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jueves, 14 de noviembre de 2013

Stockholm (Rodrigo Sorogoyen, 2013)


Las historias narradas cinematográficamente a través de prolongados diálogos, que vienen a plasmar dramáticamente el enfrentamiento entre varios personajes protagonistas posee una larga tradición (originalmente procedente del medio teatral). Asimismo, también la tienen los ejercicios de juego entre, de una parte, combinaciones de plano/ contraplano y, de otra, planos de conjunto: juego que consiste en expresar la significación de las relaciones entre los personajes protagonistas, ahora de manera visual, mediante la aproximación entre los mismos (en un solo plano) o su separación (en varios planos).

Todo esto es materia estilística común de -entre otros especímenes cinematográficos- el género de la comedia romántica. Stockholm constituye, en este sentido, un consciente y deliberado intento de perversión de dichos cánones genéricos. Se pretende, en efecto, arrastrar al/a espectador(a) por el camino de la asunción de las expectativas del género (la trilogía de Richard Linklater -Before sunrise, Before sunset y Before midnight- constituiría la referencia más obvia), para luego llevar a cabo un ejercicio de extrañamiento, en relación con tales expectativas, que (si hubiese sido llevado a buen puerto) podría hacer rayar la película incluso con el género fantástico.

Lo que, en definitiva, nos narra Stockholm es la manera en la que los convencionalismos propios del cortejo juvenil (convertidos en tópicos narrativos en el género de la comedia romántica) contienen en sí mismos, aunque usualmente permanezcan inadvertidos, componentes de apertura hacia la posibilidad de lo extraño, lo desconocido, lo siniestro (lo familiar, pero extraño, no obstante). Lo fantástico, en suma. Pues, ¿qué mayor extrañeza que la de acabar en la cama, manteniendo relaciones sexuales, con alguien completamente desconocido, sobre la única base de la atracción física y de un cúmulo de fantasías -más o menos infundadas- que permiten imaginar al otro?

Lo que los personajes de Stockholm experimentan es una puesta en escena, una explicitación, de tal extrañeza.

Lástima que ni el trabajo interpretativo de los actores, ni tampoco el director con la cámara esté a la altura, de lo sugerente del punto de partida del argumento, y del tratamiento, de la historia. Pues ello provoca que el efecto de extrañamiento no esté suficientemente conseguido, por no resultar creíble; acabando, pues, por parecer artificioso. Pese a todo, se trata de un interesante enfoque, tanto en el plano temático como en el formal, necesitado, sin embargo, de nuevos abordajes y de una mayor profundización.





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