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sábado, 12 de noviembre de 2016

Sully (Clint Eastwood, 2016)


Un accidente de avión, un comandante heroico que consigue realizar un aterrizaje de emergencia y salvar a tod@s l@s pasajer@s, un rescate en  el río Hudson, un héroe nacional,... Leer el argumento de Sully, sabiendo que se trata de una película norteamericana comercial, conduce inmediatamente a imaginar una pieza de retórica, entre humanista y patriótica, con escenas de acción apabullantes, buenos sentimientos y un mensaje confortador. En el mejor de los casos, una película brillantemente formalizada, al estilo de Steven Spielberg; en el peor, una vacuidad al modo de Ron Howard...

Todo lo anterior sería lo previsible, si es que no nos hallásemos ante una película (otro biopic más) dirigido por Clint Eastwood. Y es que, en efecto, Eastwood (y su guionista, Todd Komarnicki) optan por un tratamiento radicalmente diferente del tema de la película: opta, justamente, por construir una historia que constituye una reflexión (una más, y van...) en torno a las ambivalencias del concepto de heroísmo.

En este sentido, resulta particularmente relevante la decisión estructural de no iniciar la narración respetando el orden cronológico de la historia, sino comenzarla más bien ante un fait accompli: el accidente y el salvamento han tenido ya lugar, los medios de comunicación han proclamado a los cuatro vientos el heroísmo del comandante Sullenberger (un espléndido Tom Hanks),... Pero, entonces, Sully, habiendo sucedido ya todo lo importante, ha de enfrentarse a la cuestión -capital en la película- de la búsqueda del auténtico sentido moral de su comportamiento.

Y, así, frente a la fácil retórica de los medios de comunicación, que tienden a convertir (a crear y a deglutir) a personas en personajes unidimensionales, de fácil consumo, el reto del comandante Sullenberger es resistirse a la tentación de la identificación con el héroe mediático y preservar su propia autoconciencia como sujeto moral. Y, en tanto que sujeto moral, no puede dejar de preguntarse si en verdad obró correctamente, o si más bien se equivocó (aunque tuviese suerte). Pregunta que también se hacen cuant@s, con algún conocimiento (y no tan sólo con ganas de hacer ruido y obtener réditos del incidente), le rodean: su compañero y copiloto, su esposa, l@s representantes de la compañía aérea, de la compañía de seguros y del organismo administrativo encargado de investigar el accidente.

De este modo, Sully se constituye en una verdadera investigación acerca de la propia conciencia del sujeto moral: en un sondeo de sus razones, motivos, percepciones y voliciones. Un sondeo que conduce al sujeto a un cierto (bien que moderado) comportamiento obsesivo: a reproducir una y otra vez, en su mente, los momentos decisivos, aquellos en los que adoptó una decisión crítica, para volver a enjuiciarlos, y valorarlos, críticamente.

No es, pues, Sully únicamente un exorcismo de los miedos de la sociedad norteamericana tras el 11-S, ni tan sólo un cántico al heroísmo, o una exaltación del papel del factor humano. Aunque también lo sea. Pues, aun siendo todo eso, sin embargo, lo más trascendente de la película es la capacidad para distanciarse, pese a todo, de la construcción ideológica (retórica) que subyace a tales discursos, para profundizar en la condición irreprimiblemente moral del ser humano. Porque un héroe (un norteamericano, etc.) es, ante todo y sobre todo, un ser humano, un sujeto moral, y como tal ha de prioritariamente tratado.

Y, cuando el héroe es mostrado principalmente como un sujeto moral, entonces necesariamente se pone de manifiesto la labilidad de la etiqueta: la escasa distancia que necesariamente existe entre quien hace lo correcto, quien se equivoca y quien hace lo extraordinario, allí conde las decisiones son bajo condiciones de incertidumbre y de extrema presión emocional. ¿En dónde estriba la diferencia entre un Sullenberger heroico (autor de una conducta moralmente supererogatoria) y un Sullenberger imprudente (autor de una conducta disvaliosa)? Apenas en unos segundos más o menos de tiempo para tomar su decisión, y en la "intuición" que le llevó a acertar... pero que también podría haberle conducido a la decisión equivocada. Tales son, en efecto, las ambivalencias de la valoración moral de las decisiones y acciones en situaciones inciertas.

N.B.: Me parece evidente que Clint Eastwood es el director que más se me asemeja a John Ford. No por su estética audiovisual, tan distante (más próxima, como es natural, a Don Siegel y a otros directores contemporáneos suyos. Pero sí por su actitud moral (que también es estética) ante la obra de arte: poner siempre por delante la verdad de la obra (de los personajes, de las situaciones), alumbrar sus recovecos, revelarnos algo inusitado e inadvertido. Aun en contra, o al margen, de sus propias convicciones ideológicas, de la ideología hegemónica (de la que no abomina, pero que es capaz de poner entre paréntesis, de mostrarla como tal). Dos conservadores, pues, con la similar clarividencia -y honestidad- artísticas..,




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