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domingo, 22 de julio de 2018

Forushande (=El viajante) (Asghar Farhadi, 2016)


Forushande constituye un acidísimo retrato de la situación de las relaciones de género en la sociedad iraní (pero no sólo en ella). En efecto, la narración de la película se construye a partir de una aparente paradoja: el hecho de que, siendo una mujer la que protagoniza el núcleo central de la trama, en tanto que víctima de la agresión sobre la que la misma concentra su atención, de hecho, sin embargo, son los personajes masculinos los que acaban por tomar las riendas de la historia (de la acción). De una parte, el marido protector y vengador. De otra, el marido infiel y casquivano. Y, en el medio, otros tantos varones que apoyan, gestionan, median, etc. De manera que los personajes femeninos acaban por aparecer (por ser) apartados de cualquier protagonismo relevante.

Por supuesto, desde un punto de vista sociológico, esta paradoja aparente solamente puede ser explicada a partir del concepto de dominación patriarcal: en una estructura social atravesada por relaciones de dominación de tal índole, la agencia queda preferentemente reservada para los varones. De manera que el rol social de las mujeres es definido principalmente en atención a la relación que mantienen con algún o algunos varones (encargados de cuidarlas, de dirigirlas,... de dominarlas).

De este modo, el afán de Emad (Shahab Hosseini) por investigar y vengar la agresión de la que Rana (Taraneh Alidoosti) fue víctima, que comienza apareciendo como la preocupación (paternalista) por el bienestar de ella, acaba revelándose abiertamente como una lucha para preservar el poder patriarcal sobre la esposa, reafirmando la dominación. Y, así, la figura del intelectual y artista que es Emad no se diferencia, en el fondo, tanto del agresor (Farid Sajjadi Hosseini): diferentes apariencias -progresista, conservadora- de un sexismo comúnmente compartido, porque forma parte de la estructura social en la que los sujetos se integran. Algo de lo que, inevitablemente, Rana (demasiado educada para dar por buenas las convenciones del machismo) acaba por hacerse consciente, condenando con ello al fracaso su relación marital con Emad.

La cuestión, por supuesto, es que todo este desarrollo dramático y temático es llevado a cabo por el director Asghar Farhadi no mediante el recurso la presentación de situaciones y personajes ya estereotipados desde un inicio, sino que, como acostumbra, prefiere dejar tiempo en el desarrollo dramático de la narración para que sean las propias acciones de los personajes las que pongan de manifiesto su identidad (y su banalidad, y sus contradicciones), provocando una recíproca toma de conciencia de todos ellos acerca de lo que verdaderamente son (en comparación con lo que venían pretendiendo ser).

Para lograr este objetivo estético, es preciso trabajar muy atentamente -como hace Farhadi- en la construcción, tanto dramática como audiovisual, de las escenas: en especial, de aquellas escenas en las que (tal y como ocurre, en Forushande, con el conjunto de escenas que transcurren, durante la última parte de la película, en la vivienda abandonada y en ruina del matrimonio protagonista) se espera representar adecuadamente la revelación de la miseria moral de los personajes, a ellos mismos y a l@s espectador@s.

Una vez más, Farhadi ha sido capaz de afrontar con gran éxito tal reto, proporcionándonos una nueva muestra de cómo es posible hacer gran cine social, precisamente porque es, ante todo, gran cine.




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