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viernes, 27 de julio de 2012

Elefante blanco (Pablo Trapero, 2012)


Hay en Elefante blanco, varias películas -demasiadas- en una sola: una historia típica del realismo social (la vida en las barriadas), otra sobre unos personajes (los sacerdotes protagonistas) tendentes al estereotipo, otra más con peleas, disparos, policías y narcotraficantes, acaso también un discurso soterrado acerca del fracaso del trabajo comunitario (al menos, cuando el mismo es tan poco político, tan asistencial, como el que desarrollan los personajes de esta historia),...

Demasiadas películas. Y un estilo de narrar y de filmar que, aunque más cuidado que el de muchos cultivadores del realismo social, en su formalismo, resulta problemático, al enfrentarse a este cóctel de referencias genéricas.

En un comentario a la anterior película de Pablo Trapero, comentaba yo ya que me resultaba harto dudoso si el director iba a ser capaz, con los mimbres de su estética, de construir un cesto narrativo en el mundo del cine de género. Hoy, después de ver Elefante blanco, podemos augurar ya, con menor riesgo, que no: que forma (pretendidamente renovadora) y fondo (progresivamente convencional) se entrechocan de un modo que -al menos por el momento- no produce ninguna chispa de revelación.

Por el momento, tenemos tan sólo un guión convencional (por sus pretensiones genéricas) y escasamente construido (desde la perspectiva clásica), puesto en imágenes a través de un estilo algo diferente del habitual. Diferencia que, sin embargo, apenas aporta potencia expresiva al conjunto. La trama, en suma (y los tópicos temáticos que la invaden: pobreza, injusticia, compromiso, etc.), acaba por devorar a la forma, sin ganancia neta para ninguna de las dos.

(Si se quiere un término adecuado -y cruel, dada la diferencia abimal- de comparación, sugiero Des hommes et des dieux, de Xavier Beuvois.)




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