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sábado, 3 de marzo de 2012

"Hugo", de Martin Scorsese


A estas alturas, nadie sensato se atreverá a dudar del amor por el cine de Martin Scorsese, así como de su imponente capacidad para formalizar visualmente cualquier historia. Ambas características, es obvio, se manifiestan en esta su nueva película: homenaje a la capacidad del cine de crear universos. En particular, es de destacar su magistral empleo de la técnica 3D (algo, por desgracia, inusual en el cine contemporáneo, que parece conformarse en su mayor parte con emplear esta técnica como una nueva forma apta tan sólo para generar cine de atracciones), para dotar de verdadera profundidad visual, y expresividad, a la narración.



Pese a ello, no puedo dejar de pensar -de seguir pensando, en realidad- que Scorsese está más dotado para la narración de las obsesiones acerca de lo real que para mostrarnos universos fantásticos. Así, en esta película, que narra una historia de ribetes aparentemente realistas, pero de fuertes connotaciones fantásticas (y que en ellas descansa principalmente), pierde, a mi entender, buena parte de su fuerza por falta de un mayor énfasis en tal faceta: oculta, desde luego (al cabo, nada de lo que pasa en la película desdice del pleno realismo), pero presente, sin duda alguna, en los intersticios de la historia. Pues, en efecto, lo más relevante de la misma es el acto de mostrar esa capacidad de apertura que el cine (y las artes visuales, en general) permiten a universos imaginarios; y, en el límite, a lo fantástico. Georges Méliès fue, en este sentido, un gran precursor. Y cuesta entender que el (sentido) homenaje que la película constituye a su figura, a su obra y a su papel en la historia del cine, posea tan poco de aquel sentido de lo maravilloso que Méliès promovió. Otro guión, pues, más intenso en este aspecto, hubiese sido recomendable.

Y, para acabar este comentario, vuelvo a observar algo que ya he dicho en otra ocasión: a cineastas tan dotados y pasionales como Martin Scorsese, me parece que, a estas alturas de su carrera, les hace más daño que bien su estricta sujeción a los cánones, narrativos y formales, del cine hegemónico. Porque, precisamente por su enorme capacidad expresiva, uno esperaría hallar en sus películas una representación, y expresión, de la pasión mucho más potente. Este espectador, al menos, tiene siempre la sensación en los últimos años, al ver sus obras recientes (por lo demás, en todo caso defendibles y estimables), de estarse perdiendo mucho de lo que Scorsese sería capaz de mostrar, de narrar y de formalizar, si no fuese tan endiabladamente clásico. (Claro está: tal vez, entonces, nunca habría llegado a ser Martin Scorsese.) Confieso que, a este respecto, las esfuerzos a tientas para romper dicho corsé estilístico, culminados con frecuencia en evidentes fracasos, que viene intentando ese gran coetáneo suyo que es Francis Ford Coppola me resultan mucho más sugestivas, pese a todo.


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