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viernes, 26 de octubre de 2012

"Blancanieves", de Pablo Berger: en torno al casticismo


Es, siempre, conveniente preguntarse para qué sirve verdaderamente adaptar una narración: esto es, trasferirla de un lenguaje a otro. La cuestión ha sido abordada, una y mil veces, en relación con las adaptaciones teatrales y cinematográficas de cuentos, de novelas y de cómics. Pero también resulta pertinente, en realidad, cuando se trata de una adaptación entre culturas. ¿Qué añaden, en efecto, las (no infrecuentes) versiones norteamericanas de películas europeas? Uno diría que, más allá de ciertas reubicaciones vernáculas (en espacio, tiempo, estilo interpretativo de los actores, etc.), tan sólo se pretende ajustar suficientemente la nueva versión al canon estilístico -a su versión más convencional, prácticamente siempre- que rige la puesta en imágenes del cine norteamericano más comercial.


La cuestión surge, otra vez, al contemplar una película como Blancanieves. Aquí, Pablo Berger (que ya había puesto de manifiesto su querencia o interés por una cierta parte de la cultura española antigua en su anterior película, Torremolinos 73) adapta de forma casi perfectamente fiel el cuento recogido y redactado por los hermanos Grimm, "limitándose" a: 1º) trasladar la historia a la España de los años 20 del siglo pasado; y 2º) filmarla sin diálogos sonoros, con intertítulos, aunque con una constante música extradiegética y ciertos sonidos y músicas diegéticas.

La pregunta, claro está, que surge ante este experimento es saber si el mismo resulta. Y, para responderla, hay que responderse uno mismo antes a otra cuestión: ¿qué aporta la "españolización" de la narración? Esto es, ¿qué aporta una cierta forma, extremadamente selectiva, de adaptación a la cultura española, a aquellas de sus tradiciones más "castizas" -vale decir, a las que fueron consideradas durante mucho tiempo como hegemónicas, aun cuando hoy resulten tan sólo un resto histórico trasnochado y camp?

La cuestión hubo de ser puesta sobre el tapete ya con el surgimiento del cine de Pedro Almodóvar (un cierto aire de semejanza a dicho cine recorre esta película...). Y, en general, con la -un tanto frívola- reivindicación del casticismo por algunos sectores de la cultura española emergente a comienzos de los años ochenta.

Hoy, sigue estando vigente. Y mi respuesta es: a no ser que se emplee el casticismo como elemento de una tematización y de un estilo notoriamente elaborados, como puedo ocurrir en Ramón María del Valle Inclán o en una determinada forma de comedia cinematográfica española en los años cincuenta y sesenta (estoy pensando, claro, en Luis García Berlanga o en Fernando Fernán Gómez), la traslación casticista carece de interés. Pues, en tanto que sátira, resulta facilona: al cabo, se trata, hoy ya, de un árbol caído, del que resulta banal pretender hacer leña. Y, por lo demás, si la adaptación no se enmarca en una estrategia estética más sofisticada, el resultado no deja de ser irrelevante, más bien anecdótico.

Ello es lo que ocurre, me parece, con Blancanieves. Se trata de una adaptación que, desde un punto de vista "caligráfico" (esto es, de la fidelidad de la trama y de la calidad visual de la puesta en imágenes), puede ser calificada como irreprochable. Y, sin embargo, es difícil hallar algún elemento de revelación en ella. Pues los componentes temáticos propios del cuento original  (poética crueldad, síndrome edípico, narcisismo, etc.) no se ven transformados, por lo que permanecen prácticamente intangibles. Nada se aporta, por lo demás, con la ubicación histórica española,: más allá del guiño kitsch, la historia permanece inalterada en su significación, a la que la traslación nada añade.

Y, al fin, desde el punto de vista puramente formal, la película, que se distancia bastante (aunque no por completo: a lo que parece, la tentación de la cita cinéfila, aun gratuita, es irresistible, para much@s director@s contemporáne@s...) del afán por el pastiche de estilos propios del cine mudo (que acababa por ahogar, por ejemplo, a The artist), no es capaz, sin embargo, de componer más que un brillante ejercicio visual. Yo diría, empero, que el ejercicio, brillante en su apariencia, no acaba de producir ningún resultado efectivo: la composición visual rara vez aporta nada a la penetración que el/a espectador(a ) debe intentar realizar en la historia narrada.

Es, en todo caso, interesante observar cómo un director español se atreve a hacer cine diferente del que estamos acostumbrados a ver, procedente de la corriente principal de nuestra cinematografía. Hay que alabar la osadía de experimentar. Aunque, puestos a experimentar, uno desearía que el ejercicio tuviese mayor fundamento: superase la frívola tentación del guiño, e intentase penetrar, más y mejor, en la historia que se quiere contar, para ponerla luego en imágenes cargadas de sentido.


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