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martes, 18 de noviembre de 2014

James Ellroy: My dark places


"El asesinato me había escogido a mí". James Ellroy pretende, en este libro, inquirir acerca de los motivos, difícilmente confesables, que -según él- le habrían conducido a su obsesivo interés por el crimen (y que ha dado lugar a su excelsa carrera como novelista). Y pretende hallarlos en el nunca resuelto asesinato de su madre.

My dark places se estructura en cuatro partes diferenciadas, que relatan, respectivamente, el recuerdo de Ellroy acerca de cómo recibió la noticia del asesinato (cuando era únicamente un niño); el impacto posterior de este hecho en su adolescencia y juventud; el descubrimiento de Bill Stoner, un policía obsesionado también (aunque éste, por razones profesionales, no íntimas) con los casos de asesinato no resueltos; y, en fin, la investigación que Stoner y Ellroy realizaron, casi cuarenta años más tarde, sobre el caso, sin resultado alguno.

Ellroy confiesa su fascinación -no exenta de culpabilidad- por el hecho mismo de la violencia, unido a la que desencadena además las turbulencias (emocionales, sexuales, etc.) que suelen aparecer, cuando se profundiza, en el trasfondo de la mayor parte de los crímenes violentos. El caso de su madre, la reconstrucción de la historia de cómo una mujer llegó a convertirse, merced a su forma de vida (y a la historia que le condujo a ella), en víctima de un asesino, ocupa al escritor, que va obteniendo atisbos, nunca concluyentes, que se complementan unos con otros, creando un auténtico puzle, siempre incompleto, siempre plagado de espacios en blanco.

Sea como sea, y más allá de las particularidades del caso criminal real de Jean Ellroy, el interés del libro estriba más bien en cuanto nos indica, acerca de qué es lo verdaderamente fascinante en la literatura criminal (de la mejor): no tanto la violencia (que, generalmente, aparece entrevista, sugerida, descrita asépticamente... o banalizada, cuando se abunda excesivamente en los detalles de su descripción, con el fin de impresionar al/a lector(a)), sino más bien la posibilidad de emplear el hecho violento como signo. Como signo de un conflicto, de una perturbación subyacente, en el orden social (aparentemente -todo es cuestión de apariencias- imperturbable). Que nos hace posible (mejor: que le hace posible al/a escritor(a), quien a su vez nos permite, e invita, a que le acompañemos en su ruta) colocar la lupa sobre una vida, aparentemente ordinaria (sujeta al orden), para aproximarnos y percibir todo el flujo de emociones, deseos, motivos, instintos, razones y fantasías que constituyen la verdadera vida psíquica del ser humano (también del ser humano "normal") y que el orden social pugna por someter y domar... siempre con precarios resultados.

La narración criminal como microscopio (colocado sobre el ser social, para trascenderlo, y acercarse a la realidad psíquica subyacente): tal parece ser la idea de James Ellroy, y de buen parte de la mejor literatura criminal.


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