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martes, 22 de noviembre de 2016

La règle du jeu (Jean Renoir, 1939): viviendo entre las normas


Hay algunas películas -muy pocas, en realidad- que verdaderamente me fascinan: me inquietan, porque intuyo la enorme riqueza de su(s) sentido(s); pero, al tiempo, resultan extraordinariamente opacas ante cualquier esfuerzo de interpretarlas, principalmente a causa de la importancia que en ellas posee la forma audiovisual o, más exactamente, la combinación de la historia con la forma que adopta su narración. A este pequeño grupo de películas selectas pertenecen un pequeño número de reconocidas obras maestras, aunque no la mayoría: seis películas de John Ford, alguna de Ingmar Bergman, un par de Pier Paolo Pasolini, otras tantas de John Cassavetes,,... y también La règle du jeu.

He visto esta película muchas veces. Siempre me gustó y, como decía, también me fascinó siempre. Hoy, después de volver a verla (por enésima vez...), acaso soy algo más capaz de explicar dicha fascinación y, en general, en dónde estriba particularmente la riqueza esencial de la obra.

Comencemos por el título: "la regla del juego". Un título que, a pesar de su aparente oscuridad, resulta en realidad extremadamente expresivo, evidente, si se piensa bien. Porque, ¿qué es lo que narra realmente la película? Lo que cuenta, parece obvio, es cómo durante unos pocos días de huis clos, una serie de personajes, pertenecientes a todas las clases sociales, se dejan llevar por sus deseos, por sus pasiones... para, al fin, retornar al orden habitual, apenas alterado en realidad por las travesuras sexuales y amorosas de l@s protagonistas. Un@s protagonistas que en ningún momento llegan a a poner seriamente en cuestión las reglas de conformación de las relaciones sociales: ni las relaciones de clase, ni las de género, ni las sexuales, ni... Que transgreden, con mayor o menor alegría o pesar, tan sólo para regresar luego a su posición social de partida. Que parecen ser conscientes de que en realidad nada de lo que hagan posee demasiada transcendencia: ¡ni siquiera matar a otro ser humano ("un desgraciado accidente", como en seguida es interpretado el suceso por quienes dominan el discurso)!

Toda la historia es, pues, la historia de una puesta en escena: de convenciones sociales, sí, pero también de las transgresiones de esas mismas convenciones. Unas transgresiones, sin embargo, limitadas, controladas, apenas subversivas.

La cuestión clave es que esta narración de lo relativas (pero también de lo esenciales) que resultan las normas sociales es formalizada justamente a través del recurso a convenciones narrativas explícitamente ancladas en el universo de la representación dramática, del teatro. Así, toda la trama es presentada mediante una enrevesada sucesión de entradas y salidas de escena, de apartes de los personajes (a uno, a dos, a tres). Jean Renoir juega para ello de manera magistral con las posibilidades que dan los decorados -también eminentemente teatrales- para mover la cámara, y también para explotar la profundidad de campo (de manera que muchas veces varias escenas simultáneas son filmadas en un mismo plano, potenciándose así la sensación de complejidad y de juego laberíntico).

Al final, lo que podría extraerse como enseñanza de esta extraordinaria narración es un prudente escepticismo en relación con una retórica, la de la transgresión de las normas sociales, que, sin embargo, venía haciendo ya furor desde comienzos del siglo XX y seguiría haciéndolo a lo largo de todo él (y aun hasta nuestros días). Y es que, en efecto, la transgresión puede, o no, poseer potencialidad auténticamente subversiva. La transgresión misma, de por sí, resulta antes un elemento imprescindible para el reforzamiento de la vigencia de las normas (al tiempo que una válvula de escape de los deseos sometidos a control social) que un acto subversivo. Porque solamente enmarcada dentro de un plan de transformación revolucionaria posee dicho sentido subversivo, mas no en otro caso.

Porque, en el fondo, parece querer decirnos la película, los seres humanos somos siempre, de niños, sí, pero también de adultos, esencialmente unos jugadores compulsivos e irremediables: adictos a la emoción del riesgo, de infringir aquellas normas de las que nos hemos dotado (que se nos han impuesto desde que, allá hacia mediados de nuestra infancia, iniciamos la entrada en la vida social), de afrontar los costes que ello conlleva. Pero, como jugadores irracionales que somos, en realidad tampoco somos capaces de prescindir de dichas normas. Porque las reglas lo son todo para un animal que -como el humano- posee una mente de enorme capacidad, pero también extremadamente vulnerable a la desorientación práctica. Y, por ello, una y otra vez nuestras transgresiones culminan en sumisión, en rendición, en arrepentimiento,... Porque, aunque proclamemos a voz en grito que deseamos ser libres, nunca sabríamos qué hacer realmente con esa libertad. Porque únicamente las normas nos hacen sentir que somos sujetos: seres sociales, persiguiendo, con nuestras acciones, algún sentido inteligible; no, pues, mera banalidad.

La verdadera "regla del juego" parece, por lo tanto, ser la siguiente: juega, arriésgate, atrévete a la transgresión, disfrútalo; paga las consecuencias, si es menester; pero, al fin, retorna a tu ser (social)... Para tener la oportunidad, eventualmente, de volver a jugar (y a arriesgarse, y a disfrutarlo, y a pagar las consecuencias, y arrepentirse, y a...)...

Todo lo demás es embeleco, parece decirnos Renoir. Ni am@s ni criad@s, ni varones ni mujeres, ni inteligentes ni estúpid@s: nadie es capaz de eludir nuestro común destino, de jugador@s adict@s, pertinaces y, sin embargo, irremediablemente fracasad@s.




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