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viernes, 9 de abril de 2010

"The hurt locker", de Kathryn Bigelow



Después de varios días de haber visto la última película de Kathryn Bigelow, y de pensar bastante sobre ella, me decido a publicar un comentario al respecto.

En mi opinión, es posible ver, al menos, cinco películas diferentes en la obra de Bigelow (aparte, por supuesto, de una sexta: una película de acción más, entre tantas que presenta cada año el cine norteamericano… pero esta parecería una interpretación extremadamente reduccionista de una obra tan rica):

En primer lugar, la película política que buena parte de l@s espectador@s y crític@s de izquierda han querido ver: como señalaba Slavoj Žižek en un artículo reciente, estaríamos, entonces, ante una especie de versión contemporánea de The Green Berets (John Wayne, 1968), una apología apenas disfrazada de la intervención imperialista norteamericana en Irak. Y una apología, además, tramposa (ideológica), al presentarnos a unos artificieros, es decir, a unos soldados cuya función principal no es matar, sino justamente lo contrario, salvar vidas. Estaríamos, pues, ante la versión cinematográfica de la propaganda militarista hoy dominante, que pretende travestir a los ejércitos de organizaciones humanitarias. Y, en tal sentido, la película, precisamente por su potencia visual, resultaría muy peligrosa desde el punto de vista político.

Pero cabe, en segundo lugar, ver también otra película política diferente: si yo fuera un(a) ciudadan@ iraquí simpatizante con la resistencia contra las tropas invasoras norteamericanas, creo que podría ver esta película, desde el punto de vista político (por lo demás, del mismo modo que ocurría igualmente con The Green Berets, en relación con la intervención norteamericana en Vietnam), más bien como una expresión palpable de la derrota sin paliativos que el ejército norteamericano lleva ya dentro de sí: si alguien que no pretende hacer una película antibelicista ni crítica con la intervención (Bigelow ha afirmado por activa y por pasiva que no quería hacer una película política –aunque, claro, esto resultaba una pretensión imposible) presenta de este modo la situación táctica de las tropas y su moral, entonces es que el esfuerzo bélico está en franco deterioro (como es el caso).

Podemos intentar, en tercer lugar, eludir la faceta más abiertamente política de la historia narrada en la película, para concentrarnos (esta es la declaración explícita de intenciones que Bigelow asume) en la descripción de la tensión de la batalla: al modo de Samuel Fuller, para entendernos (han sido bastantes l@s comentaristas que han apuntado esta conexión). En este sentido, The hurt locker constituye una vigorosa narración acerca del comportamiento del hombre en la situación extrema del combate; aquí, además, agravado por la particular tarea de los protagonistas de la película, desactivar artefactos explosivos.

Existe una cuarta versión de la película, la más clásica: aquella que toma por centro de atención al protagonista principal, William James (espléndido Jeremy Renner) y ve la narración como la exploración de una persona vacía, que sólo en las sensaciones (miedo, concentración de la atención, etc.) que experimenta durante las operaciones militares se siente vivo. Esta interpretación de la película es posible (de hecho, es la que más explícitamente se deduce de su visión en la ignorancia de lo que la directora ha declarado). Pero, desde luego, constituiría una visión empobrecida de la misma, ya que como retrato de un personaje la película resulta de un interés limitado. (Es claro que –como, por lo demás, suele ocurrir en el cine de Bigelow- las situaciones y la puesta en escena predominan sobre la caracterización de los personajes.)

Por fin, creo que es posible una quinta y última revisión (relevante) de la película, esta de naturaleza predominantemente formalista. Y es que, desde este punto de vista (y como ha sido señalado, por ejemplo, por José Manuel López Cahiers du Cinema-España nº 30), The hurt locker constituye un espléndido estudio de la puesta en escena de los espacios en los que la acción (de combate) tiene lugar. Bigelow, en efecto, nos demuestra cómo es posible recurrir al –a estas alturas, ya manido- recurso de la cámara en mano con efecto pretendidamente documental y, al mismo tiempo, construir con rigor el espacio en el que la escena narrada tiene lugar, transmitiendo a través de ello, además, la sensación de extrañamiento (de planeta extraño, lo califica López) con la que los soldados norteamericanos se mueven por la ciudad iraquí. Nos hallamos, por ello, también ante un ejercicio espléndido de narración cinematográfica.

En resumidas cuentas: la película de Bigelow merece, sin duda alguna, una visión atenta, pues es una de las mejoras películas norteamericanas recientes. Y, como ocurre con las buenas películas del cine comercial norteamericano, resulta mucho más rica y menos obvia de lo que algunas lecturas que se le han dado –y se le pueden dar- podrían hacernos creer.

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