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sábado, 3 de diciembre de 2016

The world in his arms (Raoul Walsh, 1952): el ensueño del macho


Esta película me encantó desde pequeño: aun dentro del ya de suyo dinámico universo narrativo de Raoul Walsh, The world in his arms destaca sobremanera por su muy particular dinamismo, su alegría. Pareciera, en efecto, constituirse en el paradigma del cine de aventuras...

Y, sin embargo, hoy, revisándola por enésima ocasión, comprendo que en realidad su fascinación tenía mucho que ver, prácticamente todo, con el género: con el género sexual, quiero decir. Con la capacidad de esta película para constituirse (merced a una magistral combinación de trama dramática y de forma audiovisual) en la plasmación más acabada de una cierta forma de fantasía masculina.

¿Qué otra cosa es, si no, el ensueño de un varón capaz de fascinar a todas las mujeres, pero libre e independiente, con recursos económicos propios, pero no sometido a ninguna relación de dominación, dotado de prestigio y reconocimiento social, pero capaz de actuar con plena autonomía? A quien todos escuchan, obedecen y respetan. Que mantiene siempre la alegría y la integridad. Que -importante- tiene "en sus manos" tanto los medios materiales que necesita y que le dotan de identidad social (su barco) como el cuerpo de la mujer que desea. Ambos, cuerpo y cosas, se someten a él con dulzura y resignación...

El mundo en sus manos: cosas, cuerpos,... Poder sin responsabilidad y sin culpa. Poder alegre. Sumisión total y voluntariosa de aquellos (y, sobre todo, de aquellas) a quienes dominamos.

¿Qué más podría anhelar el macho legendario?

A partir de tamañas fantasías están construidas las pesadillas a las que, luego, el desengaño machista dan necesariamente lugar. Esas pesadillas machistas (del varón decepcionado por un universo y unos sujetos de su dominación que no responden a tan titánicas expectativas) que tantas desgracias y sufrimiento conllevan, para los varones mismos, y también -principalmente- para las mujeres.

Una película magníficamente dionisíaca, pues, Pero que, como toda fantasía maravillosa, corre serio riesgo de ocasionar, en el plano de lo real, desdichas sin fin, a pesar de que, en tanto que narración imaginaria, sigue resultando tan placentera (para el varón).




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