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viernes, 7 de diciembre de 2012

"Skyfall", de Sam Mendes


Desde hace ya bastantes años, venimos contemplando cómo el cine más comercial se anega en un océano de revisionismo y (pretendida) reflexividad: hemos visto a Spiderman afrontar su crisis de madurez, a Batman preguntarse por el sentido de su vida; a Jason Bourne enfrentarse al sinsentido a través de la acción; y, en fin (por no seguir), la adaptación del ya revisionista cómic de Alan Moore, Dave Gibbons y John Higgins, Watchmen. No hay nada que hacer, supongo que el signo de los tiempos... (Por lo demás, la moda no es nueva: ya desde los años setenta del siglo pasado, películas como Little Big Men o Robin and Marian, entre otras muchas, habían abanderado otra oleada de revisionismo.)


A James Bond le tocó también la hora: desde Casino Royale (Martin Campbell, 2006), el vetusto estereotipo pop ha sido sometida, de la mano de los guionistas y del nuevo actor que lo viene encarnando desde entonces, Daniel Craig, a un pretendido "lifting ideológico", más al gusto de los dubitativos tiempos presentes.

Y, sin embargo, Skyfall viene a poner de manifiesto los límites de la operación. Que, por lo demás, lo son en realidad de toda la retórica revisionista... al menos, en los -muy estrechos- límites que las demandas, temáticas y formales, del cine más comercial permiten.

Pues, si algo demuestra Skyfall, es la imposibilidad de hacer con James Bond una película revisionista que posea algún interés (y seguir atendiendo, al tiempo, a las exigencias que la franquicia impone). Y ello, no porque Sam Mendes y los guionistas no se esfuercen en ello. Pero es que ocurre, según creo, que un personaje tan estereotípico y (en el fondo) paródico como Bond difícilmente puede adquirir profundidad. Así, el tratamiento en términos edípicos al que el nuevo guión le somete no es capaz en ningún momento de aportar nada interesante ni al personaje ni a la narración. Que, como siempre, se sostiene prácticamente tan sólo a partir de (algunos de) sus recursos clásicos: las secuencias de acción y un antagonista lo suficientemente llamativo a causa del tono interpretativo que un excelente Javier Bardem ha adoptado para encarnarlo.

Así, habremos de concluir que la única forma razonable de revisar y cuestionar el personaje de James Bond es el que ya desde sus inicios fue, lúcidamente, ensayado por tantos: la parodia. Desde Casino Royale (John Huston et alt., 1967) hasta la saga de Austin Powers (1997, 1999 y 2002), es éste el modo sensato en el que es posible aproximarse de un modo descreído a la figura creada por Ian Fleming. Pues buscar -como se viene intentando, desde los productores que promueven la franquicia- la tragedia (o el drama, siquiera) donde nunca ha existido, tanto en la literatura como en el cine, más que un fantoche, resulta tarea vana.

Me atrevo, por lo demás, a apuntar una conclusión de validez general, más allá del caso de James Bond: las operaciones de revisión de personajes ficticios (el caso de los personajes históricos es completamente diferente) tan limitados en la descripción de sus caracteres como los que vienen proporcionando la literatura pulp, los cómics más comerciales y los videojuegos, no pueden resultar fructíferas (a no ser, como decía, al modo de parodias) si no consiguen convertirse en alguna forma de reflejo de la realidad social (contemporánea). Pues, por sí mismos, los personajes carecen de hondura; y, por ende, de interés como mecanismos de representación de la realidad psíquica humana. Pero, a veces, plasman inquietudes presentes en el ambiente cultural presente, y ello puede ser interesante contemplarlo en las revisiones que se realizan de los mismos en algunas narraciones.

(Ello ha ocurrido, por ejemplo, con el personaje de Batman, que, tanto en cómic como en el cine (especialmente, en las películas que ha dirigido Christopher Nolan), ha sido capaz de representar -de modo simplista, si se quiere, pero real- algunos dilemas socioculturales y políticos contemporáneos. Tal vez también con el de Jason Bourne. No en muchos casos más.)


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