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lunes, 24 de enero de 2011

¿En dónde reside la (mayor) originalidad de Andrei Tarkovsky?


Habiendo tenido, recientemente, la oportunidad de revisar prácticamente todos los largometrajes de Andrei Tarkovsky (que había visto hace ya muchos años, por lo que mi recuerdo era más bien vago), comprendo ahora que -al menos, para mí- lo más llamativo y atractivo es la parte final (años setenta) de su etapa rusa: esto es, Solaris, Zerkalo (El espejo) y Stalker.

En efecto, me parece que es aquí en donde hallamos algo verdaderamente original (relativamente, claro, como siempre en arte). Que es, según creo, el empleo sistemático y explícito de los estilemas visuales y de la retórica del cine fantástico para exponer los meandros de la mente humana. Esto se ha intentado ya antes, desde luego, a lo largo de toda la historia del cine. Sin embargo, pienso que nunca con el mismo grado de sistematicidad y sofisticación visual. Seguramente, entre otras cosas, por una cierta infección procedente de la subcultura pulp y/o pop, que buena parte del cine fantástico occidental ha padecido -y sigue padeciendo-, a tenor de la cual parecería impensable un tratamiento visual tan sofisticado de la imaginación humana como el que Tarkovsky ensaya. (Pensemos, por ejemplo, en un fantástico con pretensiones como es el de Stanley Kubrick, incapaz de dotar a su 2001, en la parte de la narración que tiene más que ver con la mente humana, de una semejante sofisticación semántica: resulta muy brillante en términos sensoriales, mas bastante vacía de contenido significativo, exageradamente retórica.)

Claro está: se trata de una originalidad que, sin desmerecer su aportación individual, tiene mucho que ver con el hecho de tratarse de un otro cine; de cine soviético, que nunca se entregó -al menos, no plenamente- a las exigencias comerciales y a la retórica y a la poética del cine de raigambre norteamericana.

En todo caso, uno, contemplando estas películas, puede identificarse con las inquietudes del individuo contemporáneo: acerca de la muerte, del deseo, de la búsqueda de sentido a la existencia, de la pérdida de los seres queridos, etc. Y lo hace, además, no (sólo) a través de la trama, sino por la inquietante presentación visual: la ambientación, la iluminación, el grano de la imagen, los encuadres, los lentos movimientos de cámara, el sonido diegético. Uno puede, pues, aprender, y reflexionar, acerca de la realidad: aquí, de esa faceta particularmente inquietante y difícil de aprehender de la realidad que solemos denominar, por tradición, "metafísica".

Y podemos decir que en muy escasas ocasiones, además de en el cine de Tarkovsky, podemos hallar esa sensación de revelación que nos acomete, a través de la aplicación de las estructuras y de la retórica de la narración fantástica a los "espacios" del imaginario humano, cuando, por ejemplo, leemos a Franz Kafka, a H. P. Lovecraft, a Flann O'Brien, a William S. Burroughs, a... y que en el cine es tan difícil de encontrar.

(En comparación, y algo paradójicamente, los dos últimos largometrajes de Tarkovsky en Occidente -Nostalgya y Offret- palidecen y resultan bastante más "convencionales", en cuanto ejemplares del cine de autor: en concreto, la influencia de Ingmar Bergman -no sólo por los actores, sino también por las ambientaciones y el ritmo de las películas, así como por los temas abordados- resulta muy notable. Lo que, sin desmerecer los resultados, disminuye su interés, en tanto que aportación artística original. Tal vez influya, en mí, en todo caso que me resulta más próximo el enfoque existencial de Bergman que del Tarkovsky, por lo que necesariamente juzgo aqué como más revelador.)


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