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domingo, 5 de octubre de 2014

La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014)


Si merece la pena decir algo acerca de La isla mínima, no será por el valor cinematográfico, estético, de la película: se trata de una muestra de cine criminal mal realizado, con un guión poco hilvanado y rebosante de préstamos argumentales no bien digeridos; y con una realización que apenas es capaz ni de apelar a nuestra inquietud ni de generar tensión (menos aún revelaciones). (En este sentido, creo firmemente que la película constituye un paso atrás en la trayectoria de Alberto Rodríguez como director, por falta de atención a los aspectos formales -que son, en realidad, los esenciales- de la narración.)

En realidad, lo que llama poderosamente la atención en La isla mínima no es tanto lo que narra (prácticamente irrelevante), sino más bien lo que indica acerca de sus narradores. Y, más en general, del momento cultural: el español actual.

Y es que, en efecto, La isla mínima podría ser empleada como ejemplo paradigmático (comparándola, sobre todo, con otros tratamientos narrativos anteriores hechos por creador@s español@s sobre temas y épocas similares) de cómo el discurso hegemónico acerca de la "Transición" desde el franquismo al régimen actual se ha venido resquebrajando, en esta última década. Hasta devenir en un tono oscuro, pesimista, amargo: en La isla mínima, aquel período (la película está ambientada en 1980) es retratado como uno en el que todos -los que procedían del franquismo y los que venían de a oposición al régimen- se acomodaron y en el que las estructuras sociales de poder se mantuvieron, pese a ello, incólumes, maquillándose tan sólo su apariencia más superficial y grosera.

De este modo, la filosofía de la historia whiggish (el largo progreso de España hacia la Democracia, la Civilización, Europa,...) que campó a sus anchas en la ideología oficial del régimen hasta 2011 se ve sustituida por otra, la del eterno retorno del mal originario. Ambas igual de simplistas, y de ideológicas. (Puesto que, obviamente, a estas alturas -después de Jean-François Lyotard- ninguna filosofía de la historia puede ser tomada en serio, sino que ha de ser vista en todo caso como una mera herramienta ideológica, de dominación.)

Conviene, no obstante, tomar nota, en tanto que observador@s culturales, de la transformación. Y esta película es un buen lugar -aunque hay más, por supuesto- para hacerlo.




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