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martes, 18 de abril de 2017

Acción voluntaria y relación de poder: a propósito de un texto de Honoré de Balzac


Sabida es la profunda admiración que Karl Marx tenía por la obra literaria de Honoré de Balzac. Yo, por mi parte, ando, desde hace meses, enredado en leer (o, en algunas de sus partes, releer) por completo La comedie humaine. En este afán, estaba el otro día leyendo el relato Gobseck, que tiene por protagonista al usurero del mismo nombre, y me topé, en uno de los monólogos que el personaje dirige al narrador, con la declaración que a continuación transcribo:

"Mon regard est comme celui de Dieu, je vois dans les cœurs. Rien ne m’est caché. L’on ne refuse rien à qui lie et délie les cordons du sac. Je suis assez riche pour acheter les consciences de ceux qui font mouvoir les ministres, depuis leurs garçons de bureau jusqu’à leurs maîtresses : n’est-ce pas le Pouvoir ? Je puis avoir les plus belles femmes et leurs plus tendres caresses, n’est-ce pas le Plaisir ? Le Pouvoir et le Plaisir ne résument-ils pas tout votre ordre social ? Nous sommes dans Paris une dizaine ainsi, tous rois silencieux et inconnus, les arbitres de vos destinées. La vie n’est-elle pas une machine à laquelle l’argent imprime le mouvement. Sachez-le, les moyens se confondent toujours avec les résultats : vous n’arriverez jamais à séparer l’âme des sens, l’esprit de la matière. L’or est le spiritualisme de vos sociétés actuelles. Liés par le même intérêt, nous nous rassemblons à certains jours de la semaine au café Thémis, près du Pont-Neuf. Là, nous nous révélons les mystères de la finance. Aucune fortune ne peut nous mentir, nous possédons les secrets de toutes les familles. Nous avons une espèce de livre noir où s’inscrivent les notes les plus importantes sur le crédit public, sur la Banque, sur le Commerce. Casuistes de la Bourse, nous formons un Saint-Office où se jugent et s’analysent les actions les plus indifférentes de tous les gens qui possèdent une fortune quelconque, et nous devinons toujours vrai. Celui-ci surveille la masse judiciaire, celuilà la masse financière ; l’un la masse administrative, l’autre la masse commerciale. Moi, j’ai l’œil sur les fils de famille, les artistes, les gens du monde, et sur les joueurs, la partie la plus émouvante de Paris. Chacun nous dit les secrets du voisin. Les passions trompées, les vanités froissées sont bavardes. Les vices, les désappointements, les vengeances sont les meilleurs agents de police."

No es fácil hallar representado con tanta brillantez y claridad (aunque, por supuesto, desde una perspectiva micro-social y -como es usual, en el caso de las artes narrativas- fenomenológica) el hecho de las relaciones de poder inherentes a las interacciones en el mercado.

En efecto, aunque desde luego l@s economistas más avisad@s sean perfectamente conscientes de este fenómeno, lo cierto es que resulta demasiado habitual que la descripción estándar de las interacciones sociales voluntarias sea presentada dentro del marco ideológico de la teoría liberal de la justicia. A tenor de la cual, si una acción es voluntaria (y, por ende, si una interacción lo es igualmente), entonces no puede existir objeción moral alguna a su realización (cuando menos desde el punto de vista de su justicia, para con los demás y para con la sociedad toda) ni a sus consecuencias.

Y, sin embargo, lo cierto es que -como el monólogo de Gobseck viene a poner de manifiesto- la voluntariedad es perfectamente compatible con la existencia de una desigualdad de recursos y de poder entre las partes de la interacción. Y, por consiguiente, también lo es con el hecho de que a través de una interacción voluntaria se puedan ejercer (y habitualmente se ejerzan) relaciones de poder, y de dominación.

Si yo tengo, por razones estructurales, una posición permanente de superior (extraordinariamente superior) poder sobre ti (en términos de disponibilidad de recursos, de información, de capital social, etc.), y pese a ello tú te ves forzado, a causa de tu situación (de sus alternativas reales de acción), a interactuar conmigo, entonces yo puedo confiar en asegurar mi dominación gracias a (mi poder, claro está, pero también) tu cooperación: a tu decisión (voluntaria: vale decir, no coaccionada por la interferencia de la acción de un tercero) de interactuar conmigo. Aceptando así, necesariamente (porque no puedes hacer otra cosa), las condiciones de desigualdad de dicha interacción y, por lo tanto, mi mayor (extraordinariamente mayor) capacidad para determinar los términos de la misma.

Esta es, justamente, la definición de una relación de poder. Y, cuando la relación es estructural y permanente, la de una relación de dominación.


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