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sábado, 11 de octubre de 2014

Les salauds (Claire Denis, 2013)


El cine de Claire Denis ha sido siempre eminentemente físico: porque es un cine en el que la puesta en forma audiovisual de la historia narrada resulta en todo caso decisiva, para otorgar su sentido último a la narración.

Les salauds es una narración que parece adscribirse en principio, por su trama, al género criminal. Pero que, en virtud de esa característica manera de poner en forma la historia, trasciende los límites (formales, pero también semánticos) del género, para convertirse en algo más.

En efecto, en Les salauds, como en tantas otras narraciones pertenecientes al género criminal, aparece una visión ácida -realista- acerca de las relaciones de poder como trasfondo subyacente (y decisivo) de la estructura y de la vida social: sobre los privilegios y la impunidad de los poderosos, sobre los sujetos dominados que intentan sacudirse la dominación (y que casi siempre fracasan en el empeño), sobre la necesaria inhumanidad que conlleva el ejercicio del poder, sobre las ambiguas interacciones entre el deseo y el poder (que convierten muchas interacciones humanas en auténticos ejercicios de sadomasoquismo),... Así, y como en tantas otras narraciones del género, la trama de abusos y perversiones sexuales a manos de miembros de las clases privilegiadas, metáfora transparente de las relaciones de dominación (en síntesis: lo que Pier Paolo Pasolini narró, en Salò o le 120 jornate di Sodoma, con mucha mayor exactitud), es completada por los esfuerzos -inútiles, a la postre- de los sujetos dominados, atrapados en las redes del poder, por liberarse. Esfuerzos siempre individuales, no políticos: condenados, por ello, al fracaso, casi de forma inevitable.

La cuestión es que, en Les salauds, todo ello no permanece en el terreno de las proclamaciones meramente teóricas de buenas intenciones narrativas: no se limita, pues, tan sólo a (como es más habitual) acogerse cómodamente a las convenciones -temáticas y formales- del género, para repetirlas, realizando meras variaciones en torno a las mismas. Antes al contrario, en la película la ideología acabada de exponer toma forma, material, a través de las imágenes. De este modo, los planos son generalmente muy cerrados y próximos a los personajes, están compuestos además para encuadrar únicamente fragmentos de los cuerpos; y son montados de una manera que agudiza la impresión de intencionada selectividad acerca de lo mostrado.

Todo ello hace que, en la percepción del/a espectador(a), adquieran una potencia significativa mucho mayor esas imágenes: que, efectivamente, se haga auténtica materia (de la narración) aquellos contenidos ideológicos que las convenciones del género (esas relaciones de poder, esas interacciones entre poder y deseo, etc.) teóricamente proclaman.

Es cierto, no obstante, que la historia narrada por Claire Denis en esta ocasión no aporta, en último extremo, nada particularmente relevante, ni novedoso. Pero hay que destacar, pese a ello, el esfuerzo realizado para otorgarle a esa manida (aunque no por ello menos verdadera) historia auténtica fuerza (narrativa, estética), del único modo posible: a través del trabajo sobre las formas. Algo que se agradece, porque, por desgracia, no es habitual en la gran mayoría de los ejemplares del género.

(Si hace falta un ejemplo práctico reciente para poner a prueba lo que acabo de afirmar, y aunque las comparaciones sean siempre odiosas, llamo la atención acerca del evidente paralelismo entre las tramas (y los trasfondos ideológicos) de Les salauds y de La isla mínima. Y también, sin embargo, sobre la radical divergencia entre las dos películas, tanto por lo que hace a las pretensiones estéticas que las animan como -sobre todo- en los resultados obtenidos al respecto.)




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