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domingo, 16 de julio de 2017

Taxi driver (Martin Scorsese, 1976): psicosis y orden social


Es evidente que Taxi driver, producida en plena década de los años setenta del pasado siglo, comparte buena parte de las obsesiones propias del (llamativo) cine norteamericano de la época, reflejándolas (con un estilo extremadamente formalista) en su seno: crisis de autoridad, desintegración social, desubicación del individuo, soledad, alienación, etc.

En buena medida, esta obsesión (necesidad) por representar las ansiedades sociales del momento han hecho que ese modo de hacer cine, hoy, tan sólo parezca susceptible de ser observado desde una perspectiva sintomática: esto es, como un conjunto de indicios de realidades sociales (psico-sociales) subyacentes. Esta lectura resulta, no obstante, problemática, puesto que da por supuesto que existe una conexión causal y -lo que resulta aún más discutible- de representación entre signo y realidad.

Sea como sea, parecería que esa ligazón tan estrecha de la producción de signos audiovisuales a la representación (o elaboración ideológica) de ansiedades impide apreciar en dichos signos otro valor que el puramente estético, entendido en su sentido más restrictivo: formal. Porque, por lo que hace al fondo, se suele pensar que la representación agota su potencia en la función indiciaria, en el mejor de los casos: de cualquier forma, dicha representación carecería siempre de capacidad para profundizar en las estructuras reales (materiales e imaginarias) subyacentes a las ansiedades mismas. Resultaría ser, pues, un cine significativo, sí (por indiciario), pero superficial desde un punto de vista temático; todo lo más, en algunos casos (como el de, precisamente, Martin Scorsese) también un cine formalmente avanzado.

(Yo mismo he recurrido a esta interpretación cuando he comentado Death wish -Michael Winner, 1974-, un ejemplo prototípico de la tendencia, creativa e interpretativa, acaba de indicar.)

Sin embargo, lo cierto es que también, de vez en cuando, hallaremos en el cine de la época tratamientos temáticos de mayor profundidad que los meramente sintomáticos (expresivos e ideológicos... sin prescindir tampoco por completo de estos tratamientos). Llamo la atención, en este sentido, sobre la ambivalencia del personaje de Travis Bickle (Robert De Niro) dentro de Taxi driver. En efecto, Bickle es un característico personaje del cine norteamericano comercial de la época: desubicado socialmente después de volver de la guerra, con síndrome de estrés postraumático, obsesionado por la sensación de caos, de crisis de autoridad y de pérdida de referentes morales, etc.

Pero, en realidad, lo interesante del caso de Travis Bickle no es la sintomatología netamente psicótica que afecta a su mente, sino más bien las maneras que adopta su inserción social. Porque, a diferencia de los serial killers y demás perturbados y pervertidos que abundan en aquel cine, pero también del elenco de "justicieros" igualmente frecuentes, Travis Bickle se ubica socialmente en una posición mucho más ambigua: ¿lunático o justiciero? Apenas cabría decirlo. El acompañamiento de la cámara al proceso de degradación psicológica y transformación física del personaje parecería conducirnos en la primera dirección, invitándonos a interpretar Taxi driver como una -otra- película acerca de ciudadanos (varones) ansiosos y desequilibrados.

Pero resulta notable el modo en el que Bickle acaba por ser recibido por la sociedad (neoyorquina) que le rodea: presentado en la prensa como un héroe "justiciero", aquel que adoptaba maneras de lunático y de asesino, parece, en las escenas finales de la película, haber sido aceptado, como es, por la comunidad (representada aquí por Betsy -Cybill Shepherd-, que ya no ve ahora en él a un fracasado). Por una comunidad que, en el fondo, parece estar tan ansiosa, aterrorizada y despojada de su sentido de la realidad como lo está Bickle.

Así, Travis Bickle acaba por convertirse en la representación paradigmática de la fina línea que separa al imaginario colectivo del miedo de la psicosis individual. Al "defensor del orden" del serial killer. En la medida en que uno y otro actúan como herramientas de represión de la diversidad y de las manifestaciones -inherentemente caóticas- de la vida de las clases populares, so pretexto de estar asegurando la moralidad y el orden.

Que, en cada caso concreto, el agente que invoca tales ansiedades para desatar sus furias represivas sean socialmente bendecido (y, entonces, será un justiciero, un agente de la ley, un torturador o exterminador por una buena causa, etc.) o no (y sea etiquetado como "loco") parece más bien una cuestión contingente, dependiente de las específicas circunstancias sociales, culturales y políticas del momento, apenas controlables. Pero, en el fondo, ambas formas de construir los mecanismos de la represión (injustificada) de la otredad obedecen realmente a una misma lógica. Convendría no olvidarlo.




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