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jueves, 19 de diciembre de 2013

Le week-end (Roger Michell, 2013)


Cuando, tras ver Le week-end, recuerda uno las precisas operaciones de cirugía narrativa a las que Ingmar Bergman sometió en su día el matrimonio, en tanto que institución propia de la ideología burguesa, no puede dejar de reconocer la pequeñez e inanidad de películas como la que comento.

Y no, no se trata de su pertenencia al género cómico: enormes revelaciones han sido llevadas a efecto a través de las formas de la narración cómica. (Por no cambiar de tema: diversas películas dirigidas por Buster Keaton abordan, en tales términos cómicos, los absurdos de la vida matrimonial de una manera acerada.) De lo que se trata más bien es de la renuncia -completamente intencionada- a ir más allá de lo que en otro lugar he calificado de existencialismo banal de la comedia burguesa más adocenada.

De este modo, se enuncian ciertas inquietudes existenciales, indudables (la dificultad de la convivencia, la extinción de la pasión, la evolución de las inquietudes y motivaciones a lo largo de la vida, el abandono de las ilusiones, el fracaso, etc.). Pero, luego, se renuncia a profundizar, ni en su razón de ser, ni en su fenomenología, ni en sus efectos reales. Y todo, al cabo, se resuelve en un catálogo de bromas: en ironía, en suma, teñida de melancolía.

Así, si Bergman -o, para el caso, Keaton- lanzan una mirada subversiva sobre la normalidad burguesa, Le week-end resulta ser, nada más, una mirada burguesa (complaciente) sobre dicha "normalidad". Aunque se disfrace de crítica.

Acaso sea éste el signo de los tiempos, uno de los disfraces de la estética de la posmodernidad: disfrazar, mediante la ironía, el más obtuso conformismo. Conformismo ideológico, puesto que el discurso subyacente a la narración es, aquí, que nada puede cambiar, que sólo cabe la resignación (teñida, eso sí, de la necesaria ironía moderna, que pretende preservar al sensación de superioridad de un sujeto que, sin embargo, en realidad se sabe perfectamente derrotado). Pero también conformismo estético: puesto que se juega, meramente, con las formas (aquí, de la comedia), con el explícito fin de renunciar así a provocar -también en el terreno formal- a cualquier cambio, a cualquier profundidad, a cualquier revelación, mediante la  praxis de la mostración narrativa. Sin ningún trabajo visual relevante, limitándose a confiar en la (indudable) capacidad interpretativa de los actores protagonistas, que, sin embargo, no pueden levantar la representación más allá de lo que sus propios papeles significan.

Es este conjunto de renuncias (y de conformismos) lo que provoca que Le week-end sea una comedia dotada de tan poca energía, tan corta de entidad dramática y de potencia cómica. No se trata, me parece, tan sólo de un problema de técnica, sino que detrás de tal carencia hay algo más: una renuncia consciente a elaborar un discurso, que esté dotado de suficiente contenido relevante y que aparezca expresado en formas que resulten útiles (para obtener algún conocimiento).


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