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jueves, 21 de julio de 2011

"The angry hills", de Robert Aldrich


¿Quieres ver una película norteamericana de 1959, protagonizada por Robert Mitchum, en la que aparece una larga secuencia con escenas de top-less sin cortar? ¿Quieres contemplar una historia de guerra, resistencia y espionaje en la que el agente de la Gestapo es un enamorado, un hombre sensible, un hombre clemente y comprensivo? ¿Quieres ser espectador(a) de una trama en la que los "patriotas" son ambiguos, constantemente dudan entre su "deber", sus miedos, sus intereses, sus afectos, sus odios y sus contradicciones internas?

Entonces, The angry hills es tu película. Sin llegar tan lejos como llegó -mucho tiempo después- Paul Verhoeven, con Zwartboek (2006), Robert Aldrich (¡no podía ser otro!) llega mucho, al presentar esta anómala historia de la resistencia griega durante la segunda guerra mundial: mientras la construcción de la narración en la obra de Verhoeven obedece a las condiciones de la historia criminal (en ella, todos los protagonistas perseguían exclusivamente su propio interés racional, nada más), en la película de Aldrich podemos contemplar más bien una historia de pasiones, y de los ambiguos efectos que las mismas producen sobre el mundo -encorsetado- de los "deberes" políticos.

Todo ello, con un tono narrativo extrañamente atonal, anticlimático: el guión (de A. I. Bezzerides, basado en una novela de Leon Uris), aun cuando se atiene en sus líneas básicas a las convenciones del cine de espionaje, sin embargo, se deshilacha constantemente (si lo vemos desde el punto de vista de las convenciones hegemónicas en el cine clásico de la época), en profusos retratos de los personajes, antes que de las situaciones; y la mayoría de las interpretaciones de los personajes protagonistas parecen sacadas antes de una película moderna que de una clásica, ligados como están todos ellos -y las interpretaciones que los actores y actrices les otorgan- preferentemente a la manifestación de su interioridad emocional, más que de sus acciones externas. (En este sentido, acaso sea Robert Mitchum -siempre tan opaco en este sentido- el protagonista cuya composición resulta menos lograda.)

En resumen: una rareza dentro del cine clásico norteamericano de la época... dirigida por uno de sus directores más peculiares.


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