X

Formulario de contacto

Nombre

Correo electrónico *

Mensaje *

viernes, 29 de junio de 2018

Glenway Wescott: The pilgrim hawk


Un narrador escasamente confiable (por su juventud e inexperiencia, por la cantidad de tópicos aún no cuestionados que alberga en su cabeza) cuenta las historias mínimas acaecidas en una tarde de verano, allá por la década de 1920 (la voz narrativa lo presenta todo como un recuerdo, ubicándose ya en la década de 1940), en una casa de la campiña francesa a un casual grupo de expatriad@s de origen anglosajón (y a sus criad@s). Siete personas, y un animal (el halcón peregrino que da título a la novela). Tres subgrupos: un matrimonio de millonarios viajeros y desocupados; la anfitriona de la velada y el narrador, que mantiene algunos apenas velados -pero también ambiguos- sentimientos hacia ella; y l@s tres criad@s, un matrimonio y un tercero, el chófer del matrimonio, que irrumpe.

En esta situación y con este plantel de personajes, cuatro relaciones son narradas: entre marido y mujer, entre el narrador y la anfitriona, las que se entablan el triángulo amoroso que se crea entre l@s criad@s. Y, por supuesto, la relación de Larry y Madeleine Cullen, los dos cónyuges recién llegados, con el halcón que les acompaña como mascota. Y, además, las relaciones (en esencia, de observación mutua) entre todos los subgrupos.

La cuestión, por supuesto, es que todo este artificio narrativo está puesto al servicio de una acerada reflexión acerca de la naturaleza esencialmente ambigua, y contradictoria, de las relaciones afectivas humanas. En efecto, en cualquiera de las relaciones que se desarrollan en cada uno de los tres subgrupos de personajes habita el afecto entre ellos. Y, sin embargo, el afecto entre seres humanos -nos viene a decir la novela- es algo extraño, ambivalente y esencialmente contradictorio, por lo que ha de producir necesariamente infelicidad (...Aunque también, es cierto, una parte muy importante de la única felicidad a la que los individuos humanos podemos llegar a acceder.)

El afecto entre seres humanos crea lazos. Pero el sentido de tales lazos resulta siempre difícil de interpretar, tanto para l@s intervinientes como para l@s observador@s externos. (Así ocurre, efectivamente, en la novela, donde tanto un@s como otr@s se esfuerzan denodadamente, e infructuosamente, en entender las claves de las relaciones que les ligan.) De manera que, en último extremo, la inseguridad atenaza necesariamente a quienes así se atan entre sí: no saben qué pensar sobre sus relaciones, apenas pueden decidir con algún fundamento qué hacer, cómo comportarse. Se ven condenad@s a obrar mediante el primitivo recurso de la prueba y el error: engañándose, engañando, descubriendo a cada paso nuevas facetas de sus propias emociones y de las de quienes les rodean. Produciendo y experimentando, en dicho transcurso, tanto dolor como alegría intentan alcanzar.

Así, nos viene a decir la novela, un ser humano (un varón, una mujer) ligado afectivamente a nosotr@s no deja de ser -al igual que le sucede al halcón- un ser salvaje y ajeno, al que hemos sido capaces de atar a nuestro brazo, pero que nunca nos pertenecerá verdaderamente, porque sus anhelos más oscuros y profundos quedan siempre fuera de nuestro alcance. Ciertamente, tal vez no podamos prescindir de "nuestro halcón", sentir nuestro brazo ligero y vacío. Pero tampoco deberíamos -si fuéramos razonables- esperar que algún día el halcón se convierta en nuestro perro de compañía: eso jamás sucederá (y, aunque pudiera suceder, no llegaríamos a percatarnos).


No hay comentarios:

Publicar un comentario

Más publicaciones: