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viernes, 17 de enero de 2014

Yi dai zong shi (=El gran maestro) (Wong Kar-Wai, 2013)


Wong Kar-Wai ha sido siempre un director extremadamente formalista: sus narraciones han valido siempre más en virtud de la lucidez con la que es capaz de elaborar sus formas que (tan sólo) por las tramas que desarrollan. (Hasta el punto de que en otro lugar califiqué al director de muestra eminentemente de un "cine cosmogónico": con capacidad de crear universos. Obsérvese, no obstante, que existe una diferencia, sutil pero efectiva, entre formalismo y manierismo: en el caso de este último, la formalización deviene, en último extremo, vacía de significado relevante. No es, me parece, el caso de Wong Kar-Wai.) En Yi dai zong shi, la trama parecería ser una propia del género del biopic: de un biopic construido sobre un trasfondo histórico convulso (la China de entre los años 20 y 50 del siglo pasado, la China de los "señores de la guerra", de la guerra civil, de la invasión japonesa, del triunfo del comunismo,...) y, en vista del personaje retratado (Ip Man, maestro de artes marciales), trufado de escenas de lucha, que aproximan a la película al género del wuxia (cine de artes marciales).

Y, sin embargo, sobre la base de dicha trama, el director acomete dos operaciones, de índole formal, que hacen que la narración vea alterado significativamente su sentido último. Así, en primer lugar, el discurso narrativo de la película se basa en un nivel bastante intenso de desarticulación temporal de la trama: los hechos son presentados de manera "desordenada", produciéndose constantes saltos hacia delante y hacia atrás. De este modo, el efecto que se produce es el de aislar -relativamente, por supuesto- las diferentes secuencias, convirtiéndolas en una suerte de episodios, que alcanzan significación propia y (relativamente) autónoma: cada escena de lucha, cada encuentro, cada paseo, aislados -como se presentan- de sus antecedentes y consecuencias concatenadas en la historia, aparecen, así, más como experiencias, con valor propio, que como meros "pasos" en un pretendido "camino". Y, con ello, se lleva a cabo una auténtica destrucción, empleando recursos eminentemente formales, de la "épica" que habría de constituir en principio la base retórica del género biopic. En Yi dai zong shi apenas hay, pues, épica; hay tan sólo (¡tan sólo!) experiencias vitales de sus personajes, junto con las emociones que ellas necesariamente conllevan. Y los personajes quedan así auténticamente humanizados.

La segunda de las operaciones formales a partir de las que Wong Kar-Wai configura su narración consiste en algo que podríamos describir de dos maneras diferentes (confluyentes, en última instancia): como ralentización del avance de la trama a través del uso persistente de la técnica del inserto; o como el intento de explorar visualmente el universo de las sensaciones (de los personajes, pero también del/a espectador(a)), componiendo planos extremadamente cerrados, muy cercanos a los personajes y objetos, que los recortan y fragmentan, y de corta duración. De ambas maneras, en suma, el director acaba por someternos a un auténtico festival de sensaciones, auditivas y (sobre todo) visuales. Que, otra vez, deforman y alteran de modo radical el significado último de la narración.

Así, Yi dai zong shi constituye un ejemplo palmario de cine formalista: de un cine que promete y consigue reelaborar sus temas y su trama, a través de un intenso tratamiento formal. Que, a través de la puesta en forma audiovisual de la narración, obtiene nuevos significados y nuevas revelaciones artísticas. De un cine, pues, que es lo que, en realidad, todo cine narrativo debería pretender: un intento de profundizar sobre aquello que se narra, con aquellas herramientas -las audiovisuales- de las que solamente el cine dispone, para obtener algo más que reiteraciones manidas de tópicos conocidos. Sin duda, en este sentido, la película de Wong Kar-Wai resulta ejemplar.

Cuestión distinta es que nos llegue a interesar la historia narrada, aun a la luz de las nuevas revelaciones que su formalización extrema por parte del director hace salir a la luz. A este respecto, es obvio que Yi dai zong shi no está muy lejos de 2046 (2004): otra divagación, pues, de su director acerca del tiempo subjetivo, las frustraciones del deseo y las trampas de la memoria y de la fugacidad de la existencia. Nada particularmente novedoso, ni relevante, en realidad. Aunque, eso sí (y una vez más), bellamente expuesto.


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