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martes, 3 de abril de 2018

The Florida Project (Sean Baker, 2017): la mirada clasista


Este comentario no es sobre una película, sino que es sobre un espectador: es sobre mí. Es sobre las reacciones que he sorprendido en mí mismo viendo The Florida Project. Es sobre una determinada manera de mirar (y de construir la mirada).

Como es sabido, The Florida Project narra las atribuladas vidas de varias mujeres adultas, acompañadas de sus hij@s, que viven y sobreviven en la precariedad en un humilde motel: en uno de esos "no lugares" a que da lugar un urbanismo atroz, especulativo e insensible con las necesidades populares; justo al lado de uno de los parques temáticos Disney ubicado en Florida.

La cuestión es que la película presenta esta situación como ya dada: la precariedad, la marginación, el contraste entre opulencia (aparente) y explotación y desigualdad. De manera que la historia narrada es más bien la de las formas que adopta la vida cotidiana de aquellas mujeres y de aquell@s niñ@s. Todo ello, bajo la mirada, entre compasiva y reprobatoria de Bobby (Willem Dafoe), ese encargado de motel que todo lo observa, todo lo controla y -parecería- todo lo comprende.

Y ocurre que estas opciones a la hora de llevar a cabo la construcción narrativa de la historia fuerzan la mirada del/la espectador(a), en un doble sentido: de una parte, le llevan a identificarse en buena medida con la mirada observadora/ controladora de Bobby, que lo ve todo, pero que se mantiene al margen del conflicto subyacente; de otra, la conducen a fijar su atención sobre las dinámicas cotidianas de vida de estas mujeres y de est@s niñ@s, antes que en las estructuras sociales subyacentes a las mismas.

Así, cuando menos este espectador, al contemplar la película, no podía dejar de centrar mi atención en dos cuestiones. Primero, en la manera en la que l@s hij@s de la precariedad reflejan fielmente (en sus juegos, en sus gustos, en sus conversaciones, etc.) cuanto de miserable y empobrecido (y de cruel y de limitador) hay en las vidas de sus familias, como en las de ell@s mism@s. De modo que aquell@s niñ@s pobres (criadas, sin embargo, dentro de una sociedad que adora la riqueza y en la que se pretende que ser pobre es haber fracasado) son pobres no sólo en lo material, sino también en el plano cultural: el horizonte de su experiencia infantil apenas llega más allá de la exploración de inmuebles vacíos, de merodear por los alrededores de centros comerciales en los que no pueden entrar, en atrapar los restos que el consumo de las clases acomodadas va dejando, en gastar tristes bromas...

La narración de la película, además, va concentrando progresivamente su atención (en una decisión extremadamente discutible, tanto en términos estéticos como políticos) sobre las dificultades de una de las madres, Halley (Bria Vinaite). Y, al hacerlo, centra también la atención de l@s espectador@s (cuando menos, de este espectador) sobre el progresivo abandono a que somete a su hija, arrastrada por su creciente miseria e incapacidad para obtener ingresos. Un abandono que, en seguida, se vuelve, para la mirada espectatorial, moralmente preocupante.

Me pregunto, entonces, si una mirada sobre la pobreza y la precariedad de esta índole resulta verdaderamente aceptable: si un director tiene derecho a adoptar ese "punto de vista de dios" (aquí, el de Bobby, que resulta ser su trasunto, dentro de la estructura dramática de la película) acerca de las vidas precarias que retrata: a observarlas en sus vicisitudes cotidianas, sin profundizar en la necesaria ambivalencia de la experiencia humana, y mucho menos en las dinámicas sociales que conducen a la precariedad.

Y me pregunto igualmente cómo ha sido conformada la mirada de un espectador (como yo) acomodado que, por muy "progresista" que se pretenda, si no es capaz de poner la máxima atención -autocrítica- a aquello que lo que contempla está generando en sí mismo, acabará sorprendiéndose al haber adoptado una actitud moralista (y, por ende, clasista) hacia la pobreza y la precariedad: "¡Pobre niña! ¡Qué mala madre!", tales serán las reacciones "naturales" (aprendidas) que tenderá a producir. Olvidando que toda mirada es siempre, también, un acto de poder. Y que toda relación de poder, aun aquellas que protagonizamos, ha sido estructurada desde fuera: somos actores/ actrices, no guionistas, ni directores, de la narración. Motivo por el que conviene, pues, sospechar siempre -y sobre todo- de nuestro propio "buen sentido", a la hora de valorar realidades extrañas; y confiarse más bien las buenas razones, y a las buenas emociones, críticamente construidas (colectivamente), aunque en un inicio no sean las nuestras. Hacerlas nuestras.

No, éste no ha sido un comentario sobre una película. Lo ha sido sobre una mirada, moralista y clasista, que l@s más acomodad@s tenemos la debilidad de permitirnos, con demasiada frecuencia, cuando nos aproximamos a la otredad: aquí, esa otredad tan próxima, la de nuestr@s conciudadan@s, las gentes empobrecidas que nos rodean. (Aunque a veces nos cueste fijar la mirada en ellas. Y más todavía hacerlo con respeto.)




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