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miércoles, 3 de agosto de 2011

Rabelais y la urdidumbre de un marco cultural para la modernidad


A lo largo de los últimos meses he ido leyendo paulatinamente los cuatro libros de la saga de Gargantúa y Pantagruel que es seguro que fueron obra de François Rabelais: Pantagruel, Gargantua, Le Tiers Livre de Pantagruel y Le Quart Livre de Pantagruel (la quinta obra, Le Cinquième et dernier Livre de Pantagruel resulta, cuando menos, de autoría dudosa -y no la he leído).

Se trata de unas obras que, en el mejor de los casos, resultan enigmáticas en tanto que artificios literarios. Por una parte, es claro que pertenecen al género de la parodia: parodia, claro está, de la literatura propia de su tiempo. Así, géneros como los libros de caballerías, los libros de viajes o la novela bizantina aparecen como trasfondo (trans)textual, sobre cuya trama han sido concebidas las desaforadas historias de ambos gigantes y de sus alegres compañeros de locas aventuras. En este sentido, uno recuerda podría tender a ver estas obras como antecedentes de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (y, luego, de The Life and Opinions of Tristram Shandy, Gentleman -puesto que es sabido que Sterne era un gran admirador de Cervantes-, así como de la posterior tradición paródica).

Algo de eso hay, por supuesto. Sin embargo, las cosas son más complicadas. Primero, porque los ambiente intelectuales y políticos en los que escriben Rabelais y, luego, Cervantes son completamente diferentes: mientras que éste lo hace en la España de la contrarreforma católica, Rabelais lo hace aún en los estertores del erasmismo y del humanismo. Y ello conlleva, para empezar, un grado de disposición para la chocarrería y la causticidad (siguiendo la estela de los clásicos grecorromanos, pero también de toda la tradición bajomedieval de humor irrespetuoso -Chaucer, Bocaccio, Bosch, la danse macabre,...-, aún capaz de combinar lo popular con lo culto) que no resulta ya disponible para Cervantes (ni, en realidad, hasta las literaturas de vanguardia del siglo XX). Por ello, el discurso de Rabelais sigue resultando, en una primera impresión, notablemente subversivo, aún hoy, por su constante puesta en cuestión -siquiera sea a modo de broma- de los tópicos más arraigados en la doctrina grecocristiana hegemónica sobre el buen vivir.

Pero hay más. Y es que parece claro que, contra la (imagino que no inocente) pretensión explícita del autor, los libros de Rabelais son algo más, mucho más que humor, por más cáustico que el mismo resulte. Constituyen también un sofisticado tapiz de la sabiduría de la época (una época que, como antes señalaba, lo es -aún- de humanismo, de recuperación de las tradiciones grecolatinas... pero también de preservación del gran corpus de sabiduría medieval de la Europa cristiana), empleada, no obstante, también de un modo implícitamente subversivo. En efecto, es constante el flujo de argumentos, citas y referencias -abiertas o veladas- a obras teológicas, históricas, jurídicas, literarias, a costumbres populares, a los clásicos grecolatinos... Unas referencias que son usualmente empleadas, como ya indiqué, para -burla, burlando- poner en solfa a costumbres y a instituciones.

En este sentido, y más allá de la intención satírica (que parece innegable), uno tiende a ver estas obras de Rabelais ante todo como un intento (semejante en alguna medida al que desarrolló, también literariamente, Jan Potocki más adelante, aunque en un contexto diferente) de empezar a construir el discurso de la modernidad: aquí, iniciándolo mediante una tarea de previo tejer del manto de la tradición sobre la que dicha modernidad debería apoyarse (aun cuando fuese subvirtiéndola). Así, Rabelais resulta ser un punto de giro: al tiempo anclado en las tradiciones, pero también empleándolas como una catapulta, hacia otro lugar (más moderno).


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