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domingo, 28 de septiembre de 2014

Georges Didi-Huberman: Écorces


Georges Didi-Huberman estuvo, como yo, en Auschwitz-Birkenau, recientemente. Como yo, se pegó el gran madrugón (tren desde Kraków hasta Oswiecim y, desde allí, un pequeño trayecto -en taxi o autobús- hasta la entrada del complejo memorial de Auschwitz-Birkenau), con el fin de poder pasear libremente, sin grupos y sin guías, con apenas unas pocas personas, en casi completa soledad, por el lugar.

Se encuentra con que Auschwitz I, muy reconstruido, se asemeja más a un parque temático acerca del genocidio que a un auténtico resto arqueológico. Y, entonces (como yo), se traslada a Auschwitz II (Birkenau), en el que el grado de reconstrucción ha sido menor.

Interroga a la naturaleza, a los restos arqueológicos (de los edificios con las instalaciones de gaseado y con los hornos crematorios, destruidos por las SS antes de huir). A los árboles. A la tierra, a los estanques, aún repletos de las cenizas de los miles de seres humanos incinerados y arrojados allí...

Interroga a las imágenes de lo real. (No le interesan las reconstrucciones, siempre sesgadas: muestra, así, cómo las reproducciones de las únicas fotos, tomadas -con grave riesgo de su vida- por miembros de Sonderkommandos, que muestran en plena acción el proceso de producción de muerte han sido manipuladas y "normalizadas", para hacerlas más legibles. Para imponerles una interpretación.)

Y, naturalmente, en las imágenes de lo real, en esos restos, artificiales y naturales (como señala Didi-Huberman, los árboles son los mismos, pero más viejos, que entonces había, y sobre las fosas han crecido nuevas poblaciones de plantas y de flores), no puede por menos que proyectar cuanto conoce, acerca de cómo transcurrió realmente la historia. Imaginando, entonces, qué había allí en aquella época, qué ocurrió, cómo estaba esa materia que -inmutable- se nos presenta ahora, a nosotr@s, contemporáne@s, como mera presencia, muda. Por más que intentemos tomarla como indicio, que debería permitirnos saber: volvernos (más) accesible el pasado que allí sucedió. Pero es en vano: sólo nuestra capacidad de imaginación opera.

Didi-Huberman, pese a todo, pretende preservar su fe en el valor de las imágenes como prueba, como resto, que nos permite recordar, pensar, imaginar. Hay que envidiarle la fe.

Sin embargo, lo que un lector desapasionado de este ensayito (versión castellana: Shangrila Ediciones, 2014) percibirá más bien es desesperación. Especialmente, quien -como es mi caso- haya pasado justamente por la misma experiencia que el autor, la de intentar arrancar de una materia muda y ciega algún indicio, la de interrogar a los árboles y a las hierbas, a la tierra y a los estanques, en busca de alguna imaginación de la enormidad que allí ocurrió, de alguna comprensión. Ese habrá de confesar (yo, al menos, lo confieso) su fracaso: los restos materiales de la historia, las imágenes que ellos generan, apenas nos sirven como signos. O, más exactamente, tan sólo nos resultan útiles cuando los completamos con conocimientos (aquí, históricos): cuando proyectamos sobre ellos la información (que, claro, siempre aparece elaborada, manipulada, construida) de que disponemos. Sólo de este modo completaremos una imagen significativa.

Acerca de la relación entre barbarie y cultura versa Écorces, señala su autor. Una relación problemática. Pues no es sólo que, como señalara Walter Benjamin, toda muestra de cultura lo sea también de pasada barbarie. Es que, hay que admitirlo, además, rara vez la cultura (aun la mejor intencionada, como lo suele ser -en el mejor de los casos- la de la "memoria histórica") será capaz siquiera de representar, de modo mínimamente adecuado, tal hecho, el de la barbarie.

¿Y entonces? Entonces (como también sugiere el autor -menos pesimista, pese a todo), sólo nos queda tomar por cierto el que la búsqueda afanosa y apasionada (necesariamente, a través de las representaciones culturales de que disponemos) de esos restos de barbarie nos permita, si no otra cosa, una cierta penetración en nuestras propias categorías, para ponerlas en cuestión y perfilarlas, para conocer mejor cuanto de barbarie hay también en nosotr@s: "un buen informe arqueológico no indica tan sólo aquellas capas de las que proceden los objetos hallados, sino, sobre todo, aquellas capas que antes fue preciso atravesar" (Walter Benjamin, Ausgraben und Erinnern). Que así sea.


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