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| Alternative für Deutschland |
"Ningún otro movimiento, ninguna otra corriente ideológica o cultura política han sido sometidos a un ejercicio de precisión conceptual tan duro como el fascismo. Mientras otras corrientes se mueven en el ámbito de una cierta impunidad, desgajándose en momentos históricos y variedades discursivas generosamente incluidas en un mismo cuerpo de referencia, al fascismo no se le perdonan mutaciones de tiempo, lugar, modificaciones de temple sensible a una u otra tradición cultural/ nacional o la simple evolución de una a otra fase del capitalismo. Este ejercicio de exigente depuración tiene un claro origen en el propio derrumbamiento de las potencias del Eje y, en especial, de Alemania, en 1945. La transición de posguerra fue un inmenso aunque acelerado proceso de "normalización" política, en el que millones de personas que habían apoyado tales sistemas políticos hubieron de desplazare hacia las nuevas formas de organización y representación política que les ofrecían. El desalojo del fascismo de cualquier tipo de legitimidad política e histórica permitió una peculiar transición en la que valores reaccionarios pudieron y debieron insertarse en un nuevo escenario. De este modo, lo que había sido un proceso de conquista de hegemonía, mediante el cual el fascismo había definido la comunidad contrrevolucionaria en los años veinte y treinta, pasó a deslizarse hacia su desintegración en un nuevo consenso social, cultural e institucional.
El fascismo pasó a una posición marginal e incluso subterránea, mientras su base social, aun conservando buena parte de los valores reaccionarios que la llevó a integrarse en el gran proyecto unificador fascista -sentido del orden y la jerarquía, antisindicalismo, antisocialismo, nacionalismo, evocación selectiva del pasado fascista- aceptó, desmoralizada por la catástrofe militar y el progresivo desprestigio de sus gobiernos por los costos de la guerra, que tales valores habrían de ser canalizados de otra forma y con diverso ímpetu. Así, de esta transición emanó también la tendencia a afincar el fascismo estrictamente "en su época", como si se tratara de un vasto error de orientación. Y a ello siguió la reducción de aquel movimiento a las formas precisas que había adquirido en la gran crisis de la primera posguerra mundial. La transición de la segunda posguerra solo sería examinada y divulgada a la luz de esa necesaria reconversión. Y, por tanto, desechando un análisis de los movimientos y regímenes fascistas que contemplaran un hecho fundamental: que el fascismo fue, sobre todo, en su constitución como movimiento de masas, en su ejercicio de una representación nacional, el marco de integración del conjunto de la contrarrevolución en cada una de las naciones en que el movimiento llegó a ser régimen. Cuestionando la amplitud de este proceso, poniendo en duda la firme hegemonía lograda por el fascismo y desfigurando su capacidad de convocatoria, se realizaba una operación indispensable para lograr una transición satisfactoria que estabilizara las sociedades europeas en un nuevo ciclo. Pero, al hacerlo, se difuminaba el carácter de los sistemas de dominación fascistas y pasaban a identificarse los movimientos de extrema derecha como algo novedoso y ajeno a una cultura política fallecida.
No entender cómo había acabado aquella época era, para tomar una interesante reflexión de Mason, no saber cómo había empezado. El fascismo se reducía a los fascistas radicales y doctrinarios, a los que lo eran desde la primera hora o a los que, llegados más tarde, se mostraron más intransigentes, dejando sin examinar la adhesión de millones de personas que se integraron de modo más difuso en proceso de exaltación nacionalista y comunitaria. Lo hicieron llegados por los valores asumidos antes de la llegada del fascismo y tras haber visto cómo fracasaban los intentos de mantener a salvo su posición social y esos mismos valores en un período de crisis que destruyó la representatividad de las viejas organizaciones conservadoras y liberales. Como lo señaló con extrema lucidez Geoff Eley, quienes llegaron al nazismo de masas no lo hicieron tanto por la novedad del discurso hitleriano como por las resonancias de la propia ideología reaccionaria que veían en el nuevo movimiento. Valores expuestos sin complejos, con entusiasmo y con una férrea voluntad de poder.
Todo este reajuste implicaba entender la transición como abandono desolado y penitente. Las amnistías, el oportunista sistema de captación de cuadros institucionales y la obscena caricatura de regímenes minoritarios cuyo dominio se asignaba en exclusiva al terror -algo que sirvió para la indecente tarea de relativizar el colapso multitudinario, el terror realmente sufrido por quienes nunca dejaron de oponerse al fascismo- sirvió para una causa política a costa de lo que los historiadores deberían haber hecho ya en aquel momento, no tantos años después. Y, para lo que más nos interesa aquí, tuvo el dudoso privilegio de dar por acabado el fascismo y, por tanto, empezar a referirse a sus militantes y propagandistas como seres nostálgicos y extravagantes, o como nacionalistas conservadores, extremistas de derecha o ultrapatriotas cuyo fascismo era puro abuso verbal a cargo de una izquierda sectaria."
Ferran Gallego: ¿Extraños en un tren? Fascismo, Posfascismo y. Nacional-Populismo (I), El Viejo Topo nº 464 (septiembre 2026)





