humanidad que, con la modernidad, se encuentra cada vez más apabullada por la cantidad de información que el avance de la ciencia y de la cultura ha generado, y por el hecho de que la madurez de la mente humana moderna no ha progresado tanto. ¡Cuántos tontos "bien informados" (pero incapaces de entender nada, de analizar nada, de razonar medianamente) no conocemos cada un@ de nosotr@s a nuestro alrededor!

Sin duda, es esta lectura, satírica, de la novela una perfectamente legítima y razonable: el fracaso de esos dos seres bienintencionados, sí, pero ridículos, que son los protagonistas, se constituye en un emblema de la futilidad de tantos delirios de grandeza que no se apoyan adecuadamente en el pensamiento racional. O, también, de la hybris del individuo moderno, tan pagado de su libertad, de su capacidad para pensar autónomamente... y que casi siempre (a pesar de toda su soberbia y de todos los recursos culturales a su disposición) es incapaz de pensar otra cosa que banalidades.


Pero también cabe una segunda lectura de la obra, que acaso resulte aún más inquietante. Y es que el estrepitoso fracaso del alocado proyecto de regeneración de la vida social que acometen de un modo tan entusiasta e incansable, una y otra vez, Bouvard y Pécuchet no obedece tan sólo -aunque también- a su ignorancia y a su inepcia, sino que le debe también otro tanto a la miseria, intelectual y moral, de unas estructuras sociales (la misma Francia provinciana, caciquil, conservadora y cerril que Flaubert había retratado ya tan acremente en Madame Bovary -y que se parece tanto, todavía hoy, a ambientes sociales que much@s conocemos de cerca) que se oponen a cualquier cambio, a cualquier mejora, a cualquier progreso. Son, en efecto, los poderes sociales de Chavignolles (la ciudad normanda a la que, en su delirio mesiánico, se trasladan llenos de entusiasmo redentor) y la ruindad de quienes a ellos están sometidos, los que, una y otra vez, frustran todas los buenos propósitos (mal concebidos, sin duda alguna, pero buenos al fin y al cabo) de los dos (anti-)héroes. Sin otorgarles cuartel alguno, sin ofrecerles la posibilidad de aprender o de corregirse. Justamente, porque, en el fondo, mal concebidos como están, los proyectos regeneracionistas de Bouvard y de Pécuchet son, en el fondo, siempre proyectos orientados hacia la emancipación: a proporcionar más sabiduría, más recursos, más libertad, más autonomía, al pueblo. Algo que, por supuesto, los poderes dominantes no están dispuestos a permitir, porque puede llegar a poner en peligro su dominación y su hegemonía.

De este modo, Bouvard et Pécuchet se constituye igualmente en una (aterradora) narración de lo fantástica (y necesariamente fallida) que es toda pretensión de emancipación que no esté firmemente anclada en el conocimiento racional y detallado de las estructuras de la realidad: una conocimiento para bien (pues servirá para identificar los mecanismos sociales que hay que intentar modificar), pero también para mal (para saber qué es difícil o imposible de cambiar). O de cómo la buena voluntad, la intención moral, con resultar necesarias, nunca son suficientes: por sí solas, sin una alianza cuidadosamente sostenida con el conocimiento, con la ciencia y con la razón (teórica y práctica), abocan casi siempre al ridículo.

Una lección que, hoy como ayer, deberíamos grabar a fuego en nuestras inquietas mentes modernas (tendentes siempre, como Flaubert lúcidamente nos mostró, al delirio y al wishful thinking).


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