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domingo, 1 de julio de 2018

Sando-me no satsujin (=El tercer asesinato) (Hirokazu Kore-Eda, 2017)


La esencia de la narración de Sando-me no satsujin estriba en obligar al/la espectador(a) a que acompañe a Shigemori (Masaharu Fukuyama) en el proceso de aprendizaje/ desaprendizaje que emprende cuando es llamado para actuar como abogado defensor de un hombre acusado (sin que parezca posible, en principio, grandes dudas acerca de su culpabilidad) del asesinato de su antiguo jefe.

La cuestión, sin embargo, es que, por una parte, la naturaleza del delito y los motivos del autor van apareciendo, a ojos de Shigemori, progresivamente más confusos, vagos y contradictorios. Y que, por otra, aquellos motivos que -al parecer- podrían haberle llevado a matar se van volviendo cada vez más comprensibles para él, forzándole a ir más allá en su identificación con el cliente de lo que cualquier regla de comportamiento profesional parecería recomendar.

La narración, entonces, deliberadamente confusa, apenas acierta a sugerir alguna verdad posible: ¿por qué mató Misumi (Kôji Yakusho) a su antiguo empleador? ¿Para robarle, por venganza, por rencor, para defender a la hija de éste, para tapar un negocio turbio, para encubrir un adulterio,...? En realidad, cuando acaba la película no lo sabemos: tan sólo vislumbramos diferentes posibilidades.

En este caso, pues, Hirokazu Kore-Eda no sólo se atiene a su tradicional preocupación por explorar aquellos momentos en los que sus personajes entran en crisis, poniendo en cuestión aquel conocimiento y aquellas creencias que daban por más asentados. No sólo apunta, además, paralelismos inevitables entre los dramas emocionales y personales de los "inocentes" y los que han de soportar, por su parte, los "delincuentes". Sino que, asimismo, viene a mostrar algo que, por lo demás, es sabido por cualquiera que posea el más somero conocimiento del funcionamiento del sistema penal: que un tribunal de justicia penal es el lugar menos indicado para conocer íntegramente aquellas situaciones y motivaciones que conducen a los seres humanos a la violencia. Cabe sí, a veces, determinar qué ocurrió. Pero saber exactamente por qué, eso es harina de otro costal...

Una película, pues, interesante, para reflexionar sobre las potencialidades, ambivalencias y limitaciones de la justicia penal. Que apenas descubrirá nada a quienes lo conocemos más de cerca, pero que nos obliga a todos (merced a esa identificación que fuerza con su personaje protagonista, que más arriba destacaba) a recordar y reflexionar sobre su función social. En todo caso, como ocurre siempre con el cine de su director, se agradece su costumbre de "decir las cosas en voz baja", sin retórica vacua, sin exageraciones, aun cuando hable de muertes, abusos sexuales y desesperación humana.




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