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viernes, 24 de noviembre de 2017

Lady Macbeth (William Oldroyd, 2016)


Leer el relato original de Nikolai S. Leskov en el que esta película se basa (Ledi Makbet Mcenskogo uezda -Lady Macbeth del Distrito de Mensk) antes o después de verla resulta ser un ejercicio verdaderamente instructivo, por cuanto revela sobre las evidentes intenciones de la adaptación que hoy comento.

En efecto, la trama del relato original y de la película son, en esencia, idénticas, con la sola distancia impuesta por la traslación de la ubicación de la historia, de Rusia a Inglaterra: una historia de adulterio y de crímenes, a manos de una mujer despiadada.

Y, sin embargo, lo cierto es que todo aquello que en el relato decimonónico dejaba traslucir horror, pero también fascinación, hacia los extremos a los que puede llevar la naturaleza humana (femenina, en este caso), en la adaptación cinematográfica de William Oldroyd se transforma en la elaboración de un relato eminentemente político: un relato de dominación y de liberación, con todos los dolores y crueldades que a ambos fenómenos sociales son inherentes.

Así, la película de Oldroyd profundiza con mucho detenimiento en la situación de opresión sexista y clasista en la que se halla su personaje protagonista, Katherine (Florence Pugh): vendida prácticamente, como bestia de cuidado, reproducción y disfrute sexual, por su familia a la familia de su marido; pura mercancía, pues. Esta situación es mostrada, en la película, a través de una composición de planos extremadamente geométrica, en la que las estancias en las que la vida de Katherine transcurre, y las posiciones y distancias que para con ella adoptan cuantos interactúan, se constituyen en manifestación material y palpable de las relaciones de dominación existente: Katherine encerrada, Katherine sola, Katherine ignorada durante las reuniones familiares,... Todo es una cuestión de espacios; de la ubicación de un@s y de otr@s en los espacios y de la manera en que estos les pertenecen o les condicionan.

Así, la liberación de Katherine se inicia mediante la ruptura de las fronteras espaciales: su aproximación a los establos, y su interacción con los mozos de cuadra (otras bestias, estas de carga, al servicio de la oligarquía rural), son fracturas de las convenciones de estructuración espacial del poder dentro de la sociedad rural. Su enamoramiento de uno de esos mozos, Sebastian (Cosmo Jarvis), aparece así tanto en la forma de pasión (erótica, corporal) como en la manera de un acto de rebeldía y autonomía.

Y, de este modo, los crímenes de Katherine para preservar su pasión (y su autonomía) son, en la película, el precio a pagar: el precio necesario de toda revolución.

Cierto que la violencia de Katherine es desmedida e inusitada, pero, ¿quién osaría reprochárselo, con qué derecho, a quien siempre ha sido contemplada como un objeto en manos de otr@s y que, merced a su violencia adquiere (no recupera, no: nunca la tuvo) la condición de sujeto, autónomo.

Uno, al contemplar los homicidios de Katherine, su feroz encarnizamiento aún con aquellos inocentes que se cruzan en su camino y amenazan con obstaculizarlo, no puede menos que recordar dos episodios en torno a la naturaleza (necesariamente amoral) de la violencia revolucionaria de l@s desde siempre oprimid@s. Recuerdo aquellos episodios de las revoluciones francesa y rusa en la que las masas empobrecidas de cobraron cumplida (y crudelísima) venganza de todos cuantos parecieran ser oligarcas (lo fuesen o no, lo mereciesen o no). Y recuerdo asimismo las penetrantes reflexiones de Maurice Merleau-Ponty (en Humanisme et terreur) sobre la inocencia originaria (e imprescindible) de toda esa violencia.

No, liberarse no es una empresa bella, nos vienen a decir todos estos episodios y reflexiones. ¿Deberían, entonces, l@s oprimid@ renunciar por ello a cualquier esperanza de emancipación? Quien esto sostenga, es demasiado ingenuo, o demasiado cínico...




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